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Diógenes

domingo 21 de marzo de 2021 | 6:00hs.
Mano Vogler
Diógenes

Suele citar, como ejemplo máximo de desapego a lo material, como síntesis viviente de lo que sería la sabiduría por encima del oro, el episodio que tiene como protagonistas a Diógenes “El Cínico” y al emperador Alejandro Magno. Narrado millones de veces por millones de personas, suceso apócrifo según algunos, poco probable para otros, de infalible utilidad didáctica para todo aquel que quiera poner de manifiesto el valor de la humildad por sobre la soberbia del poder.

En la escena, plasmada innumerables veces por multitud de pinceles sobre infinidad de lienzos a lo largo del tiempo, Alejandro El Grande se presenta ante el filósofo con toda la pompa que su dignidad le permite, alzando la bandera de ser el hombre más poderoso de todo el mundo conocido hasta aquel entonces y le ofrece, a ese pobre linyera que duerme dentro de un tonel, la posibilidad de dar un giro a esa vida de miseria que lleva: Diógenes comparte el refugio y la escudilla con los perros de la calle. Sin embargo, lo único que el indigente le va a solicitar al emperador, es que se haga a un lado, que donde está parado le tapa el sol. Y así quedó, moraleja pintada, escrita y narrada tantas veces, sabiduría que vagó el largo camino del tiempo para mostrarnos, de una vez y para siempre, ese gesto de desdén, el desparpajo de ese desprecio por lo que el poder tiene para ofrecer, casi podemos ver a Diógenes barrer el aire con el canto de la mano, “Apártate de mi sol”. No es difícil que nos despierte admiración.

Sabemos que es en sentido figurado cuando decimos que la historia se repite, ya que un mismo suceso no puede acontecer dos veces, por más cláusula de “déjà vu” que nos empeñemos en agregar. Ahora les cuento una historia cortita: Casi veinticinco siglos después (tiempo estimado al tuntún pero información fácilmente verificable) del ilustrativo diálogo entre el dueño del mundo y un ciruja, y muchísimos kilómetros más acá (dato que también se puede corroborar), la “Rede  Globo”, ese coloso de la comunicación, una de las primeras empresas dedicadas a la información en colocarse dentro del casillero que dice “multimedia”, nos lleva monte adentro, a las profundidades del Amazonas, a presentarnos a un anciano cuyo nombre es superfluo para este y otros casos, un viejo de empobrecidas carnes que ya cumple un siglo de existencia en estas latitudes remotas, a diez kilómetros del primer sitio habitado y con un gato y un puñado de gallinas por total y suficiente compañía. Recién promedia la década del 90, Internet es solo ciencia ficción posible. La Rede Globo llega precedida por la parafernalia del progreso, con sus cables, sus luces y sus micrófonos, envuelta en un vaho de perfume francés y café recién colado, a hacerle una entrevista a este viejito que, más estupefacto que contento por la visita, responde a las preguntas en un balbuceo apenas comprensible debido a la ausencia total de la dentadura. Entre bromas que saltan desde una virilidad todavía fulgente, al peligro de las serpientes venenosas, la reportera (una mezcla de bisnieta cariñosa y dama de beneficencia) ya está lista para formular la madre de todas las ofertas: “Pida lo que quiera, que la Rede Globo se lo concederá”. Así, con el mirar desconcertado de un animalito de presa, asediado por el micrófono y apuntado por una cámara, el viejito habla y, como si dijese “Me rindo”, dice “Pilas”. Ahora el desconcierto se traslada detrás de la cámara, se produce un medio silencio abochornado que alguien corta sugiriéndole a la señora periodista que repita el ofrecimiento. La mujer del micrófono vuelve a decir quien es la Rede Globo y el poder que tiene para satisfacer cualquier deseo, por excesivo que a un primer vistazo parezca. Como era de esperarse, a igual propuesta, la misma respuesta, “Pilas”, repite el viejo centenario detrás de su sonrisa de encías desnudas, “Pilas para mi radio”, aclara.

Y ahí estamos otra vez nosotros, conmovidos espectadores de la historia, con los ojos anegados por el candor y la modestia de ese viejo que todos quisiéramos tener de abuelo, un Diógenes redivivo en estos tiempos que son, aún más que hace veinticinco siglos, el imperio del poder y la ambición. Es una paradoja que, a la hora de elegir, siempre nos resulten más apropiadas las vestiduras del emperador que los harapos del sabio.

Inédito. Vogler es autor además de Esperanza y la muerte (novela) y la trilogía Delincuentos. Email: [email protected]  

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