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Epifania Verón: la Mamacha Epi

viernes 19 de marzo de 2021 | 6:00hs.
Epifania Verón: la Mamacha Epi

En pocos días se cumplirán cuarenta y cinco años del último gobierno de facto -hasta la fecha- en nuestro país, que durante siete interminables años impulsó el terror como política de estado, un endeudamiento externo salvaje -cuyas consecuencias todavía sentimos- y especialmente un plan sistemático de institucionalización del miedo sobre una sociedad que se negó -y, en sectores, todavía se niega- a aceptar que sucedió lo que sucedió.

Mucho se habla, se investiga, se debate y se publica, particularmente acercándose la fecha aniversario sobre los militares de entonces, los políticos de entonces, el grado de participación, la complicidad, los empresarios, los “subversivos”, las víctimas del terrorismo de Estado, los bebés apropiados, la deuda externa generada, la derecha, la izquierda, etcétera, etcétera… poco se menciona al sector de la población que en esos años solo fue, como siempre. Porque una parte de los habitantes de esos tiempos dejó de militar, calló y como pudo siguió con su vida, en otras palabras: sobrevivió. No fueron cómplices, la mayoría ni siquiera sabía de los desmanes y atropellos, se enteraron después…mucho después; y las mujeres -como de costumbre- llevaron la peor parte.

Epifania Padua Verón de Porto fue una de ellas. Tenía poco más de 30 años cuando su esposo, José María Porto, falleció; con cuatro hijos menores tuvo que “salir a trabajar”. La militancia justicialista que traía desde su hogar materno, el ejemplo de su madre Alejandra Alegre -también viuda- colaboró para que el entonces intendente capitalino Vicente Arnaldo Luján aprobara el ingreso a la Municipalidad de Posadas en el año 1974, y fue destinada a cumplir tareas en la vieja terminal de ómnibus -en la intersección de las avenidas Uruguay y Mitre-. Dos años más tarde, el gobierno de facto autodenominado Proceso de Reorganización Nacional quebró el orden constitucional del país.

Una Junta Militar copó el poder, las provincias fueron reorganizadas entre las fuerzas armadas, Misiones fue parte del Comando Zona II y respondía al Cuerpo II del Ejército, se designó inicialmente al frente de la provincia al coronel Juan Beltrametti y un mes después fue reemplazado por el capitán de navío René Buteler.

Asumió el Ejecutivo posadeño Ernesto F. Marosek, y como en el resto de la Argentina, cumplió con la orden de dejar cesantes a “los peronchos”, sin otro argumento que el “dice que” por sobre cualquier documento. Así dio comienzo una etapa nefasta y miserable de nuestra historia, persecuciones, detenciones ilegales, allanamientos, vigilancias, asesinatos, desapariciones forzadas de personas…

Epifania, a punto de dar a luz a su quinto hijo, perdió el trabajo y vivió en carne propia esta realidad, tanto que tuvo un parto prematuro y la criatura no sobrevivió; los años siguientes fueron duros, marcados a fuego por las carencias, el acoso del policía, los “procedimientos” -especialmente uno es recordado por la familia, una siesta en el barrio Villa Flor donde vivían, después de revisar la casa, los uniformados subieron a las mujeres a un carro y se las llevaron-; sin embargo, Epi, como la llamaban, no se dejó amedrentar y trabajando en quehaceres domésticos, lavando y planchando “para afuera” supo sacar adelante a sus hijos Carlos, María Magdalena –ya fallecida-, Máxima y Daniel. Ellos también colaboraron para ganar el sustento diario; la familia Koropeski fue solidaria por entonces, gesto valiente y apreciado en esos días al emplear a una persona perseguida políticamente.

En un rincón de la casa, la máquina de coser Singer que la “Compañera Evita” había enviado a principio de los años ‘50, era el símbolo de la resistencia y una valiosa herramienta de trabajo.

Los años pasaron y aquello que parecía interminable, un día finalizó. El 10 de diciembre de 1983 autoridades elegidas democráticamente asumieron el gobierno del país; en Posadas, Fernando Elías “Tulo” Llamosas juró como intendente municipal. Entre las primeras medidas adoptadas por la nueva gestión, se decidió reincorporar al personal cesanteado en el año 1976; así, Epifania Verón regresó a su antiguo trabajo.

En un principio desarrolló sus tareas en el área de Acción Social y más tarde fue trasladada a la guardería municipal, que por entonces se llamaba Madre Teresa de Calcuta. Durante dos décadas cumplió a diario con la responsabilidad de velar por los pequeños hijos de sus compañeros de trabajo.

En marzo de 2008, a punto de cumplir 75 años, y sin jubilarse todavía, Mamacha Epi tomó las vacaciones anuales; serían las últimas de su vida: falleció el día 10 de ese mes.

Epifania, como tantas otras personas de aquellos años negros de la historia política argentina, sobrevivió como pudo y como se podía entonces, transmitió a sus hijos la importancia de la participación ciudadana, de la militancia, de vivir de acuerdo con las convicciones, talló en ellos la responsabilidad, la cultura del trabajo y el acervo peronista, en algunos se marcó más, y a los varones -especialmente- inculcó el respeto a las mujeres con una frase que resuena hasta hoy: “Yo no quiero que lastimes a una hija ajena”

Supo enseñarles a esperar mejores tiempos sin claudicar, pero no lo hizo sola, tuvo un compañero a la altura de las circunstancias, y juntos le pusieron el pecho a los tiempos, Eladio Luter Velázquez la sobrevivió.

No hay estatuas, ni placas, ni reconocimientos para personas como Epi Verón, sin embargo, existieron; fueron nuestras abuelas, nuestras madres, nuestras tías, vecinas, amigas, fueron pioneras sin saberlo, marcaron rumbo y definieron agenda sin proponérselo, fueron los cimientos de éstas que somos hoy y cuando digo éstas me refiero a nosotros -sociedad- como personas.

¡Hasta el próximo viernes!

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