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Importancia de la resiliencia (primera parte)

jueves 18 de marzo de 2021 | 6:00hs.
Importancia de la resiliencia  (primera parte)

Desde hace un año la Humanidad en general y Argentina en particular vivimos una de las mayores epidemias de los últimos 100 años, impensada, avasalladora, con una relativa baja mortandad, pero temible.

En menos de un año, cuando las vacunas nos aseguren un retorno a la vida anterior, aunque con numerosos cambios, todos, absolutamente todos deberemos reconvertir nuestra vida tras la pandemia.

De los numerosos rasgos humanos que caracterizan a cada uno de nosotros, temple, paciencia, tolerancia, stress, resignación, fe, esperanza, etc. hay una de la que se habla poco, pero que será la clave de nuestra recuperación post pandemia: la resiliencia.

Esta palabra proviene de la metalurgia, ya que es la propiedad que mide la capacidad de un metal de resistir golpes deformantes sin alterar su forma original.

¿Qué es? ¿Cómo se origina? ¿es útil? ¿podemos potenciarla?

Uno de los mejores especialistas mundiales, el Dr. Boris Cyrulnik, con 83 años de edad y nacido en Burdeos, Francia, tiene –por fortuna– numerosos escritos y videos desarrollando este rasgo humano, que creo serán muy útiles para los lectores, en nuestra recuperación psicológica y emocional.

Cyrulink opina que resiliencia es la capacidad de los seres humanos sometidos a los efectos de una adversidad, de superarla e incluso salir fortalecidos de la situación traumática, aunque agrega que la escuela psicológica norteamericana le brinda poco interés a este rasgo, a diferencia de la psicología europea y latinoamericana.

También afirma que este concepto se vincula con la salud mental, que sería conveniente que fuera incluido en la educación y que es indispensable –para desarrollarla– la presencia “del otro” (ser humano).

Cita un como un sorprendente fenómeno el polémico estudio sobre los chicos con problemas de abuso en el seno familiar, en los que se comprobó, que el trauma no venía tanto del hecho en sí del abuso, como de la falta de afectos en el trato familiar diario. También los niños de varias ciudades de Medio Oriente bombardeadas durante las últimas guerras que presentaban mucho menos casos de síndrome post- traumático si existía la solidaridad y el contacto en las familias mientras que en otras en las que los niños sufrían simple y llanamente abandono afectivo.

Boris Cyrulnik explica que ha elegido estos casos extremos porque son más fáciles para visualizar el problema, pero la resiliencia (y el trauma) no tiene fronteras de nacionalidad o condición; preguntado por si hay alguna edad tope, respondió riendo: “Hasta los 120 años, en Toulon estamos trabajando con mayores enfermos de Alzheimer, que olvidan las palabras, pero no los afectos, los gestos, ni la música”.

En psicología, la palabra resiliencia se refiere a la capacidad de una persona para sobreponerse a momentos críticos y adaptarse luego de experimentar circunstancias traumáticas como la muerte de un ser querido, una pandemia, un accidente, etc. También indica volver a la normalidad.

Cyrulnik también señala que “trauma” no es lo mismo que “prueba”. Mucha gente sufre traumas y todo el mundo debe soportar pruebas. Pero en una prueba seguimos siendo nosotros mismos. No estamos muertos ni desgarrados. Frente a una prueba, pienso: “Perdí mi trabajo. ¿Qué voy a hacer ahora?”. Afirma que la felicidad no es fatal, como tampoco lo es la desgracia. Se puede aprender a modificar estos sentimientos.

El bienestar es físico. Uno se siente bien cuando todas sus necesidades están cubiertas. Se trata de una sensación inmediata. La felicidad, en cambio, es el resultado de una representación, de una esperanza, de un proyecto de existencia y se construye siempre en el encuentro con el otro. Hay una simpática historia de los picapedreros: hoy paseo por un camino y veo a un hombre que está picando piedras. Hace muecas y sufre. Me explica que su oficio es idiota y que el trabajo muscular le hace mal. Más allá, un segundo picapedrero parece más tranquilo. Golpea tranquilamente la piedra y me dice que es un oficio al aire libre y que le basta para ganarse la vida. Un poco más allá, un tercer hombre pica piedras en éxtasis; está radiante y sonríe. Me explica que el hecho de picar piedras lo hace muy feliz porque piensa que está construyendo una catedral.

Aquellos que tienen una catedral en su cabeza son felices, aquellos que se contentan con lo inmediato sienten bienestar y aquellos que se desesperan por no tener otro oficio son desdichados.

La resiliencia se teje: no hay que buscarla sólo en la interioridad de la persona ni en su entorno, sino entre dos, porque anuda constantemente un proceso íntimo con el entorno social. Esto elimina la noción de fuerza o debilidad del individuo; por eso en los estudios sobre resiliencia se dejó de hablar de niños invulnerables.

Finalmente, afirma Cyrulnik, que si la resiliencia constituye un proceso de entramado entre lo que somos en un momento dado, con los recursos afectivos presentes en su medio social, la falencia de esos recursos puede hacer que el sujeto sucumba, pero si existe, aunque sea un punto de apoyo, la construcción del proceso resiliente puede realizarse.

La escisión de la psiquis personal no se sutura, permanece en el sujeto compensada por los recursos propios que se enuncian como pilares de la resiliencia: Autoestima consistente, independencia, capacidad de relacionarse, sentido del humor, moralidad, creatividad, iniciativa y capacidad de pensamiento crítico. Con algo de todo eso más el soporte de otros humanos que otorgan un apoyo indispensable, la posibilidad de resiliencia se asegura y el sujeto puede continuar su vida.

Estas ideas ratifican la idea de que nosotros –cada uno de nosotros– somos ante todo seres sociales, y que por lo tanto la tarea de reconstrucción personal postpandemia deberá ser, necesariamente, una labor compartida con otro, pareja, padre, hermano, amigo, socio, compañero…

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