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Mbororé, la batalla de las batallas

miércoles 17 de marzo de 2021 | 6:00hs.
Mbororé, la batalla de las batallas

El lunes 11 de marzo de 1641 fue una fecha muy especial en la historia de la región misionera. Ese día, pasado el mediodía, se libró la batalla anfibia más cruenta de la época sobre el río Uruguay, el río de los Pájaros. Al estruendo del cañón; fue la señal de ataque, siguieron el silbido de miles de flechas surcando el cielo desde ambas orillas, y los disparos de arcabuces y mosquetes llenaron de ruido a pura espoleta difuminando en el ambiente el humo de la pólvora. Mortíferas bolas de fuego escupían las catapultas reafirmando el poder de ataque del ejército misionero

En menos tiempo de lo que se esperaba la contienda dio fin a las 5 de la tarde; la horda bandeirante de ocho mil soldados fuertemente armados quedó destrozada debido al doble ataque fluvial y terrestre. Cientos de cadáveres flotando y solitarias embarcaciones vacías se deslizaban blandamente río abajo, y los negros comensales del aire comenzaron lóbregos a revolotear en lo alto del cielo.  Ensordeció el grito de triunfo de los 4 mil guerreros misioneros atronando el espacio, pues vencieron con ingenio y estrategia al atacante mejor armado que le doblaba en número y armamentos.

Derrotada la marabunta bandeirante, se desvaneció el propósito de esclavizar a miles de indígenas y anexar al imperio lusitano las tierras conquistadas: la Mesopotamia, la Banda Oriental y el Paraguay que, de aquí en más, quedarían libres de todo asedio.

Pero este triunfo no fue casual. Hubo un hombre, Antonio Ruiz de Montoya, que sabiendo lo que se venía solicitó personalmente al rey de España la necesidad de armar a los misioneros, enseñarles el uso de las armas de fuego, prohibidas a los originarios hasta entonces, y las tácticas del combate. Persuadido de las enormes pérdidas que este alud guerrero provocaría a la corona, accedió el Rey mandando un cañón, armas de fuego y a los curas guerreros para que dieran instrucción militar a los nativos.

Los curas guerreros, ex militares al servicio de su majestad el rey de España en decenas de combates, conocían muy bien los principios de la guerra y de antemano el tremendo poderío del rival.  Por esa razón adiestraron tras meses de cuerpo a tierra y tiro al blanco a los hermanos guaraníes, y armaron la defensa en estratégico lugar. Colocaron el cañón en lo alto de cerro Mbororé en dirección al río, donde el Uruguay dibuja un estrecho recodo que dificulta y vuelve lento el desplazamiento de embarcaciones pesadas. Cuando el enemigo llegara a ese punto, caerían en la emboscada planificada de antemano y así ocurrió. Al estruendo del cañón volaron las bolas de fuegos de las catapultas y, la lluvia de miles de flechas surcando el cielo, fue el aviso para que atacaran el centenar de ágiles canoas contra la flota naval bandeirante, cuasi inmovilizada. Al final la lucha resultó fatalmente despareja con el triunfo justiciero del misionero y la masacre del invasor.

Esta confrontación, similar si se quiere, a la librada por los griegos en el 480 a.c., que permitió sentar las bases, tras el triunfo de la flota griega sobre el poderío naval de los persas, del florecimiento de Grecia y Europa. Fue el resultado de la convicción de hombres de fe, dispuestos a vencer el poderoso rey Jerjes l en el estrecho de Salamina. Lugar donde no pudieron movilizar su gran flota marina, aniquilada por las movedizas y ágiles embarcaciones de Temístocles.   Historiadores afirman que una victoria persa en tal estrecho hubiera eliminado la evolución de la Grecia antigua y del mundo occidental, motivo por el cual esa batalla es considerada uno de los combates más importantes de la historia de la humanidad; pues tras el triunfo sentó las bases del florecimiento de Grecia y Europa. Y en el devenir del tiempo la vida siguió su curso hasta el momento actual. Del mismo modo, si la batalla de Mbororé se perdía, el imperio lusitano se hubiera apoderado definitivamente de la Mesopotamia, la Banda Oriental y Paraguay. Yo no hubiera estado escribiendo esto, ni ustedes leyendo.

Y en ucronía pura, ¿qué hubiera pasado en este pedazo del continente?  Porque la ucronía es la reconstrucción histórica que se basa en hechos posibles pero que no ha sucedido realmente. Como tal, la palabra significa ‘no tiempo’ o ‘el tiempo que no existe’. La expresión utilizó Charles Renouvier para titular su novela ‘Ucronía: la utopía en la historia’. ¿Qué es la Historia? Según los entendidos la historia versa no sobre las cosas o personas en sí mismas, sino sobre sus acciones y los resultados de éstas. Describe los hechos, los sucesos, y los acontecimientos en un contexto y época determinada. Y en esta ucronía aquí expuesta, en la no ocurrencia de la parte real de la historia que especula sobre realidades alternativas, el imperio lusitano se hubiera apoderado de los ríos Paraná y Uruguay hasta la desembocadura del río la Plata, construyendo su gran puerto en el actual Montevideo.  Por estos lares, no hubieran nacidos San Martín, Juan Bautista Cabral, Genero Berón de Astrada y el General Madariaga. Tampoco Gervasio Artigas y nuestro Andrés Guacurarí. No se habrían librado las batallas de Vences Rincón, Pago Largo, Caa Caty donde triunfó Andrés Guacurarí en su avance hacia Corrientes, ni la batalla de Asunción del Cambay, el lugar que Sití venció a Artigas y lo obligó a su ostracismo definitivo. Tampoco hubiesen aparecido las figuras de Justo José de Urquiza y del Mariscal Solano López, por ende, no habría ocurrido la sangrienta guerra de la Triple Alianza y las consecuencias nefastas de Paraguay. Tampoco el Combate de la Vuelta de Obligado el 20 de noviembre de 1845 ni se recordaría esa fecha como el día de Soberanía Nacional. Fecha que en la realidad impusieron los historiadores porteños en 1974, ignorando por completo que la verdadera emancipación se produjo el 11 de marzo de 1641 en Mbororé.  El día de la verdadera soberanía nacional.

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