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El cerro del monje

domingo 14 de marzo de 2021 | 6:00hs.
Juan Bautista Ambrossetti
El cerro  del monje

Sobre la costa argentina del Alto Uruguay, a una legua, más o menos, al Norte de la antigua reducción jesuítica de San Javier, cuyas ruinas aun existen en el monte, y casi frente a la colonia del Cerro Pelado, que se halla en la costa brasileña, se eleva, coronado de esbeltas palmas, el cerro del Monje.

En su cumbre, y dentro de un círculo formado por esas preciosas palmeras, una pobre capilla de madera, simple y sin más adorno exterior que una pequeña cruz, indica al viajero el santuario que la superstición de los vecinos eleva al milagroso monje.

Según el padre Gay allí se refugió en 1852 un famoso monje italiano que vivía en el Brasil y que, al querer plantar una cruz sobre el cerro, brotó, del agujero que había cavado, el agua milagrosa que hasta hoy surge allí y que es objeto de grandes peregrinaciones de enfermos y creyentes.

A 20 metros al oeste de la capilla, en el centro de una gran piedra, hay un agujero que mide 0,15 metros de diámetro, cavado cilíndricamente, conteniendo agua hasta 0,40 de profundidad.

Este agujero se halla tapado con una teja de barro y dos jarritos de lata encima; esta es la fuente milagrosa, cuya agua van a tomar los enfermos que esperan curar así sus dolencias. Para esto es necesario que el que toma el agua, antes de hacerlo, diga al compañero que lleva: “Dame un poco de agua por el amor de Dios”, sin cuyo requisito esta no surtiría efecto alguno.

Mas al Oeste de este punto y cerca de allí hay una caída de agua de cuatro metros, en forma de chorro, que es donde los enfermos que pueden hacerlo se bañan, además de tomar el agua; según cuentan, esta tiene un gran poder curativo para todas las enfermedades. Principalmente en los días de la Semana Santa es cuando el peregrinaje es mayor al cerro del Monje; cientos de personas de los pueblos del Brasil (San Luis, San Borja, San Nicolás, etc.), acuden allí, llenas de fe en la eficacia de esas aguas, a depositar su pobre ofrenda en la capilla, que recibe todos los años una mano de pintura costeada por ellas.

Todo esto es espontáneo, pues no tienen por allí sacerdote que los dirija en sus prácticas, de modo que esa pobre gente ha caído, no solo en la superstición en cuanto a ellas, sino que también estas son por demás ridículas, según se verá.

En el interior de la capilla hay un altar corrido, tosco, adornado con género, etc., y algunas colgaduras; sobre él se halla una santo de madera de 0,70 de alto, a pesar de estar arrodillado, que representa al Señor de los Desiertos; por su factura se reconoce que ha pertenecido a las ruinas jesuíticas de San Javier, así como también una Virgen María que está en su vecindad.

A un lado se halla tapado con un paño un cráneo humano que, según creen, ha pertenecido al primitivo monje.

Como la gente de por allí es muy pobre, sus ofrendas se reducen a velas de cera, adornos de papel picado, manos, pies, cruces y demás objetos de cera y papel, cintas e infinidad de chucherías que los devotos cuelgan a la ropa de los santos.

Pero lo mas curioso es la práctica que tienen los que se casan, de ir luego a la capilla, y después de rezar ambos, la mujer deja su vestido de novia y los azahares que coloca al Señor de los Desiertos; pero como este se halla ya vestido con otro traje anterior, colocan el nuevo sobre el viejo, de modo que ya tiene como unos diez superpuestos.

Esto lo hacen para que la felicidad no abandone su nuevo hogar. 

Los peones y canoeros del Alto Uruguay, antes de emprender viaje aguas arriba, van a la capilla, toman agua de la fuente y prenden velas a los santos, rezándoles por un buen rato. Si no tienen muchas velas, por lo menos encienden un cabito, hecho lo cual se embarcan contentos; pero si alguno no lo hace, lo tildan de “masón” y cuando la canoa tropieza sobre las piedras, o sucede algún contratiempo en el viaje, los brasileños, sobre todo, refunfuñan y con el mayor descontento exclaman: “Iso tinha que suceder, meu amigo: co u monje nao se joga!”.

Juan Bautista Ambrosetti ha sido uno de los primeros en recorrer esta región y dejar testimonio de lo que vio, escuchó y pudo experimentar.

Autor de innumerables trabajos, fue el más grande investigador, folklorólogo, historiador, etnólogo, dedicado a la arqueología y antropología del Alto Paraná y del Norte de nuestro país.

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