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Charlas en El Petit

La ballena

domingo 14 de marzo de 2021 | 6:00hs.
Luis Sicilia
La ballena

De perfil era la cabeza de un halcón joven, también la mirada, penetrante, siempre al acecho. El resto, nada que ver: un tipo fofo, tan gordo que a sus espaldas lo llamaban “ballenas”. En verano se vestía con un traje de fil a fil blanco que mantenía impecable. Camisa de seda italiana comprada en Encarnación y zapatos color canela. Ridículo. Por lo general dormía de día y deambulaba de noche. Decía que en su juventud había sido un semental. Creía ciegamente en la reencarnación y contaba historias de sus otras vidas.

- Quinientos años antes de Cristo yo era un Samuray -decía- hasta que el mandarín se puso malo porque le había seducido a una de sus hijas. Entonces me mandó a degollar.

Fumaba en pipa, un doctor Hardy con borla de plata 900. Convertía en un rito el llenado del hornillo con tabaco misionero tipo burley y fibra sudafricana. A veces, cuando tomaba sol en la vereda del Petit, usaba lentes oscuros. En ese caso el perfil de halcón joven se transformaba en el de una rata almizclera. Vivía de los favores de una viuda vieja y fea, dueña de una boutique, que en su juventud había regenteado una casa de cita en Foz de Iguazú. Se decía que “Ballena” era un tanto pervertido y le pegaba a la viuda con una toalla mojada, como en las viejas historias de cafishios polacos. Después la consolaba contándole episodios de sus otras existencias. La viuda también creía en la reencarnación, así que no temía a la muerte.

- Vos ahora sos así, un poco gorda, un poco vieja, pero en la otra vida vas a ser Nefertitis... o Madonna, o Evita - le decía después de la paliza.

“Ballena” no se molestaba cuando le decía que los tragos que pagaba en el Petit estaban financiados por la viuda, aunque hacía permanentes referencias a sus ingresos como vendedor de predios en un cementerio privado. De tanto en tanto aparecía con un portafolio con listas de precios, fotos de tumbas, testimonios de familiares de muertos y folletos multicolores. Un día, desparramado en una mesa del Petit, contó que sus conocimientos del peyote eran el fruto de su estancia en México, con los Tarahumara.

-En esa vida yo era un sacerdote Ciguri -decía con su mejor retórica-, y estamos hablando del mundo de los Mayas. Escuchen bien, agregaba mientras cargaba el hornillo reluciente de su Dr. Hardy: en esos instantes preciosos, cuando el alba aún no se desprendió de la negritud nocturna, el peyote me convertía en El Señor de Todas las cosas.

Pero apareció un francés chiflado, antropólogo, birlador de historias, hermafrodita según pude averiguar después, que por celos mezcló mi peyote con Mahola, un veneno fulminante extraído de los genitales del cocodrilo. Y morí durante un rito de los Ciguri.

- ¿Y el francés? -preguntó el mozo mientras servía una vuelta de coñac solicitada por el amante de la viuda.

- Terminó su vida en un manicomio de Rodez, enchalecado y maldiciendo mi nombre -dijo “Ballena”- y volvió a la carga. Entonces me reencarné en una gigantesca Mantaraya. Por las noches abandonaba el mar y dormía en los médanos, sobre un lecho de uña de gato.

Hasta que una madrugada fui atacado por una jauría de perros salvajes y pasé a otra vida...

-¿Cuál? -preguntó un tipo desde otra mesa, embobado con el relato.

- Ésta, la que usted está viendo -descargó “Ballena” sin que se le mueve un pelo-. Yo soy descendiente del Samurai, de la Mantaraya, del sacerdote Ciguri.

Una noche llegó al Petit con su maletín mortuorio y creyó ver un cliente potencial. El tipo era alto, flaco, de mirada apagada, ni viejo ni joven, al parecer aburrido de beber en soledad. “Ballena” se le acercó sonriente, hizo menos dura la mirada de halcón adolescente y desplegó su seducción estilo Bela Lugosi.

- Lo que le vengo a ofrecer es una bicoca, un predio a la vera del Señor. Cuando llegue su hora, usted tendrá el sitio indicado por el Señor, allí descansará en paz, en el cementerio privado. “A dormir en los brazos de la luz divina”.

Agotó su rosario de argumentos y pronto pensó que el tipo estaba bajo los efectos del peyote.

-¿Usted entiende lo que digo, señor?- le preguntó. El tipo asintió con un movimiento de cabeza.

- Entonces ¿por qué carajo no habla? ¿Le interesa esta bicoca?

- Pienso comprar esa parcela dijo el tipo-, pero será para usted, porque cuando el alba comience a desprenderse de la negritud de la noche, lo estarán velando. Yo soy la venganza, El Señor de Todas las Cosas, y vine a que pague sus deudas...

-Oia! ¿De dónde saliste, colifa? -preguntó “Ballena” tratando de poner en movimiento su transpirada humanidad. Pensó que se trataba de una broma de los que bebían coñac a cuenta de la viuda.

- Soy la puta reencarnación del loco que murió en Rodez por tu culpa, por tu maldita culpa rufián melancólico.

“Ballena” no podía creer lo que estaba escuchando. Esto es una joda de los pelafustanes que se maman gracias a mi generosidad, pensaba. Me quieren volver loco, pero no le daré bola a este colifa. Sin embargo la sospecha se esfumó de golpe cuando sintió la puñalada en el pecho. Primero fue un dolor agudo, después lo envolvió un mareo extraño, como si entrara en el mundo del peyote. Con todo, alcanzó a ver el río de sangre que corría a borbotones por su camisa de seda italiana y su traje de fil a fil blanco.

- ¿Por eso ahora no quiero hablar más del pasado entienden ustedes? -decía la gigantesca ballena que se desplazaba por el mar, en medio de la gran tormenta. Las otras ballenas escuchaban atentas a la ballena recién llegada, enorme y blanca, vistiendo un traje de fil a fil blanco, que corría más que ellas hundiendo su perfil de halcón adolescente en la negritud del mar.

Luis Sicilia. Escritor y periodista. Sus obras fueron publicadas en diarios y revistas del país y del extranjero. Fue jefe de Redacción de El Territorio

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