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Malambo crudo y la 236

lunes 08 de marzo de 2021 | 6:04hs.
Malambo crudo y la 236

La Escuela primaria 236 de Apóstoles, supo tener un ballet de zapateadores que actuaron en distintas escuelas y escenarios con mucho éxito.

El mérito a la existencia del ballet le pertenece a nuestra profesora de Música Blanca Alvarenga, que se empeñó en crear un grupo que zapateara y bailara una especie de “malambo norteño”.

Le habrá costado un “Perú” organizar la coreografía y buscar los intérpretes entre los alumnos de sexto y séptimo, porque esa tarea era como buscar “agua en las piedras”.

Me imagino que Blanca se habrá inspirado un día que fue al cine Rex y vio en “Sucesos Argentinos” algo parecido a lo que nos quería trasmitir. Por entonces no existía internet, youtube, ni clases de zoom.

En séptimo éramos once varones y en sexto catorce o quince, de esos durante la tarde en una especie de “casting”, tenía que elegir seis para el malambo crudo.

Según el diccionario malambo es:

“Baile típico del Río de la Plata, rápido, de zapateo y acompañado de guitarra, en el que intervienen uno o varios bailarines, siempre hombres, que en contrapunto efectúan diversas mudanzas, sin otros movimientos que los de las piernas y pies”.

La profe eligió luego de un arduo trabajo a los seis; yo entré en el “repechaje” porque siempre fui bastante patadura para el baile y mucho más para el malambo que requería destreza.

El debut se produjo como número final en un acto en la misma escuela; los chicos de primer grado no entendían muy bien que era lo que hacíamos, pero los de sexto y séptimo- quizás porque pertenecíamos a los cursos-“aplaudían a rabiar”.

Ese día bailamos sin los guardapolvos, pero con zapatos para que se sintiera el “papito, papá” para mantener la coordinación.

Con buen criterio nuestra profesora armó, -como en el fútbol dos líneas de tres-; y dejó adelante a los dos mejores para que el espectáculo luciera.

No es necesario que les explique, pero yo no estaba en esa primera línea, lo que era totalmente justo.

El ballet no tenía suplentes, cuatro de ellos éramos, “el Rata González”, “Nene Sotelo”,” Tito Giménez”, Y “yo”. Nos invitaron a otros escenarios.

Una de las invitaciones provino de la Escuela 22, que era de niñas, no había varones; el cierre del acto que parecía muy importante le correspondía al Ballet de Malambo de la Escuela 236.

Como íbamos a jugar de visitante teníamos que hacerlo muy bien, ensayamos bastante, pero prácticamente nadie tenía la indumentaria para el baile, bombacha criolla, cinto ancho y botas de cuero propias para el malambo.

Algunos pudieron conseguir prestado algo del atuendo, Blanca nos pidió que todos lleváramos una camisa blanca y sino conseguíamos bombachas criollas, pantalones de color marrón o similar.

A mí se me complicó porque ni la bombacha, ni las botas conseguí. Tenía un pantalón grafa como esos que usan los obreros de la construcción bastante oscuro.

Enfrente de casa vivía un sargento primero del Ejército Domingo Galarza, el padre del actual presidente del Consejo General de Educación, que me dijo:

-¿ Si querés te presto mis borceguíes?.

¡Le agradecí la gentileza y me preparé para el evento.

Galarza calzaría 41 o 42, y yo 38, le tuve que llenar de algodón en la punta y sujetarlo fuerte con los cordones.

Esa tarde noche en la Escuela 22 nos fue muy bien, porque prepararon un escenario sobre mesas de madera y el golpeteo retumbaba en todo el salón.

Los borceguíes de Don Domingo eran los que más ruido hacían, traté de domarlos un poco, pero me costaba cuando había que realizar figuras por el peso que tenían.

La fama del grupo salió de la órbita escolar y empezó a ser conocida en el pueblo.

En el Salón Parroquial se realizaban los viernes espectáculos de folklore y nos invitaron a participar, a pesar de nuestras limitaciones nosotros nos creíamos “El Chúcaro”, con la dirección de la profesora de música nos preparamos para el nuevo desafío.

Venía todo bien, yo sabía que el escenario era de madera, le pedí de nuevo prestado los borceguíes a Don Galarza, y vamos para adelante.

El día jueves previo a la actuación el ballet tuvo un inconveniente importante; uno de los integrantes no iba a poder participar, con lo que la coreografía se iba a resentir.

Nuestra profesora violando las reglas de que el malambo es un baile exclusivo de varones, le invitó a cubrir el bache por la ausencia a María Eugenia Villalba, la hija de la portera de la escuela y hermana de Chingolo. Ella siempre veía nuestros ensayos, usaba el cabello corto y bailaba igual o mejor que nosotros.

María Eugenia se lució en el escenario y nadie se dio cuenta que era una chica.

La fama ya nos llevaba a pensar que estábamos para actuar en “Los sábados Circulares de Mancera”. Lamentablemente los de séptimo terminamos la primaria y fuimos a distintos establecimientos secundarios.

En la búsqueda de talentos se diluyó el esfuerzo de Blanca Alvarenga; no vimos la puertita que nos abrió; a veces pienso, si hubiese seguido practicando quizás podría actuar solo o en un grupo, por ejemplo, en la Cena-Show del Hotel Marriott de Guatemala y disfrutar con La Raela de la piscina; mientras los aviones internacionales hacen su vuelo rasante sobre la misma.

Fue un placer integrar el ballet de malambo crudo de la gloriosa Escuela 236.


Publicado en ideasdelnorte.com.ar

Por Ramón Claudio Chávez. Ex juez federal

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