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Las anécdotas de Don Cacho: Don Martín Piñeiro

domingo 07 de marzo de 2021 | 6:00hs.
Las anécdotas de Don Cacho: Don Martín Piñeiro

N
o sé qué pasa con el sur de Misiones, pero cuando busco recuerdos… la pluma y tinta laten, se pintan de rojo y van apartando verdes, suben como nada y bajan, dan curvas, hablan en idioma escrito, ignoran la mano y se adueñan de recuerdos de cuando el Plymouth 36 de mi viejo pasando el Zaimán cargaba nafta a palanca en el almacén de Poujade, en segunda atropellábamos el pedregal de San José agarrándonos de lo que podíamos, salteábamos Apóstoles y el auto (que nunca tuvo buenas luces hasta que papá le puso un poderoso “busca huellas”) zigzagueando apuntaba a Concepción de la Sierra y Colonia Santa María, donde vivía la Chacra (no digas chacra decía mi tía Aída, es un “establecimiento”)

Las cosas raras que suceden. La Colonia estaba inserta en los inmensos campos de la Compañía Liebig; corporación de origen alemán grabado el nombre de quien logró enlatar carne sin que pierda sabor ni se descomponga. Los más viejos recordarán el corned beef y el picadillo. Fue tan grande el éxito del producto que ni se le estaba por escapar a los ingleses, que terminaron comprando la Liebig. Ahí fue que aparecieron con sus botas de caña largas, sus mujeres de caras largas, sus sombreros de corcho y una pinta de nacidos para patrón a poblar la zona.

Santa María está en la franja oriental de Misiones donde muere Corrientes y serpentea el Chimiray, donde el suelo se inquieta y la llanura se hace loma, donde el campo  se salpica de mogotes anunciado la selva más arriba, donde sus arroyos perezosos no muestran apuro, donde la campiña abierta deja ver un cielo de cristal, donde el portugués quiere ser español, donde el río Uruguay es historia vieja de jesuitas, guaraníes, bandeirantes e historia sepia de harinas y cubiertas navegantes, canoa que va con bolsas y caíco que viene con goma como un péndulo legal que no lo era. También de viejos exilios políticos de uno y otro lado del río al que Ayala le puso alas…”Uruguay gigantesca curiyú…es una jangada azul cayendo hacia el mar…”, y el río se hizo música y Ramón leyenda.

Ahí estuvieron los ingleses varias décadas. Un día se fue la Liebig con su ganado europeo corrido por uras y garrapatas y los muchos que administraban quedaron en campos que les vendió la compañía. Pero para que la historia sea completa, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, al mandato de su ADN de compromiso y coraje se fueron de voluntarios a pelear, a defender su país, o mejor, el de sus padres.

Se fueron los ingleses de botas largas y sombrero de corcho y vinieron los criollos de bombachas y sombreros de paño, vinieron los polacos/ucranianos con chaleco negro, bigotes de cosacos y mujeres con pañuelo incluido en la cabeza. También brasileros a granel e italianos, unos pocos alemanes y hasta dinamarqueses de piel blanca transparente que todavía están. 

En la década del cuarenta compra mi familia un yerbal con un crédito del Banco Hipotecario, a pagar en 30 años, en la Colonia Santa María, propiedad del Mayor Backer. “Mayor en Inglaterra, acá es Backer”, le dijo en seco el delegado gremial en un desencuentro por el Estatuto del Peón Rural, decreto de Juan Domingo Perón. Don Backer no estaba acostumbrado a desplantes, que le resultaban insolencias puras, advirtió el cambio de época y armó su valija. Había plantado el yerbal en 1928 enviando fondos desde Sudáfrica a don Miguel Zanek, a quien le pagó los servicios con una chacra encerrada al fondo (con servidumbre de paso), lindando con el Persiguero. Con la venta del yerbal vinieron incluidos algunos trabajadores  del inglés. De los que recuerdo uno era don Godoy, el capataz; hombre de recia figura con grandes patillas a lo Quiroga/Menem que lo hacían parecido a San Martín. Otro era Nino Dos Santos, morocho de tono subido, pelo virulana, de pocas palabras y de trago fácil. No era prudente desconocerse con Nino. Gran tarefero, levantaba los raídos como quien levanta una gallina. Lo notable es que parecía un auténtico brasilero, mais nao era brasilero, ni siquiera la lengua dura de la zona. Mais do que era entao…

Con los años supe de un batallón de negros esclavos de la guerra del Paraguay que terminada la conflagración volvían a su país con la promesa de hacerlos libres. No convencidos de la oferta y conociendo el paño, atravesando Misiones finalmente recalaron en Campo San Juan y fundaron una colonia de supervivientes en libertad absoluta. ¡¡De ahí venía Nino!! Nieto o bisnieto de ese batallón. (La leva en Brasil era para todo ciudadano, con la salvedad de que quien tuviera esclavos, lo podía mandar en su reemplazo). 

El tercero de los que “heredamos” del inglés era Martín Piñeiro. Venía del Alto Uruguay, de Londero. Paraje donde era armador de jangadas, oficio valorado porque una jangada no bien construida se perdía en las restingas en su viaje hasta Federación, donde los rollos, después del hacha, conocían la sierra y un viaje gratis a Buenos Aires

Don Martín, con un naco de tabaco criollo que de lejos denunciaba su dentadura preta más una escupida de luto cada tanto, nunca estaba quieto. Si no era tiempo de tarefa, había que darle a la asada para el aporque, o duro con la foiza cuando apretaba la maleza, si terminaba su tarea iba a una vertiente a lavar la ropa. Si no alcanzaba el tiempo lo fabricaba para plantar mandioca, zapallos, poroto negro, batata, maíz (la “provista” que le traíamos a la chacra era mínima, lata de grasa, sal, bolsa de harina). Martín tenía las manos de cuero y no había paja brava, Santa Fe o cortadera que resistan el abrazo de su mano y el filo de su machete. De ahí al techo solo esperar que sequen. Cuando murió,  murieron los techos de paja, murió la frescura, la elegancia a cuatro aguas y el oficio. Tenía un don con las plantas, jamás se le secó algo de su autoría, cuando le ponderé tanto éxito me dijo que tenía un “vencimiento”; consistía en que las últimas paladas del pozo, se debía puntear y aflojar la tierra para que se hundan las raíces, pero el auténtico vencimiento, hecho el aporque con los nudillos de cada mano apretar la tierra en círculo y hablarle a la muda con palabras lindas en silencio. (El vencimiento pierde efecto, dicen…si se cuenta, salvo cuando está autorizado, lo cuento entonces…como un legado de don Martín para los que les gusta el verde y la palita).

Don Martín vivió una época de transición, de patrones ingleses a criollos, de arar con mulas a los primeros tractores Zetor 25, de la tarefa con machete a la tijera, del mensú al peón rural… del caballo a la moto y de la caña a la birra; ahí no alcanzó.

En todos los tiempos fue el hombre bueno que quiero recordar; tenía un maizal cerca de su casa y algunos se aprovechaban del trabajo de otro, de los choclos especialmente.

Un día molesto, por los cosechadores de lo ajeno, le digo a don Martín: “Mire que se andan provaleciendo por sus choclos”. Y me responde como si yo fuera el afectado: “No se preocupe doctor, yo planto para mí, planto para los demás, planto para los pájaros, planto porque me gusta…y no me duele que otros lo coman”.

Don Martín falleció y a la inmensa congoja de su muerte se sumó la de su velorio. En su humilde rancho, sin lloronas, sin chistes, entre velas y luz de un lampión sobre una mesa, recipiente con agua abajo y sin cajón, reposaba Martín con traje corbata y flores en el pecho. Con la ausencia de cajón no parecía vivo pero tampoco muerto. Era un cuadro claroscuro donde una luz agonizante se turnaba para iluminar caras que desaparecían y volvían de la oscuridad como si se moviese lo que estaba quieto atado a la  pena. Todos parados, sobrero en mano, arrinconados, mudos, dolientes, con sus mejores ropas, mujeres y hombres. Sólo doña Nena sentada con un llanto apagado y algunos murmullos, lo tomaba de la mano a su Martín para que se fuera yendo de a poco. Algunos besos en la frente o apoyando la mano en la mano, los asistentes fueron saliendo. Saludé juntando lágrimas para después y no miré hacia arriba pero juro que las estrellas se detuvieron y aumentaron su brillo para saludar el alma de don Martín, directo al cielo, donde seguramente lo recibió la Plana Mayor con música de cuerdas y coro de ángeles.

Al otro día, ya con cajón arriba de una camioneta seguida de algunas chatas con gente en la caja, enfilamos mansamente por la ruta hacia el cementerio de Santa María.  Bordeamos el cerro inglés, pasamos manga de piedra, subimos una lomada suave y a la derecha de la ruta un montoncito de cruces indicaba el modesto cementerio. Se cavó el pozo, se clavó una cruz, se bajó el cajón y se lo tapó con tierra; no hubo cura, no hubo coronas, no hubo discursos, no se escucharon rezos, sólo un silencio corto y alguna flor. Nos fuimos lentamente y Martín quedó sólo y su bondad estampada en mi memoria. Alguna vez algún pájaro que comió de sus choclos se habrá posado en la cruz y le cantó su canto agradecido.

Muchas veces yendo a la Corita, a Itacaruaré o a San Javier, buscaba el Cementerito y lo encontraba, hasta que sumando años desapareció debajo de un pinar y también la memoria de Piñeiro, el hombre más bueno y manso que conocí en mi vida.

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