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Pinceladas de historia

El último pueblo guaraní en la Banda Oriental

domingo 07 de marzo de 2021 | 6:00hs.
El último pueblo guaraní  en la Banda Oriental

La población misionera que emigró con el caudillo oriental Fructuoso Rivera desde las Misiones Orientales en 1828, después de la Guerra con el Brasil, dependió, para bien o para mal, de las oscilaciones de aquel en el ejercicio de su poder. Cuando lo poseía, por ejemplo durante sus tres presidencias del Estado Oriental, las familias guaraníes gozaban de cierto bienestar.  Cuando su posición política era adversa, se agravaban los padecimientos de los naturales. Los destinos de Rivera y la población guaraní de la Banda Oriental fueron por el mismo camino a lo largo de un cuarto de siglo. Tanta fue la relación entre el caudillo y el remante de la población guaraní-misionera que aquel llevó el título de “Protector y Libertador de los Siete Pueblos de Misiones”.

El pueblo de Bella Unión, fundado para albergar las familias traídas desde los pueblos orientales fue destruido e incendiado en 1832. La dispersión fue general. Muchas familias pasaron el río Uruguay y se refugiaron en Mandisoví (Federación), pero el grueso de esa población se dirigió al Durazno, detrás de Rivera, quien, fundó a escasas dos leguas de este pueblo, la aldea de San Borja, en la cresta de una pequeña cuchilla que separa el arroyo Sauce del Yí, en el centro de la Banda Oriental. Fueron aproximadamente 900 indígenas los que poblaron el lugar. Se construyó, como era típico en todo pueblo de la cultura jesuítico-guaraní, una plaza central y frente a ella se erigió un templo muy precario. La población siguió manteniendo el tradicional régimen de comunidad y bajo ese sistema se regló el trabajo de la tierra. Con lo producido de sus cultivos, en una chacra comunitaria, allende a la aldea, se surtió de frutos y granos a la población de Durazno, único medio de subsistencia de los recién llegados.

El cabildo siguió existiendo, a pesar de que esa institución había quedado sin efecto legalmente en Uruguay una década atrás. Se reconoció a Vicente Tiraparé, como Corregidor Principal del Cabildo de San Borja y “Comandante de los Siete Pueblos”. Era Tiraparé un viejo caudillo que había conducido a este pueblo desde que los arrancaron de las Misiones Orientales. Su liderazgo se fortalecía al reconocérselo como el Mayordomo de la Iglesia, es decir el custodio de todos los objetos religiosos trasladados desde los pueblos orientales, objetos decisivos para la vida de la comunidad misionera.

En 1837, año de graves enfrentamientos entre los principales caudillos orientales, Manuel Oribe y Fructuoso Rivera, la población india protegida por don Frutos (como se lo conocía popularmente a Rivera) participó en innumerables combates, muriendo gran parte de la población de San Borja, entre ellos su comandante don Vicente Tiraparé. Su liderazgo fue heredado por su esposa, doña María Luisa Cuñambuy, identificada como “la Mayordoma” o “la cacica”. Hasta dos décadas después, doña María Luisa Tiraparé, como comenzó a llamarse a partir de la muerte de su esposo, fue la líder indiscutida de San Borja del Yi. 

Hasta el año 1842, coincidente con la recuperación del poder por parte de Rivera, la población india gozó de tiempos de paz y cierta prosperidad, pero el ocaso de don Frutos, fue trágico para el pueblo guaraní-misionero. Vencido en la batalla de Arroyo Grande en territorio argentino por Manuel Oribe, quien había recibido el apoyo de las fuerzas rosistas, Rivera inició un interminable éxodo por los campos orientales, seguido tenazmente por las familias guaraníes quienes iban detrás de los combatientes, como siempre había ocurrido a lo largo de la historia del pueblo guaraní. Los soldados eran acompañados por sus mujeres y sus niños. En esa situación, esa población sufrió un trágico hecho de guerra, que se sumó a la larga cadena de infortunios de este heroico pueblo, que ha dado su sangre y su destino confiando en mejores tiempos que nunca llegaron.

Un largo convoy conformado por familias indias que se trasladaban en carretas y caballos para unirse a fuerzas riveristas entre Durazno y Tacuarembó, fue sorprendido por fuerzas argentinas leales a Oribe al mando del Comandante Manuel A. Urdinarrain, jefe de división del ejército de Urquiza el 19 de septiembre de 1843. El Padrón que se levantó después de este hecho permite descubrir con dolor el destino de la población guaraní-misionera utilizada como carne de cañón por los caudillos de diferentes colores políticos en las tres décadas posteriores a la revolución de Mayo. En ese convoy iban 204 familias con 1166 personas. Tan detallado es el documento que indica el origen de cada una de las familias, de lo que se desprende que 150 de esos integrantes provenían de las Misiones Orientales, 498 pertenecían a los pueblos de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos y 83 de ellos pertenecían a las Misiones del norte (San Javier, San Ignacio, Apóstoles, Corpus, Santa Ana, Loreto, Concepción, Santa María e Itapúa). Por supuesto que no todas estas familias pertenecían al pueblo de San Borja, pero permite apreciar la dispersión de toda la comunidad guaraní-misionera a lo largo de los campos del estado oriental, como también ocurría paralelamente por el resto de los campos del Litoral. La voluntad de mantenerse unidos los sostenía en esa época de graves infortunios.

En ese mismo año de 1843 una orden del Comandante del Durazno procedió al desalojo forzoso de los habitantes de San Borja del Yi, incendiándose los ranchos y la pequeña capilla. Por orden de Oribe la mayor parte de los objetos de culto en posesión de estas familias fueron robados a la comunidad y trasladados a templos más vistosos, como los de San José, Durazno y la misma Montevideo.

Pero la tozudez por estar juntos en comunidad, volverá a juntar unos años después, bajo el liderazgo de doña Luisa Tiraparé a las familias dispersas quienes repoblaron la destruida aldea por unos pocos años más, lo que constituyó sólo un último respiro del peregrinar histórico del pueblo misionero por las tierras orientales.

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