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La cima

domingo 28 de febrero de 2021 | 6:00hs.
La cima

Cuando usted lea este texto -sea quien sea- yo estaré muerto desde hace mucho tiempo. Las condiciones en las que estoy escribiendo me permiten suponer que nunca volveré a ver un ser humano y ni siquiera podré volver a ver mi propio rostro, ya que no tengo un miserable espejo para despedirme de esta cara que me acompañó a lo largo de los años. Puedo imaginar que se encuentra quemada por el hielo y los reflejos, agrietada y llena de estragos. En cuanto al resto, casi no puedo hablar porque no siento nada. Mi ropa es gruesa y me cubre por completo, lo que no pudo impedir, sin embargo, que el congelamiento comenzara a hacer su obra. Carezco de alimentos y sólo conservé unas gotas para estimular la actividad cardiovascular, que se están acabando.

Bueno, para no dilatar más este relato, debo decir que estoy en la cumbre del Aconcagua a casi 7.000 metros de altura, y me siento impedido de descender porque estoy afectado por un terrible ataque de vértigo y sólo atiné a atarme y atarme al hielo y la roca, y casi no puedo mirar hacia el vacío lo que en esta posición es, como usted comprenderá, bastante difícil de solucionar. Sólo me rodea un inquietante precipicio. Afortunadamente, una tormenta formada unos quinientos metros más abajo me permite una pequeña tregua ocultando el vacío pero que de ninguna manera soluciona mi problema; en mi estado, no sería capaz de bajar una escalera de dos metros.

Quisiera que estos últimos momentos fueran al menos carentes de dolor. Dicen que el congelamiento es como una anestesia general. Espero que sea cierto. En realidad, lo que más me está afectando es el aburrimiento. Ya no tengo en qué pensar que despierte mi interés. He tratado de cantar pero mis labios parecen de alambre y no recuerdo una sola canción completa. No puedo tampoco hacer un balance de mi vida porque comienzo a bostezar y eso es peligroso; si me duermo será el último sueño. Mi mano tarda varios minutos para poder escribir cada frase. Bueno, antes que sea demasiado tarde quiero contarle que hice este viaje por una mujer. Sí, por una mujer que me desafió y yo, que jamás había salido de mi pueblo, me enrolé en esta expedición mintiendo sobre supuestas experiencias anteriores. El resultado fue inesperado. Mis compañeros corrieron la peor de las suertes. Uno se desbarrancó, dos se congelaron y otro se perdió. Fue en ese momento cuando me di cuenta que no podía descender y entonces seguí avanzando más y más hasta llegar a esta cumbre tan inhóspita.

¿Y qué más puedo contar en esta última carta?

Me hubiera gustado vivir un poco más, llegar a viejo, entender para qué era esta vida y cuál su sentido; en otras palabras, para llegar a ser un sabio. Vanas aspiraciones. Sólo me molesta que siendo mi final tan valiente y digno no haya ningún testigo. Cuando alguien recoja estas líneas junto al libro de la cumbre, y vuelva a la vida y a la gente, que le diga a esa estúpida y presumida que pude llegar y que si tiene el ánimo bien templado que me venga a traer unas flores.

Por un momento tuve una ensoñación. Me pareció ver un avión rondando la cumbre. Iba repleto y la gente me miraba desde la ventana. ¡Oh! Parecía tan confortable con sus mullidos asientos y el calor de la calefacción, los baños limpios, la cena servida con abundante vino, alguna hermosa compañera casual, las azafatas de manos impecables y piernas mórbidas, una película mediocre para ver entre sueños, reclinado, y un aeropuerto... un aeropuerto al final, con alguien esperando.

Del libro Esquirlas y Perdigones, Editorial Universitaria. Abinzano es docente emérito de la Facultad de Humanidades  y Ciencias Sociales de la Unam

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