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Libros de acá/Reseña

Descubiertero

(Libro de cuentos de Sergio Alvez)

domingo 28 de febrero de 2021 | 6:00hs.
Por Osvaldo Mazal
Descubiertero

Por un muy módico precio, Sergio Alvez me trajo a casa hace ya varios meses “Descubiertero” junto a su libro anterior “Urú con otros relatos”, un día de lluvia de esta pandemia. Ése fue mi primer delivery libresco de estos tiempos. Terminada la novela que por esos días coronaba sin pena ni gloria mi mesita de luz, ataqué el más reciente de los dos libros, “Descubiertero”. Que en principio (en dos de los tres primeros relatos) le entra derechito a la vida en el monte. ¡Epa!, me dije y me aquejó un tremebundo deja vu: enseguida supuse a lo largo de esas primeras páginas y con un poco de cara larga que en “Descubiertero” solo encontraría como sustrato y tradición buenas reescrituras de dos próceres: Quiroga y Novau. Los títulos de los dos libros en principio confirmaban mi aprensión: “Urúes” y “Descubiertero”. Demasiado aroma a yerbales, monte, río, tierra colorada y mensúes, pensé. Temas que suelen causarme escalofríos. Igual seguí adelante, cosechando frases cortas, lenguaje local, historias sencillas, ausencia de énfasis o dramatismo.

Pero en el cuarto relato, “Sombrilla”, ya no hay monte, sino unas vacaciones en una playa brasilera. Rebobino entonces y me desdigo agradecido: no hay solo monte y río, la cosa pinta también a mar y arena. Resuelta esa duda básica, que aqueja a cualquier lector entrenado frente a cada relato que se presenta como misionero hasta el caracú, respiro aliviado y voy derivando entonces con una moderada alegría mi ojo crítico hacia la pregunta por la configuración de esos textos relativamente breves que estoy leyendo. Y me digo que en casos como “Descubiertero” uno no puede dejar de pensar en la oposición cuento versus relato.

Para hacerla bien corta voy a definir, a la manera de Borges, Piglia y tantos otros, un cuento como aquella narración que tiene dos historias o argumentos; uno que percibimos claramente, y otro oculto, cuyo secreto se va develando lentamente hasta llegar a, es lo más habitual, una sorpresa final. Que es cuando el secreto del cuento suele saltar enterito a la superficie, porque la historia secreta se revela. Otros definen el cuento en forma más amplia como una narración en la que todo está dirigido a contar una historia para causar un efecto final: allí se terminó el cuento.  El cuento tiene que ganar por knock out decía Cortázar, con un golpe final, y la novela gana por puntos, round por round. No estoy seguro de si Cortázar no parafraseaba a Hemingway, pero eso qué importa.

Y pienso entonces: ajá, Sergio Alvez no genera argumentos dobles ni efectos finales demoledores, pero eso lo tiene muy en claro, por eso llama adecuadamente a sus narraciones, “relatos”, y no “cuentos”. Su intención parece ser en cada caso que fluya la historia hasta donde deba llegar, casi por impulso propio, como si el narrador no pusiera nada de su parte más que la mirada y la pluma, y no anduviera tramando (pensando una trama) algo enigmático y subterráneo para desnudarlo al final. Y así, simplemente cuando el ritmo de los sucesos (o su decaimiento) lo pide, Alvez planta la palabra “fin” sin necesidad de sorprender o conmover excesivamente al lector. Pero en el quinto relato, “Revolver”, Alvez demuele esta hipótesis medio provisoria por no decir primitiva con la que yo estaba ya bastante satisfecho, y lo hace con un final rigurosamente cuentístico.

Empiezo a enojarme, se va esbozando una variedad que hace patinar mis hipótesis críticas, Alvez con mínimos movimientos me va desorientando. Y soy muy básico para el ajedrez, solo jugué hace sesenta años contra mi abuelo, que me ganaba sin mayores remordimientos.

Entonces trato de concentrarme y reflexionar acerca de los personajes. Después de todo, me pregunto, ¿qué otro material hay que evaluar en un relato, algo que no sean los acontecimientos y contextos? Los personajes, me contesto, descubriendo por enésima vez en mi vida la pólvora. La centralidad de los personajes venía funcionando bien en los primeros relatos de “Descubiertero”, comprobé que en el sexto también, y en todos los sucesivos. Obreros, prostitutas, carteros, camioneros, canillitas, albañiles, zapateros y modistos, carniceros, vagabundos y linyeras, oleros, marineros, cerrajeros, choripaneros, tareferos, periodistas, ropavejeros, poetas… Una fauna infinita. Y yo digo bienvenido sea, sé que muchas veces las colecciones de relatos son nada más y nada menos que eso: pequeñísimos fragmentos de biografías ficcionales, o en algunos casos, la impresión que puede dejarnos una relación apócrifa -y un diálogo imaginario- entre un narrador y su personaje. Ahora vamos bien.

“Descubiertero” se ha llamado siempre en Misiones al encargado de buscar especies valiosas de árboles en el monte; me gusta entonces ahora sentir que Sergio usa este título en forma metafórica, relacionada con su intención de buscar (y encontrar) personajes débiles, lastimados, para hacerlos fuertes y darles derecho a brillar al menos un ratito, como una luciérnaga, una estrella fugaz, una linterna con poca pila. Podría decirse que el narrador de estos relatos y cuentos quiere profundamente a sus personajes, sus pobres personajes; los quiere con esa apacible fiereza con la que suele querer a los suyos el director de una road movie: algunos se le mueren por el camino, todos sin excepción parecen buscar algo allá en ese lugar improbable del horizonte donde los bordes del camino se juntan a pura fuerza de perspectiva nomás. Muchos de los personajes de Sergio se van sin remedio (hasta las sombrillas se rajan), muy pocos vuelven. Y a casi todos les pasan cosas insignificantes, mínimas, acordes al medio tono, al registro desapasionado de ese narrador que con esta colección de relatos va construyendo, sin ninguna pretensión, una especie de popurrí de vivencias que delinea ciertos contornos de la condición humana, claro que percibidos a través de un vidrio esfumado.

Por otro lado, como suele decir Charlie García moviendo su bigote bicolor, “hay que dar y recibir”. Sergio navega en estos relatos entre lo que pone con su invención y lo que saca con su lenguaje austero, entre lo que se hace suceder en una historia y lo que queda suspendido en algún lado, fuera pero a la vez dejando jirones dentro del relato que se está contando. Literatura no sólo es inventar y cautivar, también es retacear, esconder, “sacar los ripios” diría nuestro San Quiroga, mostrar solo lo necesario para dejar caliente al lector. Y Sergio parece ir todo el tiempo entrenándose como “Descubiertero” de estos pagos en ese difícil equilibrio entre contar y callar, entre lo dicho y lo no dicho. Que no es poco pedir, la literatura misionera está saturada de textos de una retórica abundosa pero vacíos de sentido, y también de relatos de prosa supuestamente seca, cuando se debiera decir pobre de lesa humanidad.

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