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Carnavales de Nonogasta

lunes 22 de febrero de 2021 | 6:00hs.
Por Ramón Claudio Chávez Ex juez federal
Carnavales de Nonogasta

A principios de diciembre empezábamos con La Raela a charlar sobre las vacaciones, buscábamos no ir siempre a los mismos lugares, para conocer otros, otras historias, otras aventuras.

Las opciones eran variadas, siempre dentro del respaldo económico que pudiéramos contar para esos momentos mágicos de distracción. Teníamos vacaciones en el mes de febrero justo en tiempos de carnaval; si ,tiempos de carnaval, de esas fiestas de origen pagano que se realizaban antes de la cuaresma cristina. Las fiestas del descontrol que se hacían en honor a Baco, el Dios romano del vino (...)

Le sugerí conocer un carnaval diferente, distinto a las batucadas brasileñas, con otras costumbres y también diferencia de estilos.

Mi hermano mayor vivía en Chilecito, La Rioja y me contaba como eran las fiestas por esos pagos, al estilo de la celebración de la Chaya Riojana, a La Raela le gustó la idea y me dijo: ¡Conozcamos algo diferente!.

 En el mes de febrero enfilamos para el rumbo previsto, yo me había comprado un Renault 9 TXE que era el adecuado para realizar el largo viaje hacia la zona cordillerana Tuvimos que detenernos en Roque Sáenz Peña por una intensa lluvia y no era aconsejable seguir camino en esas condiciones en horas de la noche. Nos quedamos en un hotel media estrella donde las cucarachas nos acompañaban para ir al baño.

 La Raela con su optimismo y sentido del humor, transformaba esos inconvenientes en momentos alegres:

-¡Antes que te abrace la cucaracha te abrazo yo!

 Arrancamos temprano porque era largo el trecho que había que encarar pasando por Santiago del Estero y Catamarca. Al mediodía arribamos a un Parador en Quimili con un sol que rajaba la tierra, cuando nos bajamos del auto hacía 31 grados. Almorzamos unas empanadas santiagueñas y cargamos el termolar de agua para tomar tereré más adelante, al salir del puesto, el reloj del auto ya marcaba 42 grados, como el carnaval, un infierno. _

-¡Aquí tiras dos huevos crudos en el asfalto y lo comes frito al ratito!-dijo mi novia.

En Suncho Corral nos encontramos con una calle asfaltada donde podía circular un solo auto.

-¡Es como dice Landriscina , el pueblo tiene solo calle de salida!-agrego.

La Raela me contesta -¡Parece que en la calle hay más cerdos que gente!.

A las cinco de la tarde estábamos en la capital de Santiago, no había absolutamente nadie en las calles de ese domingo y nosotros medio desorientados teníamos que tomar la ruta hacia Recreo y Frías. Casi cruzamos la ciudad sin encontrar a nadie que nos orientara, a excepción de un borracho que había negociado la siesta por un buen trago. A lo lejos apreciábamos su nariz colorada. Estaciono cerca de donde estaba disfrutando del Rey romano, y le realizo la consulta de rigor.

-¡Chango ándate hasta las acacias, y allí agarra a la izquierda, seguí derecho vas a salir en la ruta!

 Con cierta duda le hicimos caso y tenía razón, encontramos un cartel que decía Frías 114 kilómetros.

-¡Hasta el número del borracho tiene el cartel!, comento (...)

A la una de la madrugada llegamos a Chilecito, mi hermano nos estaba esperando en el acceso y nos acompañó hasta el hotel.

Le dijimos que estábamos cansados del viaje y lo esperábamos a la mañana siguiente para ir a su casa y luego recorrer la ciudad.

La Raela se sorprendió del paisaje de la ciudad, el colorido de las montañas y de la piel curtida por el sol de muchos pobladores.

Nos fuimos hasta la Cuesta de Miranda, un pequeño arroyo de aguas cristalinas que baja de las montañas, ellos le denominan rio.

A lo lejos, por un pequeño sendero se acerca un hombre ataviado con un poncho pleno de colorido, su andar es cansino y su recorrido incierto; cruza a cincuenta metros saludando con una mano sin emitir palabra alguna.

¿Por qué camina tan despacio?, pregunta La Raela.

Hay un viejo principio de la gente que vive en las montañas

 _¡Debes caminar lento para llegar lejos!

A propuesta de mi hermano y su señora, decidimos ir a presenciar los carnavales en Nonogasta, una ciudad de 7.000 habitantes, en la noche siguiente.

 La ansiedad le desbordaba a mi compañera, yo le advierto, que seguramente la noche de carnaval no solamente será el desfile de las comparsas, carrozas y escuelas de samba, sino la participación de la gente a veces un poco descontrolada (...)

En la noche de carnaval de Nonogasta había 5.000 personas acomodadas en silletas en la vereda o circulando por la calle en grupo, en un ambiente de algarabía total. Mientras esperábamos el inicio del espectáculo previsto para las 22, la gente jugaba al carnaval con betún, harina y agua, o sea lo más aconsejable era andar con ropa de entrecasa. La Raela con su característica gracia y los pantalones de jeans ajustados no pasaba desapercibida.

 Eran las 23 y el espectáculo no daba comienzo, fuimos con mi hermano a buscar cerveza y choripanes para los cinco en un puesto cercano, que a simple vista había eludido todos los controles bromatológicos de la Municipalidad.Se formó una cola de como quince personas y el choripanero apodado “Comadreja” estaba encargado de todo. Grande fue nuestra sorpresa que, entre el humo del carbón, el tipo preparaba los choris, colocaba la lechuga que sacaba de un fuentón de plástico, el tomate, que sacaba de otro, la mayonesa, servía la bebida y cobraba. Se limpiaba la mano con una servilleta oscura, que habrá sido blanca alguna vez. Si le faltaba carbón a la parrilla lo agregaba sin ningún tipo de pudor (...)

Empezó el corso, primero las comparsas infantiles, las máscaras sueltas confundidas con el público que circulaba en ambas direcciones, mientras la cerveza se consumía en grandes proporciones. Fue el turno de los mayores como a las 2 de la matina, le pusieron onda, aunque era notoria cierta falta de preparación previa, sobre todo en la descoordinación en los pasos de baile; eso no fue óbice para que la gente se pusiera betún, tirara harina y agua sobre el cuerpo.

 La Raela se levantó para bailar y le llenaron de harina y agua, luego desfiló la comparsa “Zambos Corporales”, la comparsa de “los bolivianos” como dicen los riojanos por estar compuesta por personas del altiplano que vinieron a trabajar a la provincia.

 -¡Viste Raela, esto es distinto a lo que nosotros vemos allá en los carnavales, se visten con indumentaria de los carnavales de sus orígenes y generalmente llevan el rostro cubierto por máscaras. La música también es diferente al carnaval carioca.

-¡Me encantó dijo la flaca!.

Tipo cinco de la mañana decidimos irnos (...) Volvimos al hotel, nos bañamos para quitarnos los rastros de harina y agua y nos mimamos un rato.

 La flaca es muy dulce, buena compañera de viaje, se acomoda a las circunstancias del lugar y no se detiene en la crítica berreta.

 Le digo eso en el viaje de regreso y me contesta:

-¡El Amor es una Construcción Mutua!

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