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Escritores

domingo 21 de febrero de 2021 | 6:00hs.
Alberto Szretter
Escritores

Cuatro escritores se reunían periódicamente a conversar de literatura. Lo hacían con sus respectivas esposas. Parece algo normal, pero no.

En primer lugar eran escritores, o sea, muy normal no eran. En segundo lugar, se daban a la tarea del diálogo sereno y constructivo, asunto difícil, si lo hay. En tercer lugar, sus esposas eran muñecas inflables.

 

La historia parece complicada, pero no. Lo central era el rito de la reunión, después cada cual llevaba su vida. Hay que consignar como un triunfo de la evolución el que unos ejemplares se juntaran y, aun en el disenso, hablaran de un mismo tema sin agrietarse con libelos y puñaladas, y sin mandarse cartas-documento pretendiendo que la Justicia enmiende la bilis, el odio, la violencia. La Justicia premia o castiga, no corrige nada.

Lo interesante residía en los encuentros, y contar brevemente cómo era cada uno.

 

Juan se dejaba la barba un par de días, pero se afeitaba la cabeza cada mañana, y no se sacaba los botines de gamuza ni en verano, ni para dormir; posiblemente nunca. Pablo era blanquísimo como laucha de panadería, menudo, de anteojos culo de botella. Era el más ilustrado del grupo. Sabía todo lo publicado. Los otros sospechaban que no leía tantos libros, sino las solapas o las reseñas. Jacobo fumaba en pipa. Siempre hay alguien que lo hace, aquí era Jacobo. Miraba lejos y soplaba ahí adentro, quizás pensaba o hacía que lo hacía, dando la impresión de que en cualquier momento iba a decir algo deslumbrante, siguiendo la tradición de los intelectuales que se creen en la obligación de expresar en cada reportaje, o a cada rato, genialidades. Andreucci era gordito de cintura, comunista desde antes de nacer, luchador de causas perdidas de antemano, con una eterna carpeta con versos contestatarios bajo el brazo. Por la época que contamos estaba haciendo una recopilación de insultos piqueteros, rimas obscenas de barrabravas y grafitis de baños públicos.

 

Las mujeres era casi todas iguales. Las diferencias, mínimas, podrían consistir en un detalle de silicona, en un moderno arete de acrílico, en un bretel de goma o en la ropa poliéster. Siempre estaban jóvenes e iguales, y siempre se sentaban juntas, frente a frente. Y separadas de sus maridos, porque estos tenían el prejuicio machista de que sus compañeras no entendían a Joyce, ni sabían de Ionesco, qué era el nominalismo o por qué el verso libre no es tan libre como se cree.

 

Los sitios de reunión se alternaban. En cada casa había un compresor. El dueño de casa activaba el aparato para las parejas de los invitados. Pero primero inyectaba aire a la suya, la sentaba y le decía que ya vendrían sus amigas. Resultaba lindo verlas congregadas alrededor de la mesa ratona. A veces se inclinaban un poco por lo resbaloso del látex, o la redistribución de los gases y la gelatina; entonces el esposo respectivo, que estaba ahí cerca nomás, la ponía derecha, retomando luego el hilo de la crítica que estaba haciendo, algún chiste de salón suspendido, o revelando una anécdota de hotel de un famoso cuando lo descubrieron llevándose las toallas, los jabones, el shampoo y el peine.

 

El dueño de casa era el encargado de hacer el picado de salamín, queso, papa fritas, aceitunas, los otros llevaban un par de botellas de vino fino. Porque se puede ser bohemio y hasta escritor y marxista, pero eso no quita ser un exigente conocedor de varietales.

A las damas les daban empanaditas de atún y salchichitas agridulces que, por supuesto, dejaban, pero bueno, ellos sabían atenderlas. Eran galantes, hacían bromas sobre las siluetas, las últimas dietas, el colesterol malo, esas cosas.

 

A la madrugada, después de charlar sobre escritores vivos y muertos, o sobre si hay que publicar cada año sea lo que sea, cada uno se iba a su domicilio, saliendo juntos, prometiéndose leer las hojas, a veces cuadernos enteros, criticarse con objetividad, como si eso fuera posible, y observar versos sobrantes o palabras o estrofas innecesarias de los otros. Es decir, buscaban otra mirada, corregirse. Llegada la hora desinflaban a sus señoras apretando el obturador de aire y sacando los tapones que estaban a la altura del coxis (¿por qué justo ahí?), las plegaban prolijamente y las embolsaban con delicado afecto. En ese momento salían las bromas y las exclamaciones como qué bien que la habían pasado. Todo parecía normal, pero no. Ya vamos a ver.

 

Hay que reconocer que había equilibrio en el conjunto, y hasta amistad. Era una relación compleja, y no por las esposas, sino porque eran escritores, lo que significaba un poquitín de celos, mezclado con solidaridad y distanciamiento simultáneo y proporcional. Pero esto, más un cacho inevitable de envidia, era tolerado por esperable, incluso deseable como estímulo al entusiasmo maravilloso de escribir. Si escribir es lo máximo, elijamos lo máximo, se decían, para el resto de la existencia podremos elegir cosas intermedias. Suena presuntuoso, pero no.

 

Era natural en este grupo que uno fuera más imaginativo, otro más recatado, otro más laborioso o chistoso, etcétera, temperamentos y personalidades que trataban de reducir a su privacidad y que los ayudó a congregarse durante años sin volverse caníbales. Ellos se mostraban sus producciones y charlaban de buena fe. Partían de la base de poseer talento similar, si es que esto puede medirse. Al tener obras comparables, la rivalidad carecía de sentido. Con todo respeto se mostraban las costuras, pero no seguían señalándose por mucho tiempo, ni después. Sabían que nadie puede escribir con un eterno censor en los hombros, o con alguien que abrume con su parloteo sabihondo, por más que sea sincero. Hay amores que matan. El acoso de la preocupación ajena no puede estar omnipresente en la convivencia, aunque esta sea cada tanto y entre picaditos de butifarra.

Parece que la armonía iba a perdurar, pero no.

 

La concordia comenzó a romperse cuando Andreucci comenzó a firmar sus trabajos como el Tano Lorenzzini sin necesidad, que se sepa, lo que desconcertó a los demás; y llevó de pronto a un muchacho inflable comprado en una casa de pesca. Y lo sentó con ellos, presentándolo como una promesa de vanguardia. Resultó, en realidad, un poeta novel y rebelde, maoísta tardío, un resentido social, que no pronunció palabra, pero que miraba fijo con cierta soberbia y desprecio, que no gustó para nada.

 

Al mes, Pablo concurrió con su esposa y con una señorita de goma rosada y curvas despampanantes que produjo nerviosismo, no porque los pechos parecieran que iban a estallar, sino por los pechos. Dijo que era una alumna brillante de su taller. La sentó en el grupo. Esa noche las esposas se desinflaron varias veces, y casi nadie probó el pan con mostaza, ni las albondiguitas. Sin embargo se tomaron todo el vino.

 

En la siguiente ocasión, Juan utilizó media hora para acondicionar a dos discípulos inflables. Explicó que uno escribía epigramas para una revista de moda, y haikus en serie, y el otro redactaba pensamientos breves para venderlos como epígrafes temáticos falsos de autores célebres, adaptables a cualquier cuento. Es un nuevo mercado literario, los desayunó. Agregó, como dato aparte para que lo agenden, que hay supermercados que venden repuestos de válvulas, mientras trataba, con dificultad, de desconectar la manguera, sin perder nada de gas.

 

Jacobo no quiso ser menos y en esa semana se dio a la tarea de buscar en los bodegones del puerto, algún novelista que con cincuenta libras de presión, sea presentable como revelación del año. Encontró uno en una marina y le inventó una historia de viajes y de parches, de ballenas blancas y obsesiones, de relatos mucilaginosos y pasiones de caucho. Es que hay amores clínicos de elásticos sufrimientos, con besos de gomorresina y pasiones de tragacanto, aseguró esa noche en la reunión.

 

Las tertulias se volvieron multitudinarias. Había en las casas mesas paralelas, brochettes flameados, música de fondo, murmullo de pérdida de aire, aroma de adhesivos, perfumes de aglutinante, inclinaciones peligrosas de gutapercha.

Los cuatro escritores iniciales se pasaban atendiendo a los presentes, mostrando sus archivos a ojos de vidrio, recitando sonetos a rulos de nylon y distrayéndose frente a escotes de plástico, y a jóvenes de todas las edades y sexo, creemos.

 

Más de uno estuvo contento, porque pensó que la literatura debía ser eso: difusión, salir a la gente, mezclarla con música y sánguches de mayonesa o empanadas de carne. Que la cultura es del pueblo y a él debe volver, no importa si en el recoleto ambiente de una biblioteca, o en el bullicio alborotador de una repartija de choripanes. Otro de los originales del primer momento, liberado como todos del viejo decoro, suspiró al ver ese bochinche y dedujo que por fin el cualquierismo literario se había dado, que era hora de dejarse de hinchar las pelotas con viejos valores. Ahí nomás brindó con nadie, porque todos estaban ocupados, semiborrachos o deshinchados, y brindó -decimos- por la supina inutilidad de la novela: ¡Por la muerte de ese género antiguo! vociferó. Mientras tanto Pablo, creemos que era Pablo en la confusión de escapes y chiflidos, continuaba con su antigua tesis: la literatura no es para todos, gritaba, aunque todos se manden la parte de que leen y escriben. Nadie le hacía caso. Él insistía en que jamás sacrificaría su estilo para que lo entiendan. Al mismo tiempo que Jacobo manifestó, con una aceituna en la boca y también la pipa (del otro lado), sin que viniera a cuento, que el plagio moderado está permitido, con tal de que no se note mucho.

 

Andreucci, ahora el Tano Lorenzzini, creyó acordarse volviendo a casa con las bolsas entalcadas de varios asistentes (su pareja iba en bolsa aparte), que salvo claras diferencias, el imperio romano cayó cuando las fiestas empezaron a tener más relevancia que los temas a tratarse. Y que los césares comenzaron con brindis y continuaron con orgías y un sálvese quien pueda entre almohadones, perniles, cuerpos de mancebos y doncellas, y uvas, discursos y libaciones, en el medio de baños termales donde nadie se metía.

Adónde irían a parar las Letras de barricada si ellos ya estaban en la etapa gastronómica. Él mismo se había olvidado de la Tesis 11 sobre Feuerbach, de Marx, aquella de que no se trata de interpretar al mundo sino de cambiarlo. También, canapés y malbec mediante, se le había borrado la plusvalía, la lucha de clases y la revolución cubana.

Y otro, no interesa cuál, mientras inflaba de nuevo a su esposa en su departamento (no a los otros que lo acompañaron en esa velada), y la acostaba con un desabillé insinuante, le comentó en voz alta que esa noche estuvo fantástica y que, pensando en la literatura, conocía un galpón  con maniquíes en desuso que bien podrían reciclarse como invitados en la presentación de libros, como lectores silenciosos, o simplemente como admiradores, con la esperanza (no importa que sea vana) de que compren sus producciones y lo hagan a uno famoso.

Inédito. Szretter es médico de profesión, reside en Puerto Rico. Tiene publicados libros de cuentos y novelas

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