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Amor prohibido en Candelaria

viernes 29 de enero de 2021 | 6:00hs.
Amor prohibido en Candelaria

La historia de las mujeres durante el siglo XIX, en nuestro país, ha sido contada desde una perspectiva machista, no hay dudas; si el relato incluye sentimientos poco “apropiados” para la época, el peso de las consecuencias cae implacable y sin excepción sobre ellas.

Dos siglos después tal vez podamos repensar algunas, por ejemplo, el gran amor vivido por Ana y Santiago. Marie Anne Périchon de Vandeuil de O´Gormann y Jacques Antoine Marie de Liniers y Bremond, es decir Ana Perichon y Santiago de Liniers, en la primera década de ese siglo. A ella, historiadores como Paul Groussac la han perpetuado con el apodo peyorativo de La Perichona, sinónimo de amante de virreyes o prostituta fina, en su momento.

Se le endilgaron numerosos “romances” pecaminosos, incluyendo al inglés Carr Béresford –el de la primera invasión inglesa-. Por aquellos años, Ana estaba casada con Thomas O´Gordman; la historia conocida da cuenta que conoció a Liniers durante el desfile de honor después de la reconquista de la ciudad de Buenos Aires, en el año 1806, ella dejó caer un pañuelo perfumado desde un balcón, Santiago lo levantó con la espada, la saludó pícaramente y nació el amor, envuelto en una pasión que resistió la condena pública de la sociedad porteña.

Él había enviudado por segunda vez meses antes y el marido de ella se fugaría por esos días a Río Grande do Sul y nunca más regresaría ni al Río de la Plata ni a su esposa.

El relato resalta que la pareja vivió una relación notoria por varios años, convivieron en una casona, por entonces, centro de reuniones culturales y sociales de la elite porteña; a medida que Liniers cosechó enemigos políticos, las intrigas, chismes y habladurías crecieron, al igual que la “mala fama” de Ana. En el año 1808, las confabulaciones tomaron tal magnitud que Liniers se convenció de que su amada era una espía de los británicos, o lo convencieron… para el caso es lo mismo, y la desterró a Río de Janeiro.

Ella regresó después de la Revolución de Mayo, él ya estaba caído en desgracia y fue fusilado en agosto de 1810, en inmediaciones de la posta de Cabeza de Tigre, Córdoba. Desde entonces, Ana vivió en Buenos Aires, al cuidado de sus hijos Tomás y Adolfo – éste más adelante será padre de seis hijos, entre ellos Camila, que protagonizó otra historia de amor prohibida al enamorarse y huir con el cura Ladislao Gutiérrez en tiempos de Rosas -.

Los últimos años de su vida los pasó prácticamente recluida por decisión de sus hijos -quienes la consideraban una persona desquiciada- en la estancia familiar; de vez en cuando iba a la ciudad y los comentarios y oídas seguían señalándola, a pesar del tiempo transcurrido. Dicen que sólo el incondicional amor de sus nietos fue el bálsamo de su vejez.

Ana murió a los 72 años, fue sepultada en el cementerio de La Recoleta, más no en la bóveda familiar. Hasta acá la versión más difundida.

Resulta que la familia Perichón en el año 1800 solicitó al Cabildo de Itatí, auxilio para “pasar” e instalarse en Candelaria. Sse los asistió con cincuenta caballos y treinta bueyes; meses después se concedió “un terreno para labranza y manufacturas” en esa zona. A finales de 1801, la familia estaba instalada en estas tierras, Ana incluida, y con un esposo siempre “de viaje”.

Tenía unos 25 años, es posible que ya fuera madre y poseía una belleza muy particular, culta, educada, decidida, era un imán cuya atracción se volvía irresistible.

El 1° de noviembre de 1802 Santiago de Liniers aceptó la designación del virrey y juró como Gobernador de los Treinta Pueblos de Guaraníes –un cargo netamente militar-, pocos días después llegó a Candelaria y tomó posesión formal de su responsabilidad. Enseguida - probablemente - conoció a don Esteban Perichon, el padre de Ana y uno de los vecinos más “importantes” de la zona,  a los hijos de este hombre y a la propia Ana, “cuya elegancia estrepitosa daba realce a su belleza, ardiente y volcánica”, citando palabras textuales de Groussac.

Liniers tenía entonces 50 años, cursaba un segundo matrimonio, con tres niños pequeños y una esposa de salud frágil.

Lo demás no es difícil de imaginar: Misiones y sus veranos tórridos, el río Paraná, la selva, las siestas, alguna reunión a la tardecita… y sucedió, el amor fue más fuerte.

Todo parece indicar que don Perichon, si bien no celebraba la relación, tampoco la condenaba. Un par de años más tarde - en 1805- todos coincidieron en la ciudad de Buenos Aires; Santiago había enviudado nuevamente al navegar por el delta del río Paraná y así como quien no quiere la cosa, la vida siguió como conté al principio.

Sin juzgar actitudes, sin moral ni moralina, esta historia fue real, en un tiempo en el cual estas relaciones no eran excepcionales, pero se mantenían en un “discreto silencio” si el protagonista más importante                 –históricamente hablando – era el varón. Los consagrados héroes de la patria, casi todos, han tenido relaciones extramaritales comprobadas, conocidas y públicas, incluyendo hijos reconocidos legalmente o familiarmente.

Cuando fue la mujer la que rompió ataduras sociales, mandatos familiares y vivió su sentir a pleno, entonces se la llamó casquivana, desquiciada, pecadora o simplemente puta, y la condena social supo trasladarse al resto de las mujeres de la familia como escarmiento “por las dudas”, una manera de control muy eficaz, adornada con mantillas de brocato y rosarios de nácar.

Ojalá Ana y Santiago hayan sido felices y ojalá ninguna Camila cargue con el peso “moralista” de las mujeres que la precedieron.

¡Hasta el próximo viernes!

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