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Aguara-í, el alias de Javier Arguindegui

miércoles 20 de enero de 2021 | 6:00hs.
Aguara-í, el alias de Javier Arguindegui

Lo consideraban marangatú; santo caminante. Próximo a su sexto cumpleaños desapareció en una siesta cualquiera, hecho que motivó la desesperación de sus padres y demás integrantes de la tribu porque se trataba del nieto del Mburuvichá más respetado entre los suyos. La búsqueda iniciada por el cuerpo de cazadores fue conmovedora. Rastrillaron de punta a punta la región hasta los lugares más impenetrables de la selva. Cruzaron ríos y arroyos, altas serranías, pantanales peligrosos, hermosos valles y lagunas brumosas sin que el chico apareciera. Fue cuando el chamán dijo en un acto ritual: “Si no fueron las hijas de Curapiré, el dueño de las aguas, habrá sido el Yasí Yateré, el duende niño de pelo rubio que habita solitario en algún escondite misterioso, cuya fuerza reside en el bastón milagroso que porta consigo, que lo vuelve débil si lo sacan. Se solaza en raptar a los niños que deambulan por la siesta con el objeto de entretenerse en juegos para abandonarlos cuando se aburre, dejándolos las más de las veces con el ánimo alterado, o lo devuelve a uno que otro algo chiflado. Él lo habrá encantado y llevado consigo, quiera Tupá protegerlo”, repetía en su rezo el chamán. 

Tal vez deprimidos por esa causa, al tercer cambio de luna dejaron de buscarlo con la intensidad del principio, pero grande fue la sorpresa cuando los cazadores lo hallaron sentado a orillas del río, al lado de una zorra que amamantaba a sus cachorros. El patriarca, un enorme aguará, permanecía amenazadoramente erguido en sus cuatro patas protegiendo al grupo familiar. Sin ánimo de atacar, ni siquiera de mostrar los dientes, tomó con la boca a una de sus crías y se perdió entre los matorrales, seguido por la hembra y los demás cachorros. Ninguno de los cazadores atinó a lanzar una chuza o una flecha para darles muerte -que fácilmente podrían haberlo hecho-, pues interpretaron que la pareja de aguará protegió y alimentó hasta el momento del encuentro al niño, quien inocentemente permanecía sentado y sonriendo mientras que con un palito hacía dibujitos en la arena de la playa. Pero, ¡oh sorpresa!, había cambiado totalmente sus renegridos cabellos por otros de color caoba, como si en rara magia se hubiera mimetizado con el pelaje de los mamíferos que lo habían cuidado. Fue desde entonces que lo apodaron Aguara-í, pequeño zorro.

Desde entonces creció en silencio y sin hablar con nadie, como si después del rapto hubiera quedado sin habla. Las pocas veces que se comunicaba lo hacía mediante dibujos que realizaba con especial destreza. Los más notables fueron los premonitorios que el chamán supo interpretar a su debido tiempo; trazos que preanunciaban sucesos, sequías, tormentas, buenas y malas cosechas, o los lugares de mejores cazas y buenas pescas. Se había vuelto un verdadero augur y el chamán se convirtió en el intérprete. Su saber enfocaba en el arte de preparar remedios para la cura o prevención de enfermedades. En tal orientación fue todo un experto.

-Posee virtudes sanadoras que sólo los elegidos por Tupá llevan consigo- le dijo el Chamán a los padres de Aguara-í una noche después de la cena.

Había observado que la presencia de Aguara-í ante una persona enferma o desquiciada bastaba para que el paciente se calmara, reanimara o curara. Y, de acuerdo a su conciencia, no podía ocultar esa verdad, por eso rectificó con su declaración reveladora: “No fue el Yasí Yateré quien raptó al niño; fue llamado por Tupá en retiro espiritual para tenerlo consigo y dotarlo de poderes sobrenaturales. Él es un elegido y debe ser tratado como tal. Estoy seguro -concluyó reflexivo- de que la familia que lo cuidó fue la de Tupá convertidos en aguará. Y, cuando muera, es seguro que vendrá por su alma”.

Varias velas brillaban en la habitación y las comadronas, ante la presencia del cura, se retiraron discretamente con las cabezas gachas rezando oraciones inentendibles y agitando haces de yuyos milagrosos para ahuyentar los malos espíritus. El sacerdote posó su mano sobre las frías de Aguara-í que reposaba dormido, y las apretó con suavidad. Luego observó que la piel se le había vuelto tan blanca como sus cabellos y cejas. ¿Será verdaderamente cierto que fue bendecido por Dios para que en forma clara como el alba entrara al paraíso?, pensó, luego se santiguó y comenzó a orar. En esa coyuntura Aguara-í abrió los ojos y con voz débil expresó:

-Padre, rece por nuestra nación en peligro -fueron sus palabras, y expiró. 

   Al instante, toda la habitación fue invadida por un silencio de muerte y la selva se aquietó con el sosiego del milenario misterio, breve y mágico mutismo en que nada se escucha, nada se percibe, nada se conmueve. Inesperadamente, al conjuro del éxtasis las brisas dejaron de soplar y las nubes de agruparse. Sólo un trueno aislado preanunciando chaparrones, fue el último estallido sonoro. ¿Cuánto tiempo duró el arcano silencio?, ¿un instante, o más? No importó, porque la lluvia precipitadamente se hizo presente y alivió la intensa calentura del enero más caliente. Fue la señal para que las curanderas comenzaran a llorar contagiando al resto del gentío y los pájaros al unísono reiniciaran sus trinos, los monos sus chillidos y los insectos a zumbar.

De golpe aparecieron variopintas mariposas que zigzagueantes volaban al encuentro del arco iris recién formado. Entonces una curandera gritó: -Ichupe panambí rhaja po’a Yvymarae’ÿ. Y los cunumí repitieron bailando en perfecto castellano: ¡Las mariposas llevan el alma de Aguara-í a la Tierra sin mal! ¡Las mariposas llevan el alma de…

En tanto apasionamiento de cánticos y bailes, la más vieja de las curanderas advirtió en el borde más alejado de la selva, un enorme zorro de pelaje caoba mirando erguido. ¿Se cumplía el augur del viejo chamán que había dicho que Tupá, convertido en Aguará, vendría en busca de su alma?

Dicen los amigos de Javier Arguindegui que al enterarse de la leyenda adoptó Aguara-í como seudónimo.

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