viernes 26 de febrero de 2021
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Basurita

domingo 17 de enero de 2021 | 6:00hs.
Ana Iris Chaves de Ferreiro
Basurita

¿Oís. Mario? ¿Quién puede venir tan tarde? No te preocupes, Teresa, iré a ver. ¡Eh, señor Montiel!, pase usted ¿Qué lo trae por aquí a estas horas? No irá a decirme que no está conforme con nuestra operación de esta tarde. ¡Le vendí el mejor ganado que tenía!

-Si, desde luego, ni piense que si no hubiera sido así cerraría trato. Pero a otra cosa vengo y para que andar con rodeos: quiero mi dinero.

-¿Cómo dice? ¿No se queda con el ganado?

-Me quedo con el ganado y también quiero la plata. Vaya a traerla.

-No entiendo, Montiel.

-¿Y esto, Acosta? ¿Entiende para qué sirve esto?

-Despacio, por favor, mi esposa tuvo un chico hace diez días, por favor, que no oiga nada.

-¿Qué pasa, Mario?

-Nada, Teresa, no te preocupes.

-¿Dónde está el dinero?

-Espéreme, se lo traeré.

-Voy con usted... Sí, ya veo, está todo. Lo suponía porque no tuvo tiempo de mandarlo a la capital ni de depositarlo. Y esto es un regalo: tome.

-¡Mario! ¿Qué pasa, Mario? ¿Qué fue ese disparo? ¡Mario!  ¡Usted mató a mi esposo, señor Montiel!

-Y no será usted quien me delate, vaya a acompañarlo. ¡Caramba! Y este bebé queda tan solito... Pues que aguante y sufra, no podrá delatarme, si apenas es una basurita...

Al día siguiente encontraron los cuerpos desangrados de Teresa y Mario Acosta. El bebé estaba extrañamente silencioso, con sus ojos claros muy abiertos.

Un hermano de su madre lo recogió y lo llevó consigo criándolo como hijo y hasta le dio su nombre, lo llamó Sebastián Cabrera. Sebastián tenía raras ensoñaciones que su padre adoptivo se empeñaba en ignorar y aunque su cariñosa solicitud lo había llevado a no darle a conocer el trágico destino de sus padres, lo rodeaba como un hato atormentado del que no podía o no quería desprenderse.

Tenía doce años de edad cuando su padre lo llamó y aventando esos pensamientos que parecían venirle de muy lejos, le habló claramente:

Yo no soy tu padre -le dijo, soy el hermano de tu mamá. Tus padres fueron asesinados. Aquella tarde, tu padre vendió una tropa de doscientos vacunos a Bernardo Montiel, recibiendo integro el importe en efectivo. Esa misma noche entraron

-¿Entraron, papa?

-Si entraron. Tu madre fue muerta con disparo de revólver, tu padre, de pistola. Entraron ladrones y luego de darles muerte se fugaron con la plata. El señor Montiel dio la numeración de algunos de los billetes entregados. Nunca aparecieron

- ¿No tenía armas el señor Montiel, papa?

- Si tenía, una pistola. Pero hacía dos años que no la usaba. Las autoridades la inspeccionaron. Nada. Nunca se supo nada de los asesinos. Jamás.

Y Sebastián siguió creciendo, pensando, siempre soñando. Se hizo hombre. Un hombre con título de abogado, con título de agrónomo, con la sólida posición heredada del que por tantos años hizo las veces de un padre y al que siempre respeto como tal.

Sebastián, siempre con sus ojos claros, tan claros y traicioneros como el agua, decidió un día pedir su traslado a la ciudad donde Bernardo Montiel acumulaba dinero y más dinero...

Por entonces, Adriana Montiel tenía 19 años. Era bella y dulce. No tenía hermanos y resultaba evidente que era la razón de vivir del viejo Montiel

Y que Sebastián Cabrera la pretendiera de amores, resultó totalmente lógico para propios y extraños. El padre sonreía orgulloso cuando enumeraba las virtudes de su futuro yerno, recién nombrado abogado de la sucursal del Banco más importante de la localidad.

Sebastián Cabrera aconsejó a su futuro suegro que se dejara de la ganadería y, sin socios que lo trabaran, plantara trigo solicitando un crédito personal al banco.

-¿Qué son treinta millones? -le dijo- Al tercer año lo paga todo. Pero separe tres millones para un coche de primera y otros dos para un viaje a Europa con Adriana. Usted y ella se lo merecen Yo cuidaré todo en su ausencia. No asegure el coche. Mire, lo del seguro es plata tirada. Además, Adriana es tan cuidadosa.

El viaje a Europa llevó más de los dos millones proyectados y Adriana no resultó tan cuidadosa como se creyó. Hubo que agradecer tenerla viva después del choque que protagonizó y en el que el coche resultó inservible.

El trigo tue un fracaso por culpa de lluvias interminables. Al otro año, la sequía fue la culpable.

Sebastián opinó, en su condición de agrónomo, que ésta era la ocasión: el trigo no podía fallar este año. Había que empeñarse a fondo e insistir con el trigo. Las ganancias serían astronómicas: no solamente darían para pagar las deudas, sino que sobrarían para darse cualquier gusto. Pero era necesario otro crédito, total, para eso estaba él en el Banco, para ayudarlo.

Y nuevamente fue inútil tratar de cosechar nada porque otra vez la sequía puso un moroso empeño en convertir en hojas calcinadas la esperanza del oro de las espigas.

Las deudas para entonces sobrepasaban largamente el valor de las tierras, de los implementos agrícolas, de la casa, de todo el pequeño imperio económico levantado por Bernardo Montiel a lo largo de ocho lustros. Aunque todavía el desastre no lo abatía porque su única hija vivía tan enamorada del abogado del Banco y éste no permitiría que su futuro suegro fuera llevado a la quiebra.

Una mañana recibió una notificación del Banco donde se le urgía a cancelar sus deudas. No le dio importancia. Pero cuando le llegó un emplazamiento, buscó a Sebastián.

El Banco pretende, -le dijo- algo totalmente legal: que le pague. Me es imposible, conocemos las causas. Yo pienso que si ustedes se casan, el Banco tendrá más consideración con el suegro de su abogado.

- Lo lamento profundamente, don Bernardo. Lo pensé mejor y no me casaré con su hija. Además, el Banco procederá contra usted.

-¡Pero usted me había prometido! ¡Usted no puede hacerme esto! Usted sabe que mi hija lo ama, usted no puede olvidarlo.

-¿Y qué? ¿Acaso Teresa y Mario Acosta no se amaban? También ellos se amaban. ¿Y acaso lo recordó usted? Claro que eso de utilizar dos armas distintas fue una idea genial.

-¿Que dice usted? ¡Sebastián! ¡Usted no puede ser tan canalla!

 -¿Canalla yo? Pero si apenas soy una basurita...

Chaves de Ferreiro nació en Asunción. Publicó las novelas Crónica de una familia y Andresa Escobar. El presente relato fue publicado en la Colección “Cuentos de autores de la Región Guaraní” de El Territorio.

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