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Superficies

domingo 10 de enero de 2021 | 6:00hs.
Carlos Miguel Zarza Machuca
Superficies

Existe una catedral sumergida bajo las sucias aguas de la laguna.

Doménico sabe quién la conoce. El viejo Gaspar le dio el dato.

Gaspar, el que vive en la casa que tiene el techo de tejuelas grises, casi sepultado por enredaderas.

Dice que allá abajo hay cuatro enormes plazas habitadas por despaciosos ancianos. Viejos que jamás se cansan de recorrer las regulares sendas de piedras hexagonales. Los viejos siempre deambulan de a dos y no es raro cruzarse con la misma pareja repetidas veces a lo largo del día. Hay quien dice que ni siquiera se detienen para dormir y que sólo abandonan la plaza de vez en cuando para ir a comer al refectorio de la catedral. Gaspar no cree que se detengan tan pocas veces.

El cielo parece estar siempre nuboso, y por eso, el mar, que está a poco más de cien metros de la catedral, nunca tiene coloraciones azulinas ni verdosas. Es que no puede reflejar un cielo de otro color que no sea un grisáceo cenagoso.

El único cielo que puede reflejar es la opaca monotonía de la superficie de la laguna.

Doménico asegura que Gaspar le contó que algunos de los ancianos de la plaza sur vigilan con disimulado celo una fuente cuadrada de aguas estancadas ubicada en su centro. Los ancianos saben que desde tiempos remotos sus aguas eran ya turbias; y sospechan, por algunas sutiles evidencias y sobre todo por la aguda prudencia de sus reflexiones, que es mejor que así sea.

Tienen la casi certeza de que si se limpiara el agua de la fuente cuadrada, a sus ignorados habitantes, ocultos bajo la superficie, les llegaría el fin. Saben que les sería dado, a un tiempo, la claridad y el exterminio.

Esos viejos conocen los desmanes que pueden agazaparse en la curiosidad.

Eso fue lo que le dijo Gaspar a Doménico. Y se lo dijo porque sabe que aunque Doménico hable, nadie lo toma en  serio.

Mientras allá los pocos ancianos perspicaces observan cautamente la superficie de la fuente cuadrada, Gaspar mantiene una discreta vigilancia sobre la superficie de la laguna. Sentado bajo el alero, cuida de que nadie perturbe a la sumergida ciudad de las plazas enormes. Él sabe.

Y, muy esporádicamente, mira con cierta desconfianza hacia la celeste planicie del firmamento.

El cuento es parte del libro Superficies. El autor es profesor de Lengua y Literatura

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