domingo 17 de enero de 2021
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La extraña

domingo 10 de enero de 2021 | 6:00hs.
Rodolfo Roque Fessler
La extraña

¿Cuál es la mejor estación para conocer a una mujer? La rubia del otoño en nada se parece a la morocha del verano. La primavera será pelirroja y el invierno previsible plateado o gris. El color del cabello es determinante; forma la esencia metafísica de la existencia diaria, el destino del ser, la causa primordial del comportamiento y la fuente original de la autoestima. El blanco predilecto de todas las variaciones emocionales;  un corte de pelo o un tono son suficientes para renovar y cambiar, de convertirse en otra. Nada dice tanto de una mujer como lo que hace con su pelo. Es su biografía cotidiana. Blond is a state of mind.

    Pensaba en estas futilidades cuando ingresé al café de la esquina al final de un viernes fatigoso y fui derecho, cansado y débil, a sentarme a una mesa vacía. Pedí un café cortado con cognac y una cucharadita de crema. Afuera llovía y estaba frío. Por los enormes ventanales empañados se deslizaban las luces rojas y amarillas que intentaban seguir la caída del agua por el vidrio chorreante hasta que el semáforo las obligaba a proseguir su derrotero horizontal.

    Entorné los ojos para percibir mejor los sonidos del ambiente y luego,  echando un vistazo a los parroquianos, fijé mi atención en una mujer sentada en el extremo opuesto, en el cobijo más apartado del bar. Su pelo ligeramente enrulado y azabache resaltaba el contraste con su cutis increíblemente blanco. Sus labios muy rojos. Tomaba una taza con ambas manos y bebía algún brebaje, seguramente muy caliente, en pequeños sorbos. Llevaba puesto un sombrero achatado verde-gris del mismo tono del abrigo que se doblaba en una silla de su mesa. Al advertir mi fija curiosidad, se detuvo a mirarme también. Me comporté entonces de modo inusual; un impulso misterioso obligó a levantarme de mi mesa y que hiciera algo poco recomendable: fui derechamente a sentarme al lado de la mujer. Sin decir una sola palabra ni ensayar gesto alguno, resueltamente corrí la silla y me senté.

    Ella miró sin sorprenderse ni inmutarse sosteniendo la taza con ambas manos a la altura de su boca mientras daba pequeños sorbos sin bajarla, mirándome fijamente, con el mismo desgano con que observaría a cualquier aburrido que hubiese estado en su compañía; sin interés.

    No atiné a decir nada, pero, yo estaba más atónito que ella, que sí habló:

-Estoy apurada.

-No pienso robarle tiempo, pero usted me llamó y aquí estoy.

-Eso no es verdad, pero hizo bien en venir.

-Antes que nada, quisiera preguntarle cómo hizo para atraerme hasta acá.

-Lo que hacemos habitualmente las mujeres cuando no empleamos algún hechizo, simplemente esperar. Siempre alguno cae. Los hombres no toleran ver a una mujer sola.

-O más bien somos los hombres quienes no resistimos estar sin compañía.

-Eso depende; hay compañía sólo cuando existe compatibilidad o una mínima suma de afinidades, no cuando meramente se comparte un espacio común. Peor que la soledad absoluta es la proximidad vacía, el hueco que existe entre dos personas que aunque se toquen apenas se toleran pues suma a la incomodidad de estar muy cerca todos los incordios del hartazgo. Pero, los hombres no hilan tan fino…

-Me asombra usted…

-No me sorprende. ¿Y qué espera para comenzar con las preguntas?

-¿Sólo así dirá algo?

-Tomo a esa por la primera, pues el género masculino es incapaz de dialogar sin inquirir, los hombres no pueden decir algo sin estribar en la respuesta a alguna pregunta tonta. Lo que hubiera esperado es que sin rodeos me dijera lo que tiene que decir, ahorrándose también el saludo.

-Sin embargo, en plena postmodernidad, creo que el cuidado de las formas, en cuestiones que no son insignificantes como saludar o pedir permiso, es lo único en que reposa la civilización y por otra parte… no tengo nada para decir.

-En ese punto se equivoca doblemente; la civilización no es una cuestión de formas sino de principios, más que un fundamento cultural tiene un basamento ético, de manera que, sencillamente, puede decir lo que piensa; bien o mal todos lo hacemos. Esperaba que en vez de preguntar por cualquier tópico, sencillamente me dijera por qué prefiere a Rachmaninoff por encima de Schostakovich y la delirante impresión que le ha causado la lectura de “De lo espiritual en el arte” de Wassily Kandinsky.

-Veo que, además de hablar como si estuviera leyendo, sabe mucho de mí. ¿Quién le ha dicho esas cosas?

-Nadie, es simple deducción. He observado que calza zapatos “Ameneiro” hechos por encargo y a medida, su traje no es de las grandes marcas comerciales, sino que está confeccionado por un sastre excelente y la tela es de… alpaca inglesa; luce una corbata de seda italiana que si no es de Charvet será de Benson & Clegg; el cognac que eligió era un Henessy VSOP, de modo que no podré perdonarle el agregado de café “con una cucharadita de crema” y, esto es definitivo; cuando escribió una notas en una pequeña libreta, extrajo del bolsillo izquierdo de su saco una Pelikan Toledo M900. Por cierto hace mucho tiempo que no veía una. Con esos atavíos nadie esperaría que un vals de Strauss le quite el sueño. O que presuma de culto por reconocer el primer movimiento de la Quinta de Beethoven.

-No veo cómo puede unir todo eso con mis debilidades musicales o artísticas, pero admito que el segundo movimiento del Concierto para piano de Rachmaninoff es uno de mis credos religiosos. En la liturgia de Helen Grimaud, claro. Que también habrá leído en mis publicaciones…       

-Eso lo hace un poco predecible. Lo esperable sería que prefiera algo menos consentido por cualquiera. Pero, de una persona que cuida de tal modo su aspecto exterior, es también laudable que lleve algo adentro y no del corazón o del alma, sino del cerebro. Nadie que luzca, como usted, en la muñeca un Patek Philippe puede resistirse a sus equivalentes estéticos.

-¿Por ejemplo?

-Por ejemplo el Concierto para Violín Nro. 1 de Béla Bartók, si es posible en la versión del violinista Kirill Troussov, con la Württembergische Philharmonie, a quien ciertamente preferiría escuchar en versiones grabadas y no ver en conciertos públicos; Kirill es demasiado hermoso. Como supondrá, la belleza unida a un gran talento es el sumo atractivo de la masculinidad. Nada de dulzores decimonónicos ni soporíferos barrocos: todo el tiempo necesito algo de música dodecafónica; el Concierto para Violín que Alban Berg dedicara “A la memoria de un ángel” Marion Gropius, que como usted sabrá es la hija de Walter Gropius y Alma Mahler, viuda del gran compositor.

-Mire, le confieso que muchas veces he pensado que esas predilecciones por los artistas más osados, difíciles o raros, no son más que otra forma de extravagancia. ¿Cree de verdad que, tomando por ejemplo, el “Cuarteto para el final de los tiempos” de Olivier Messiaen tiene algún mérito musical que sobrepase al hecho de haber sido compuesta en un campo de concentración nazi?

-Absolutamente, cualquiera de los movimientos que siguen al primero y en especial el “Louange à l’immortalité de Jésus” es musicalmente sublime. No todo lo predilecto de la gauche divine es necesariamente desechable, al menos en lo cultural.

-Ya tengo bastante con “Verklärte Nacht” de Schoenberg… ¿Es usted capaz de definirse o describirse con una composición musical que sea una ecografía de sus emociones, o si prefiere, una resonancia magnética de sus sueños?

-Uf, debí suponer que un periodista no puede vivir sin preguntar, esto ya se está pareciendo a un reportaje pero, lo tengo muy claro; mi biografía fue escrita por Leoš Janáček y se titula “Pohádka”, dice todo de mí, aun lo que no me atrevería a confesar a personas de mi mayor confianza. Allí están mi niñez, mi adolescencia, mis amores reales e imaginarios, mis chubascos amorosos, mis más felices secretos, las lágrimas de mis risas, las dudas perdurables que han carcomido mis insomnios, mis oscilantes certezas matinales y todas, absolutamente todas, mis cumbres borrascosas.

-En ningún momento dijo felicidad y eso es propio de cualquier “Pohádka” o cuento de hadas…

-Porque en eso coincido con Charles de Gaulle quien ha dicho: “La felicidad es para los tontos”. Como podrá ver, más que la felicidad, me ocupan asuntos más importantes. Pero ¿qué me dice de usted?

-Creí que lo sabía todo, ha leído mi aspecto exterior y se ha enterado de mis inclinaciones metafísicas por mis publicaciones. Ah, por cierto, el reloj es una herencia. Pero, tomando su forzada aunque encantadora metáfora, mi “biografía” fue escrita en el siglo anterior, si bien está un poco dispersa; algunos aspectos sombríos de mi vida están claramente delineados en el primer movimiento de la 6ta sinfonía de Tchaikosvky, la conmovedora “Patetichesky”, en la versión de 1960 por la Filarmónica de Leningrado, dirigida por Yevgeny Mravinsky. Creo que los rusos deben ser interpretados por los rusos. Otros episodios de mis días se ven claramente en “Confutatis maledictis” del Requiem de Wolfy…

-Jaja yo también lo llamo Wolfy-interrumpió

 -…Mis tristezas, turbaciones emocionales y dulces melancolías pueden leerse en el Kol Nidrei de Max Bruch. Pero, mis sueños más desbocados, las fantasías no realizadas, los pedestales que no he podido pisar, las alas que me han sido vedadas, los imposibles absolutos de todas mis limitaciones, mis delirios más elevados, los confines de todas mis tribulaciones, la felicidad fuera de mis alcances, el punto en que mi naturaleza humana se diluye, se concentran en la Sonata No. 17 de Beethoven “La tempestad” ejecutada por Tzvi Erez. Nada creo que pueda llegar más lejos ni ser más preciso en la narración de mis días en este mundo. Pero, como no nací en Viena, sino en Garupá, Misiones, mi Trish Trash Polka es “Mi ponchillo colorado”.

-Bien, nadie es perfecto, todos, a escondidas, hemos hojeado a Paulo Coelho y disfrutado de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi en la secundaria. Pecados de juventud. Pero creo que sólo hay perfección en el arte. Todo lo demás en la cultura es falible y simulado, pasajero y trivial. En la historia ha sobresalido y se ha impuesto aquello que es inseguro y borroso con presunciones de hacerse inmortal. Toda falacia e invento maniqueo sobre el bien y mal se ha perpetuado como si fuese eterno al convertirse en verdad revelada, salvo el arte; la única forma de redención que no reclama obediencias ni servilismos, ni ofrece premios o castigos por nuestras conductas.

   Tras darse un respiro dando un pequeño sorbo a su té, prosiguió:

-El arte es también una religión en la que cada uno elige sus santos y sus demonios y tiene la libertad de escribir su propio catecismo. De todos modos, celebro la curiosa coincidencia de que nuestras biografías  se hayan escrito con música y no con palabras. En mi caso porque considero como Astor Piazzolla que “La música es más que una mujer, porque de la mujer te podes divorciar; de la música no”.

    Tomó un pequeño sorbo de su té y en su alargado silencio sospeché la reprobación a una frase de connotaciones machistas. Cambió de tema.

-Amo la pintura ¿sabe? en especial la que ha superado la tentación de copiar la realidad, de imitarla sumisamente. Por esa razón amo a Paul Klee, quien estuvo “Algo más cerca del corazón de la creación de lo habitual. Pero no lo suficientemente cerca” como dice su epitafio. Me lo he aprendido de memoria: ¿Qué artista no querría habitar allí donde el órgano central del tiempo y del espacio -no importa si se llama cerebro o corazón- determina todas las funciones? ¿En el seno de la naturaleza, en el fondo primitivo de la creación, donde se halla la clave secreta de todo? No poseo el talento de Paul Klee, pero comparto su credo vital. Lo infantil que hay en él, esas formas apabulladoramente simples que descubren las profundidades más inaccesibles de la belleza. Nada en sus cuadros es evidente o palmario; se corresponde con mi inclinación a rechazar todo cuanto sea notorio, fácil, axiomático. Nada dice tanto del mundo como un dibujo infantil. Por eso adoro también a Miró.

-El arte es sin dudas una fe con muchos dogmas, pero veo que ha venido con un libro –interrumpí- si dijo estar apurada ¿en qué momento lo leerá?

-Es que no me apura el tiempo, si no la pasión intelectiva. No me corren las horas, sino las ideas. No ruedo detrás de los apuros temporales sino de las inquietantes líneas de los “Elementos” de Euclides. Fíjese esta maravilla, una edición limitada, encuadernada a mano, bilingüe, forrada en cuero, editada en 1967 por  “The Folio Society”. Muy compatible con “Punto y línea sobre el plano” de mi adorado Wassily Kandinsky, que sólo un experto podría diferenciarlo de un libro de geometría y únicamente alguien sin corazón no encontraría en él las formas artísticas más conmovedoras. ¿Y usted qué lee?

-Creo ser más modesto, últimamente por las noches me zambullo en las “Memorias de ultratumba” de Chateaubriand aguijoneado por Emil Ciorán que lo cita mucho en sus textos y los bellísimos cuentos de Carlos Zarza Machuca, a quien se leerá con fruición por varias décadas. La claridad lustral de sus textos concede a mis sueños una sonrisa apacible. Pero, en este punto, la literatura es un credo existencial ¿podremos coincidir en algo?

-Arriésguese.

-David Foster Wallace…

-¡Bravo! Algo había en usted que me atraía; ahora me entero. Aunque, en paralelo con sus prevenciones, siempre consideré como una forma de jactancia la predilección por los autores inclasificables.

-Es que aún profeso la doble exigencia juvenil de leer a quien, además de decir algo lo digan bien. Me ciño a Oscar Wilde, es decir, que algo esté bien escrito me basta; es lo más difícil de encontrar.

-Sí, lo recuerdo muy bien: “Los libros no son morales o inmorales, sólo están bien o mal escritos” Pero, se está haciendo tarde…

-Ah es verdad, dijo que estaba apurada.

-Y también que mis apuros no son horarios, sería muy trivial eso. Pero, ya ha oscurecido completamente y comienzo a pensar en las chispeantes y más inspiradoras viudas de la historia.

-Ah, pero aquí no creo que encontremos a la célebre etiqueta anaranjada.

-No prejuzguemos dijo- con un leve ademán de sus manos hizo venir al mozo a quien susurró algo inaudible para mí.

   Minutos después, relucía sobre nuestra mesa una brillante champañera helada con la botella inclinada de un Laurent-Perrier Brut Rosé.

-El tiempo ha sido hecho para esto- dije mientras servía las copas.

-¡A votre santé!

- ¡Prost!

-Las burbujas son inspiradoras, pero no del modo pergeñado por Proust, me son muy útiles cuando escribo mi tesis.

-No recuerdo lo de Proust…

-Es una vulgaridad: “El pudor femenino es una sustancia sólida que se disuelve con las burbujas del champagne”.

-¿No cree usted en las cualidades desinhibidoras del alcohol?

-De ninguna manera en mi caso, sólo me erotizan los bien dotados intelectualmente. Ni alcohol, ni dinero…Conozco a tantos bobos con fortuna que sin ropas son dignos de lástima, incapaces de decir una sola frase conmovedora y jamás algo ingenioso que pueda provocar algún temblor emocional, alguna dulce turbación física de origen neuronal.

Por otra parte, ninguna persona inteligente es pobre.

-Ya veo, el cerebro es el órgano…. más importante. Pero, ¿una tesis me decía?

-Así es, sobre la obra de dos compositores contemporáneos: Isaco Abitbol y ¡Oh, casualidad! de su mentado Mario Millán Medina.

-¡Maravilla! Me gustaría mucho leerla.

-Le advierto que no serán publicadas, no serán presentadas en ningún certamen académico ni algún doctorado. Sólo escribo para mí, pero no por vanidad, sino por placer. Probablemente le haga llegar una copia.

-Escribir por placer y sin publicar…Discúlpeme, pero ¿no es una suerte de erotismo solitario eso?

-Un hombre jamás lo entendería, como tantas otras cosas, pero el sentido del placer femenino es muy extenso y de una intensidad incomunicable.

-He oído hablar mucho de eso, pero le confieso que entiendo que las melodías de Don Isaco puedan ser materia de comentarios y variopintas opiniones, pero con Millán Medina, que es uno de los santos de mis mayores devociones, no me figuro qué podría decirse más allá de las alegres emociones que concita su música.

-Pues, da para mucho más que una mera tesina, con sus composiciones, especialmente sus letras, puede escribirse todo un tratado de antropología sobre una clase social y una Weltanschauugn de un mundo que ya se ha extinguida, una forma de vida, aunque simple, muy rica y pintoresca que artilugios como la computadora o el smartphone han enterrado definitivamente. Y varias formas de inocencia y de coraje retratadas con un humor delicado y sutil. La “narración” de don Mario pinta como si fuera Rubens el dolor y las tristezas, las esperanzas y las amarguras, las infrecuentes alegrías de personajes de un lugar y una época en el cosmos que ya no existen. Pero el corazón de mi tesis es que esa clase social, o de personas más propiamente, no se ha transformado: ha desaparecido. Afortunadamente hubo alguien que dejó constancia escrita con notas musicales y grabados con canciones imborrables. Hay mucho para decir sobre eso. Pero debo admitirlo, ya no es una ocupación para sociólogos, sino digna de una antropología que también abarque fósiles sociales.

-Música que ya casi nadie escucha…

-No crea, algunas flechas no caen cuando pierden impulso sino que les crecen alas -como en los cuadros de mi amado Paul Klee- para seguir más lejos o para continuar volando sin llegar nunca a ninguna parte. Viajan sostenidas por el aliento de los incondicionales sensibles, de los agudos de percepción, de los delicados que aunque escasos, perduran en todas las épocas para mantener vivas las llamas de todo lo bello y sublime.

-Eso me recuerda a un amigo brasileño que dice: lo importante no es pescar, sino estar pescando.

-Su amigo debe ser un artista de la vida. Los puertos únicamente sirven de inspiración o de rumbo, pero todos los destinos están quietos y son fijos. La verdadera gozada, como dicen mis amigos españoles, es el viaje. El camino es siempre más largo, variable, excitante y duradero que el arribo. Me cansé de contar la cantidad de veces que Borges cita a Carlyle: “Toda obra humana es deleznable, pero su ejecución no lo es”.

La botella del espumante se había vaciado y ya quedaban muy pocos parroquianos en el bar. También había dejado de llover y algunas luces se fueron apagando. Para distenderme un poco me eché hacia atrás en la silla haciendo un movimiento mal calculado que casi termina por volcarme. Un avisado mozo que estaba cerca me sostuvo.

Tomándome del brazo me dijo:

-Señor, ya vamos a cerrar ¿puedo retirar su café? ¿O lo va a tomar frío?

Inédito. El relato es parte del próximo libro Cuentos de la Bajada vieja. El autor tiene publicado el libro “Los blancos dientes de la aurora y otros cuentos”

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