jueves 24 de junio de 2021
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Una salvadoreña en Misiones

María Antonia, de Nueva Concepción de Chalatenango a San Ignacio, con escalas

Fue contable, jefa de informática, camionera, pero sobre todo emprendedora; sintió las balas de cerca, conoció el peligro y la violencia cara a cara antes de encontrar la paz junto a su familia en esta provincia. Prepara a pedido platos típicos y piensa en cómo generar trabajo para otros, desde el desarrollo de un restaurante y el arte

lunes 04 de enero de 2021 | 1:36hs.
María Antonia, de Nueva Concepción de Chalatenango a San Ignacio, con escalas
María Antonia abre las puertas de su mundo, un local donde prepara comida para delivery y sueña con poner a andar su restaurante. Foto: Marcelo Rodríguez
María Antonia abre las puertas de su mundo, un local donde prepara comida para delivery y sueña con poner a andar su restaurante. Foto: Marcelo Rodríguez

En la madrugada del 30 de junio de 2008 llega María Antonia a San Ignacio. Después de haber recorrido rutas al mando de un camión en su natal El Salvador, vivido en Jamaica e intentado cruzar la frontera mexicana-estadounidense sin éxito dos veces, a costa de su fortuna, contratando a un “coyote”, como se conoce a los guías ilegales que trasladan personas.

Después el destino y el amor la trajeron a tierras argentinas, donde vivió en San Juan, Formosa, Jujuy, para asentarse finalmente en Misiones. A su arribo experimentó una alegría muy grande, una sublime emoción, al vivir el clima, la armonía, ver el terreno y la vegetación, ella estalló en un profundo suspiro: “Yo de aquí no me muevo”. Y desde ese día se sintió parte de este lugar del mundo, al punto de que trajo consigo también a sus padres a vivir aquí.

Lucha de gigantes

María Antonia Arita Vásquez (50) es una aventurera posmoderna, sobrevivió al fuego cruzado de ametralladoras cuando se enfrentaban guerrilla y ejército salvadoreño desde un cerro al otro sin importarles los habitantes del lugar, y al bombardeo de piezas de 250 kilos que destruyeron la selva en su Chalatenango natal. En medio de la dificultad y el peligro estudió administración de empresas con orientación en informática cuando en su país las computadoras se contaban con los dedos de las manos casi, y pudo conseguir un trabajo manejando una. Eso le permitió concretar el sueño que desde niña anidaba en su corazón, comprarse un camión y ser su chofer. “Para mis padres era una fantasía infantil, pero para mí era una ilusión que siempre estuvo presente”. Esa concreción le deparó satisfacciones, horas de reprimenda por parte del instructor de manejo, un militar que entre retos le decía que cuando aprendiera se lo iba agradecer a pesar de que en ese momento pudiera no gustarle su modalidad de enseñanza.

En la ciudad de la furia

También tuvo que vencer prejuicios machistas, temores, aprietes de parte de otros choferes. “Usted es mujer, deje. Este es un trabajo de hombres”. Cuando ya tenía cierta práctica y solvencia en la conducción del camión le encargaron llevar las cargas por la ciudad y allí conoció el rencor de los colectiveros, que le tiraban sus vehículos sobre el suyo para amedrentarla. Cuenta que, lejos de amilanarse, evitó que realicen lo que ellos habían intentado, romper su espejo retrovisor acercándose temerariamente. En cambio, fue ella la que logró hacerlo. Fue así que los varones comenzaron a respetarla en rutas y calles. “Al principio no me animaba a manejar mi camión. Tenía empleados”.

Sin embargo, una preadolescente de 14 años fue una inspiración y aliciente para ella. La jovencita no sólo manejaba camiones sino que operaba a la perfección maquinaria vial. “Ella me decía: ‘Debe manejarlo porque es suyo, y también porque nadie va a cuidarlo como usted. Agárrelo vacío primero, sin carga’”.

En aquella época sólo había cinco choferes mujeres en El Salvador, dos colectiveras, una conductora de un volcador, la adolescente y María que transportaba materiales de construcción.

El amor después del amor

María, como conductora de un Mercedes Benz de 8 toneladas, había intentado varias veces ingresar a trabajar a una empresa constructora. El mismo día que logró su cometido también comenzó a trabajar un argentino, Jaime Marimón. Así fue que se conocieron, intercambiaron palabras, cada uno con su acento particular, y se produjo química, aunque la cosa no prosperó inmediatamente sino que tuvo su tiempo de espera y conocimiento mutuo hasta que al fin formalizaron una relación que ya lleva varios años, algunos países recorridos y dos hijos en común, uno de los cuales, Jaime Josué, fue concebido en Jamaica, donde estaban por motivos laborales.

La siguiente escala de la familia fue San Juan, en Argentina, de donde es Marimón, en 2005. Misiones parece ser el final del periplo, “me hizo recordar mi país, con todo el verde, el río y los cerros. El clima es muy lindo. San Ignacio es perfecto. Argentina es un paraíso, más allá de todo”.

Como si de una tierra prometida se tratara, la familia Marimón-Arita Vásquez echó raíces ahí nomás, cerquita de las ruinas que dejaron los jesuitas. Y como si faltara alguna confirmación, está Reina Catalina, la benjamina. “Ella es misionera”, dice con orgullo imposible de ocultar. “Ella nació acá. Es bien misionera”, reafirma.

“Aquí comenzamos a trabajar desde cero. Como a mí me encanta conducir, hice de remisera y mi esposo también”. En el afán de ofrecer algo novedoso alquilaron un lugar sin imaginar que se avecinaba una pandemia mundial. “No nos vamos a dar por vencidos”, fue la decisión tomada por la familia y cuando se habilitó la posibilidad del servicio de delivery “dijimos: ‘Probemos’”.

La idea era poder ofrecer una cocina auténticamente salvadoreña, pero la falta de ciertos insumos y herramientas, además de la pandemia, posponen el anhelo. A la clásica pizza, la inefable hamburguesa y las irreemplazables empanadas se les sumaron los pedidos de tacos mexicanos, pero del “mero”, como dicen por aquellos lares para expresar que es el puro, el verdadero que aprendió en su paso por el país del norte.

De vez en cuando salen las pupusas, pero no a base de maíz blanco, que acá no se consigue, pasado por el viejo molino familiar que muele finamente. Tamales envueltos en hojas de banana que le dan el sabor característico, preparados por la madre de María Antonia. El sabor salvadoreño prosigue con enchiladas y quesadillas.

Con sueños, proyectos, una hija misionera, esta familia se va afirmando en el lugar que eligió como suyo.

María dejó atrás un país que hoy por hoy es uno de los más violentos por la acción de las maras y se llevó la vida de su primogénito José Mariano Vásquez. Después de enterrarlo abandonó El Salvador trayendo a sus padres con ella.

Aún recuerda las vivencias y le pica el bichito de subir a la cabina de un camión, sobre todo cuando transita por las cómodas rutas provinciales mientras piensa en cómo generar trabajo para otros a partir del arte.

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