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La palabra

miércoles 30 de diciembre de 2020 | 6:00hs.
La palabra

E
l baile de precarnaval en plena calle cerrada de esquina a esquina era parte del ritual que se hacía para elegir entre las muchachas a la reina que representaría al barrio Camba Cuá -el de los últimos mulatos-, en el desfile oficial de las comparsas de ‘El mejor corso carnavalesco de Argentina’.  A medida que pasaban las horas se sumaban los integrantes de otras distintas escuelas de samba después de terminar sus respectivos ensayos en algún lugar secreto, mezclándose todos juntos con sus instrumentos y cuerpos de bailes al ritmo infernal de la batucada. 

Era el año en que cursaba las materias del último curso y, con el ánimo de distenderse, fue a presenciar sarao tan singular y popular. Hasta allí se dirigió el Gordo con una carta en la mano de su hermana menor y lo alcanzó al amigo en el medio del bullicio. El escueto recado decía:

 

Querido Hermano:

He decidido tomar el rumbo que mi espíritu me ha indicado. No es una circunstancia repentina; fue un secreto que siempre mantuve guardado en lo profundo de mi corazón, sólo que he recibido la señal que esperaba para consagrarme como sierva de Jesús. Cuando esta carta recibas, ya estaré viviendo en el convento de las Carmelitas que me han aceptado. Y, como haré votos de silencio y soledad, nadie podrá verme ni tener noticias mías hasta que yo lo decida.

Te besa y bendice tu hermana que siempre te querrá.

 

—Es su voluntad— resumió el amigo —Vamos, salgamos de aquí.

Ambos, oriundos de Apóstoles, se retiraron en silencio y emprendieron camino hacia la costanera y a sentarse en un banco de Punta Ñaró, el pequeño apéndice donde puede verse al río Paraná formar remansos y besar la orilla, como reza la canción, para luego seguir su rumbo.

De pronto el Gordo, como un mea culpa, dijo:

—Si yo hubiera estado... ¡Si yo hubiera estado, nada! —lo paró en seco, el amigo—. Debes recordar que cada uno es artífice y responsable de su destino. Procurar estar en el lugar justo y realizar lo que la conciencia dicte. De ese modo intentará forjar su propio porvenir. Y ten presente que su dicha no depende de lo que se te ocurra a ti como apropiado; tu deber es aceptar la realidad tal cual se presenta y apoyarla. Tú también elegirás tu destino.

Años después, en víspera de Navidad, en un pueblo del sur de Brasil, el hombre sentado frente a la máquina Olivetti con el chambergo de ala ancha puesto en la cabeza, comenzó a releer con la intención de corregir lo último que había escrito sobre sus memorias que había comenzado a estructurar meses atrás. La parte final decía así:

Siempre existe, según mentalistas, un punto de arranque que estimula al individuo a escribir sus memorias cuando cree que su accionar contribuyó de alguna manera a que los sucesos ocurridos en el pasado lo tuvieron de protagonista. ¿Será el ego que impulsa a la catarsis? O por el contrario ¿es el cargo de conciencia que estimula al acto confesional? Tal vez sea un poco de ambas, de igual forma, y en todo caso, no me corresponde conceptualizarlo. Será tema de analista, si es que alguna vez resuelvo analizarme. 

Prosigo: “En los 70, ¿qué argentino hastiado de tanta prepotencia militar no sentía cierta simpatía por esos grupos de jóvenes que luchaban, armas en mano, por recuperar la libertad y la dignidad? Pero ese mimetismo solidario no fue un cheque en blanco para que después siguieran en igual derrotero una vez instaurada la democracia. Confundieron y mezclaron, la anterior lucha pasional, en la continuidad clandestina contra el gobierno democrático surgido del voto popular. Y si después la señora como gobernante fue un desastre, aun con el terrorífico López Rega soplándole las orejas, nada justificaba la vuelta a las armas y el reinicio de la contraofensiva dejando en ascuas a miles de jóvenes que no entendían el retorno a la guerrilla y del atentado falaz. Era trocar los sueños románticos de la reconquista democrática por un neoterrorismo al garete, como si la sociedad los siguiese apoyando en este nuevo reacomodamiento demencial. Porque si el oscurantismo militar, a partir de marzo del 76, fue culpable directo de tantos muertos y desaparecidos, los jefes guerrilleros actuando como el flautista de Hamelín mandaron al abismo a miles de jóvenes que empezaban, en democracia, a lidiar en pos de sus legítimas ilusiones.  Lo grave, en ese momento de ofuscación histórica fue pasar a la clandestinidad con la soberbia propia que acuñan los diletantes elitistas, arrastrando a miles de jóvenes en la odisea incierta de la lucha armada. Es más, debido a la cínica propaganda, la organización central hizo creer que el Partido Auténtico representaba el ala política de la acción guerrillera. Una hipocresía. Nunca en Misiones adhirieron a esa ponencia.

 El hombre terminó de leer y miró la hora.

—Las ocho —murmuró—; es tiempo de cumplir las tareas matutinas. Dirigió la silla de ruedas al lugar donde reposaba su pierna ortopédica que se ponía para salir a la calle.

Seguía delgado y nunca recuperó la buena estampa que supo lucir en la juventud. Cerró la puerta del pequeño chalet y recorrió las pocas cuadras que lo separaban del claustro religioso. Su andar con bastón  era dificultoso pero digno. La monja receptora le abrió una de las hojas del pesado portón y presto se dirigió al gran jardín de exquisitas flores, árboles frutales y adornos de ligustros que a la mañana ayudaba a cuidar a sor Pía Mariela, secundada por un grupo de novicias.

—Buen día, Gordo. Hoy has llegado más tarde—, saludó sor Pía Mariela a su hermano con su mejor sonrisa. La gran cofia azul hasta la cintura enmarcaba su hermoso rostro. La grácil monja era realmente bella.

—Buen día, hermanita— contestó el Gordo, mientras se disponía, tijera en mano, a terminar la inconclusa poda del día anterior.

Cuando niño, Juan Bautista, el Gordo, juró cuidar a su hermana y no abandonarla nunca, no hacía más que cumplir con su palabra.

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