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Presencia

domingo 27 de diciembre de 2020 | 6:00hs.
Rubén A. Zamboni
Presencia

Hace 22 años falleció mi madre, justo el día de su cumpleaños. Le tocó vivir 79 duros años en los que debió sacrificarse para sobrevivir como parte de una humilde familia de pescadores. Y, en esa lucha aparecí yo –su único hijo- a quien crió y educó con las mejores herramientas y posibilidades a las que tuvo acceso. Sin embargo, de adulto prioricé cuestiones personales y del trabajo en lugar de acompañarla o hacerle una simple visita.

Hoy, me encuentro en la administración del Cementerio público en espera de los sepultureros que exhumarán el cuerpo de mi viejita para luego cremar sus restos y diseminarlos en el río; ese gran río junto al cual vivió su infancia y parte de su adolescencia. Fue su deseo días antes de su partida. Pero por desidia y comodidad no la complací. Sólo seguí la tradición del cementerio… y ahí estuvo, como escondida todo este tiempo.

Los hechos que me sucedieron en estos últimos meses me hicieron recapacitar y decidí que debía atender esa última voluntad. Lo sentí como una deuda ineludible hacia ella.

Llegan los obreros. Decido acompañarlos. Quiero estar presente cuando abran el féretro. Será una manera de reencontrarme con parte de esa humanidad que me dio vida y protección. Claro que la circunstancia será muy diferente, porque sólo encontraré su esencia ósea.

Trasponemos la sección de los panteones y las tumbas para llegar al recinto de los nichos. Percibo una extraña sensación. Recuerdo aquella tarde de invierno, bajo un viento helado, en que no más de cinco personas la trajimos a este rincón del camposanto y le dimos el último adiós.

Los operarios comienzan a quitar la losa que cierra el espacio en donde se halla el cajón. Todo el conjunto se ve descuidado. El vetusto muro ofrece un estado deplorable. Sin el mínimo rastro de pintura. Los negruzcos manchones de humedad le proporcionan un entorno aún más lúgubre.

Hace unos tres meses atrás viví el momento más dramático de mi vida. Fue el punto de inflexión en mi existencia. Durante mi habitual jornada de trabajo sufrí una descompensación seguida de un paro cardíaco. Se me nubló la vista, me desvanecí y no recuerdo nada más. Pero en ese oscuro período de inconsciencia divisé la presencia angelical de mamá. Vestida con una bata blanca que resaltaban sus largos cabellos oscuros. Se me acercó con una amplia y tierna sonrisa. Me acarició el rostro y me susurró con firmeza.

-Vamos hijo…despertá –exclamó-. Luchá como yo lo hice…vos podés…yo siempre estaré a tu lado.

Durante varios días estuve internado, en terapia intensiva, con un coma inducido. Los especialistas me confiaron que estuve bajo un cuadro de extrema gravedad y que mi recuperación se correspondió más con un hecho milagroso que un logro médico.

En distintos momentos de ese período incierto sentí la presencia de mi madre. Algunas veces en la cabecera de mi cama; otras, a mis pies. Ella irradiaba siempre un semblante luminoso y una expresión que inspiraba confianza y seguridad.

Al salir de terapia y recuperar mis sentidos ya no la vi más. A partir de allí la sensación fue diferente; la sentía como parte de mi mismo durante toda mi recuperación.

Los sepultureros retiran el féretro de ese húmedo y sombrío hueco. La madera del cajón luce decolorado con un deterioro manifiesto. Al extraerlo cae al suelo una oxidada cruz metálica que en su momento se exhibía sobre la tapa. Me invitan a que los siga hasta un recinto próximo donde se inicia el proceso de apertura. Depositan el ataúd sobre un tablón dispuesto sobre dos caballetes. El ambiente es pequeño, con una pequeña ventana desde donde no circula aire alguno. La atmósfera se torna cargada. Mis piernas me comienzan a pesar. Un aire frío parece penetrar en mi cuerpo. Los golpes del martillo sobre una delgada barra para quitar la soldadura de la plancha superior retumba en mi cabeza. Empiezo a cuestionarme sobre la decisión de estar presente. Pero, en lo más profundo de mí, siento que ella me alienta a quedarme.

Toda la sorprendente e inexplicable experiencia que viví durante mi internación me generó la necesidad de honrar a mamá como debía. Por ello, la decisión de sacarla de su encierro de años y convertirla en cenizas para liberarla en ese escenario ribereño que siempre la cautivó. En esas mismas aguas en las que lavó ropa y salió de pesca junto a su padre.

-Ya está desoldada –anuncia el obrero- ahora se puede quitar la tapa.

Me quedo rígido con un incontenible temblor en los brazos. Se me entrecruzan las imágenes del rostro de mi madre durante el velatorio superpuestas con su iluminado rostro durante mi inconsciencia. Los obreros comienzan con lentitud a retirar la tapa. La bombita de luz de la habitación proyecta una tenue luz. Doy un paso hacia atrás. La tapa se descorre y el cajón queda descubierto. Alcanzo a divisar algunos amarillentos y negruzcos trozos de la mortaja. Un zumbido invade los oídos. Algo me empuja hacia adelante. Mis ojos buscan verla. Encontrarla. Me asomo vacilante. Pretendo encontrar sus huesos…o algo de ellos. Me sitúo por encima del féretro. Distingo un deteriorado vestido florido mezclado con la mortaja. No alcanzo a percibir nada más. No hay indicios de osamenta alguna.

De pronto, en el fondo observo algo que se mueve. Quedo pasmado. Una pequeña mariposa blanca levanta vuelo. Con suavidad… como en cámara lenta… deja tras de sí una fina estela de polvo. Una luminosa bocanada de aire fresco parece envolverla y elevarla a través de la ventana con destino a las riberas del río, muy cerca de aquí. Permanezco atónito y boquiabierto.

En medio de un hondo silencio de conmoción experimento asombro y agrado a la vez. Sé con certeza que ella acaba de recobrar su libertad espiritual. Un volver al fluir nostálgico de su cauce original.


El autor es licenciado en Ciencias de la Información y magíster en Educación. Docente universitario e investigador en la carrera de Comunicación Social (Unam). Co autor de “Cien años de ingeniería en Misiones”.

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