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Animémonos y váyanse muchachos

miércoles 23 de diciembre de 2020 | 6:00hs.
Animémonos y váyanse muchachos

Un caso conmovedor de dramática consecuencia final sacudió nuestra modorra provinciana. En la ocasión, como señala la tradición, la organización de la cruzada revolucionaria fue elaborada por ideólogos de zapa. Título que el general San Martín en su inventiva identificó como Guerra de Zapa. Se trataba de subterfugios ocultos utilizados como estrategia con la finalidad de corroer el poderío de los realistas que dominaban el territorio de Chile y del Virreinato del Perú. Consistía en enviar espías que dieran declaraciones falsas y, a la vez, estudiaran el terreno para luego brindar informaciones precisas al alto mando. De esa manera se pudo identificar los pasos cordilleranos y planificar en que momento atacar. Ya decidido el cruce de la cordillera de los Andes, el propio San Martín se puso al frente del ejército libertador. La diferencia estriba en que los ideólogos criollos de zapa, de ayer nomás, jamás fueron al frente. Mandaron a otros al calvario.

La tragedia sucedió el 25 de diciembre de l959: cuando los cristianos celebran el nacimiento del Niño-Dios, murió asesinado Mario Higinio Álvarez. Tiño -su apócope- vivía en la esquina de las calles Santa Fe y Buenos Aires, a cuadra y media de la mía, donde supimos integrar la misma barra de chicos del barrio: Neco López, Machito Zapelli, los Pettine, Aníbal Caminos, Coco Camaño, además, Bubi Salvado, Rudy Machón, Emilio Errecaborde, Yiyo Argüello y Panchito Belloni, queridos amigos que ya no están entre nosotros.

Oriundo de la República del Paraguay, Mario Higinio llegó muy pequeño a Posadas junto a su familia huyendo de la tiranía stroessnerista, como ocurriera con miles de compatriotas suyos, en tiempo que Posadas se convirtiera en faro de esperanza para estos desvalidos desarraigados, como lo fueron tantos hermanos paraguayos.

Producto de su personalidad, Tiño, en corto tiempo, fue uno más entre nosotros. Lo ayudaba la pinta, su fortaleza física, el carácter alegre y esa rara habilidad en practicar deportes. Fue de los primeros en jugar en el club Tokio cuando Noé Vivanco era el entrenador de las inferiores. Club que se levantó en el baldío donde concurríamos de chico y que ayudamos a levantar acarreando ladrillos. Club que hermoseó el barrio y sus hacedores estarán por siempre en el recuerdo de la afición y de los vecinos: los Yamaguchi del bar Tokio, de ahí provine el nombre, los Diéguez de la confitería, Cacho Salvado, Tochín Belloni, Turi Mónaca, el Cordobés Vivanco, Severino Venanzi que dio nombre a la zapatería más famosa, el doctor Guibert, Bausset el ferretero, Mazal de la farmacia, Bordón de la Universidad Sarmiento, Mariaschi el relator de los desfiles patrios y otros tantos moradores que escapan de la memoria, de un memorioso tardío.

Terminada la primaria nos fuimos juntos a cursar el secundario a la Eragia, la vieja y querida Escuela de Agricultura y Ganadería de la Ciudad de Corrientes, perteneciente en aquella época a la Universidad del Litoral. Por eso se dice que la Eragia fue el bastión original de la Unne.

Muy buen estudiante, pronto se hizo popular en el nuevo ambiente integrando equipos deportivos estudiantiles y la primera de un importante club de básquetbol: el Córdoba correntino. Y para envidia nuestra, la más linda de las chicas fue su novia.

Hacia fines de noviembre de ese fatídico año notamos leves cambios en su alegre carácter, como si alguna inquietud interior lo corroyera. Eran como ráfagas de ensimismamiento, y ante alguna pregunta contestaba “no pasa nada”, y volvía a ser el de siempre. Un día de diciembre, Mario Higinio desapareció y no lo volvimos a ver nunca más. Después llegó la noticia que cruzó con otros juveniles paraguayos el río Paraná en humildes canoas para unirse a un supuesto contingente revolucionario, con la intención de derrocar el régimen tiránico del general Stroessner. Quimera absurda y sin organización alguna, pues del otro lado ya esperaban las fuerzas armadas del dictador, al parecer sobreavisadas, y los novatos combatientes fueron apresados fácilmente en el río. Mario Higinio trató de escapar tirándose al agua, y al salir a respirar, certeros balazos terminaron con su vida cuando todavía no había cumplido los 19 años de edad.

Mientras los seres queridos lloraban al joven mártir, se presumía que el organizador de la cruzada, el famoso doctor V.P,, sentado con otros intelectuales en la retaguardia de su tranquilo escritorio correntino, habrá visto diluir su ambicionado proyecto de ocupar el lugar que le hubiese correspondido asumir en Asunción, como valeroso jefe revolucionario de haber triunfado la asonada.

Entonces, bien corresponde meter en un plano de igualdad a esta caterva de iluminados del averno junto a los jefes guerrilleros de trastienda y a los temulentos generales que no sólo exterminaron una generación de argentinos, además, mandaron al sacrificio a jóvenes oficiales y soldados a Malvinas, y observaremos que en nada se diferencian. También nos daremos cuenta que integran la miserable cofradía de los “animémonos y váyanse”, exponentes execrables del género humano que, valiéndose del orgullo y la pasión juvenil, los seducen con el lisonjero “salvadores de la patria” y los llevan al sacrificio, mientras ellos muy orondos esperan resultados.

Al año siguiente, después de las vacaciones, retornamos a la Eragia a proseguir nuestros estudios, y descubrimos una lectura póstuma que grabó Mario Higinio en la madera de su pupitre ubicado en el último lugar de la fila: “Estoy solo y llorar no puedo, es triste mi situación”, resumía. Nunca sabremos si exponía su estado de ánimo o escribía su propio epitafio; sí comprendimos que se había truncado para siempre su sueño de ser médico veterinario.

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