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Una visita inesperada

domingo 20 de diciembre de 2020 | 6:00hs.
María Daiana García
Una visita  inesperada

Era una calurosa tarde de primavera, el verano estaba casi asomando. Los niños de una escuelita ubicada en una colonia a unos cuántos kilómetros de Oberá salían de las aulas y se iban acomodando en ronda en la generosa sombra que les daba un viejo árbol de paraíso. Como el calor era sofocante los maestros habían acostumbrado a los alumnos a escuchar cuentos en los recreos, para así evitar que corran y puedan sentirse mal por causa del calor.

-¡Uno de Navidad!- se le escuchó decir a un grupo de alumnos, casi como a coro, se les notaba en sus caritas la emoción que la cercanía de las fiestas les provocaba. Atendiendo al pedido, uno de los maestros más antiguos de la escuela dijo: -¡Uno de navidad entonces será!-. Los niños esbozaron sonrisas picaronas y se dispusieron a escuchar la historia.

El maestro comenzó: “Cuenta la historia que hace muchos años, casi en esta misma fecha, surcando los cielos andaba Papá Noel, con sus renos tirando el trineo, haciendo un reconocimiento del terreno. Dice que habían descansado en Ituzaingó y querían llegar hasta Iguazú, Papá Noel había decidido hacer el viaje para refrescarle la memoria a los renos que no se acordaban bien la ruta de entrega de paquetes.” Los niños escuchaban atentos, como dibujando todo en sus mentes.

El maestro prosiguió: “Cuando comenzaron a sobrevolar la tierra colorada los renos comenzaron a estornudar, no parecía nada grave, pero a medida que pasaban los minutos la cantidad de estornudos aumentaba, hasta que en un momento no podían para de estornudar y tuvieron que detenerse en una zona de monte. Papá Noel en ese momento se acordó de la señora Noel que estaba en el Polo Norte, ella le había dicho antes de salir que los renos estaban sufriendo de una extraña alergia que solo se le pasaba descansando unos días, pero que si volaban la alergia empeoraba. Don Noel, muy preocupado, se puso ropa común y más fresca, dejó a los renos descansando y salió a caminar para saber en qué lugar estaban.

Luego de caminar unos cuántos kilómetros, comenzó a escuchar risas de niños y cuando se dio cuenta había llegado a una pequeña escuelita. En ella vio a unos cuantos chicos jugando en la sombra de un paraíso, jugaban con juguetes improvisados, autitos hechos de retazos de madera con ruedas de chapitas de bebidas, con latitas de picadillo, ramitas de árboles y piedritas. Se veían muy felices disfrutando de aquel momento. Cuando entró a la escuela los niños lo reconocieron de inmediato, pudo notar en sus caritas la sorpresa y emoción que su llegada había provocado, en cambio los adultos no lo reconocieron, puede ser por no tener la misma pureza e inocencia de los niños, o porque simplemente habían dejado de creer.

Papá Noel les contó que había tenido un problema con su medio de transporte y que necesitaba ayuda. Los maestros le indicaron que al amanecer podría tomar un colectivo que pasaba a un par de kilómetros de la escuela y que esa noche le darían refugio en su casa que se encontraba al lado de la escuela.

Los niños se percataron de la gravedad de la situación, y en el momento que los maestros se apartaron le preguntaron a don Noel qué había pasado con los renos y como iba a repartir los regalos. Después de escuchar la historia, muy angustiados comenzaron a pensar cómo podían ayudar. A uno de ellos se le ocurrió que un carro tirado por bueyes sería una buena alternativa para repartir los regalos, solo necesitarían un poco de magia de Navidad para lograr que el carro se eleve por los cielos. En ese momento una de las niñas dijo que en el galpón de su casa tenía un viejo carro que si lo reparaban podría servir. Otro de los niños dijo que en su casa tenían bueyes que podrían tirar del carro. De modo que a la salida de la escuela, Papá Noel y los niños se dirigieron a buscar el carro y los bueyes, atravesaron una plantación de mandioca, pasaron por una cortada en el monte y llegaron al galpón donde estaba el carro. En tan solo una hora de trabajo el carro quedó listo para usar, luego buscaron los bueyes le pusieron una canga y estuvieron preparados para tirar del carro. Solo faltaba una cosa, y era lo que más intriga les producía a los niños, la magia. Papá Noel sacó de su bolsillo una pequeña bolsita de tela, y de dentro de ella sacó un puñado de polvo brillante, lo tiró sobre los bueyes y éstos comenzaron a flotar en el aire, los niños explotaron de alegría.

Habían pasado unos cuántos días desde la llegada de Noel a la pequeña colonia. La nochebuena estaba llegando, y los renos seguían muy atacados de la alergia así que Papá Noel ese año tendría que salir a repartir los regalos desde este rinconcito de Misiones. Por suerte y gracias a los niños de la escuelita tenía listo el carro con bueyes preparados para hacer el recorrido entregando paquetes.

El momento llegó, el 24 de diciembre ya comenzaba, Papá Noel fue a despedirse de los niños y en forma de agradecimiento les preguntó que querían de regalo ese año, todos sin dudarlo respondieron que nada, que no era necesario ningún regalo. Don Noel les dijo que de alguna manera quería devolverles toda la ayuda que le habían dado, ellos respondieron que entonces querían que a ningún niño le falte amor, que todos los niños puedan jugar, ser felices y disfrutar de su niñez con buenos amigos como ellos lo hacían. Noel les prometió que haría todo lo que estuviera a su alcance para cumplir su pedido, se subió al carro, los bueyes se elevaron y el viaje comenzó, los niños saludaron felices, sus ojos brillaban y su corazón estaba inundado de alegría.”

Los niños seguían muy concentrados escuchando la historia, en la escuelita solo se escuchaba el sonido del viento y el cantar de los pájaros a lo lejos. El maestro hizo una pausa para contemplar a sus espectadores, los cuales esperaban ansiosos el final de la historia, así que para no hacerlos esperar más prosiguió: “Cuando asomaban los primeros rayos del sol y con la cálida brisa matutina se despertaron los niños, y para su sorpresa, cada uno encontró un paquete debajo de su árbol de navidad, contenía un juguete y una tarjeta que decía: “Nunca pierdas la bondad y pureza de tu corazón, con amor Papá Noel”.

Los niños jamás olvidaron aquella navidad, supieron que fueron afortunados de recibir aquella inesperada visita y atesoraron el recuerdo en lo profundo de su corazón, manteniendo el espíritu navideño en cada una de sus obras, ayudando siempre a quienes lo necesitan.

Al finalizar la historia, el maestro sacó un viejo autito de juguete y se lo mostró a sus alumnos, en ese momento los niños se dieron cuenta de que toda aquella historia había sucedido y que en la navidad todo es posible si se cree.

María Daiana García

La autora reside en Oberá. Tercer premio del Concurso Nacional de Cuentos Navideños 2019.

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