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Un libro para Navidad

domingo 20 de diciembre de 2020 | 6:00hs.
Esteban Abad
Un libro para Navidad

Hace tiempo, mucho tiempo ... los celulares no existían ni siquiera en la mente del más iluminado inventor de cosas increíbles. Para llamar a alguien (al médico, la ambulancia o a la policía), eran pocos los que gozaban del privilegio de hacerlo desde su casa y los que no tenían esa posibilidad, debían caminar varias cuadras para pedir ...”por favor vecino ¿me presta su teléfono? “. Generalmente la respuesta era positiva pero llegaba luego de indagar a quien y a donde se iba a llamar, porque las llamadas de “larga distancia... eran muy caras”. Para iniciar la comunicación, el recién llegado era hecho pasar al living donde adosado a la pared estaba un enorme aparato negro con un auricular de vakelita (negra) y bronce que se unía a la caja también negra del teléfono mediante un cable. Allí, al costado de esa caja había una manivela que generaba la energía necesaria a las pilas del aparato, lo que permitía iniciar la llamada y posterior conversación. Había que hacerla girar un rato y luego, obtenido el “tono”, discar el 0. Tras uno o dos minutos surgía la voz de la operadora ... “¿Número?”, entonces se le cantaban los cinco dígitos que eran del teléfono de la persona o comercio correspondiente, tras lo cual la voz invisible ordenaba, “Cuelgue. Lo llamaremos”.

A esa altura de los acontecimientos, la dueña de casa ya les alcanzaba al esposo y al ocasional visitante el mate, invitación “sine qua non” destinada a sobrellevar las peripecias de la obtención de un llamado telefónico y, a veces calmar ansiedades, tristezas o euforias de quienes venían a usar el aparato. Pasados quince minutos o a veces más, sonaba la campanilla (dije campanilla no timbre ni vibrador o musiquita de calesita), y descolgando el auricular se oía.... “¿Uno cero nueve nueve nueve?”, al responder afirmativamente la mujer decía “su llamada con el uno cuatro dos dos ocho....” (y para ambos ...”¡hablen...!”). Finalizada la comunicación el visitante abonaba unos 20 centavos o a veces el dueño de casa no aceptaba el pago; no tanto por generosidad sino para que no se reiterara el pedido con mucha frecuencia.

En el almacén o la farmacia, se encontraban los lugares apropiados para iniciar una comunicación romántica o amistosa de larga duración. Y hasta la farmacia del barrio donde transcurre esta rara historia de Navidad, llegó una vez un chico de unos nueve o diez años. Preguntó si podía usar el teléfono y le pidieron que diga el destino al que iba a llamar.

Avezado en similares mandados de su familia, “Local nomás señor”, respondió el niño y le concedieron el pedido. Pero una vez en la trastienda, sacó una hoja de Billiken (la revista genial para niños de ese entonces, se fijó en el número y discó el cero. Al atender la operadora le indicó que quería hablar con Buenos Aires, a la editorial que producía la mencionada revista. “Tiene 45 minutos de demora” aulló la telefonista, “¿va a esperar?”, y al decir el gurisito que sí le pidió “No se retire ... lo llamaremos”. Sería largo explicar cómo disimuló la demora y su presencia en la farmacia, la cuestión es que midiendo los minutos por uno de esos relojes de pared redondos que había en todos los negocios, el pibe dio un salto a los 45 y casi antes que sonara la campanilla, descolgó de un manotazo y preguntó por un libro cuya publicidad estaba en las páginas de la revista; cómo se hacía para pedirlo, cuánto costaba, cómo se pagaba, etcétera.

Cortó y salió agradeciendo pero el farmacéutico le preguntó “¿cuánto salió la llamada?”. “Un peso - respondió y agregó caradurezcamente, “A la tarde mi papá le paga”. El papá era un hombre paraguayo que hizo sus primeras labores y avatares para argentinizarse en Misiones y que, de viaje por Entre Ríos por razones de trabajo, se enamoró de una muchacha, que, casualmente, tenía familiares en San Ignacio. Así que una vez que ya estaba determinada su unión como pareja, viajaron juntos en el Guayrá, buque de pasajeros que navegaba el Paraná desde Asunción a Buenos Aires y era el medio casi único para regresar a la tierra colorada. En realidad al hombre le gustaban esas calles con enormes árboles, las altas palmeras luciendo orquídeas en su sostén y las plantas de palta o de mango, frutas que le encantaron a la entrerriana. Y quiso volver para disfrutar de ese Edén como un moderno Adán y con su Eva paranaense.

Pasearon mucho por esta tierra tan distinta a la que la muchacha conocía en Paraná. Quedaron maravillados en Iguazú y las Cataratas, a pesar de un dificultoso acceso -y costoso-, para esa época. Y en San Ignacio, a pesar de que las Ruinas Jesuíticas no habían sido puestas en valor, las conocieron y un pariente les contó la historia de ese monumento patrimonio - ahora -, de la Humanidad. La vuelta a Entre Ríos la hicieron cuando ya habían descubierto varias cosas, algunas novedosas y felices, en el Territorio Nacional de Misiones; por ejemplo, el cambio de color de la tierra era un detalle muy importante. Era algo para contar a todos los amigos y vecinos y además que Misiones tuvo mucho que ver en sus vidas y en la consolidación de la pareja con su lujuriosa paisajística y sus hábitos gastronómicos (mate, tereré, chipa, reviro y asado a la estaca), habiendo provocado en ellos sentimientos y emociones, cuestiones todas que les incentivaron el deseo de amarse y dieron como resultado que, al regreso, la chica estaba embarazada.

Lo triste fue que la abuela de la compañera del viajero paraguayo había fallecido mientras ellos andaban por Misiones y no se les había podido avisar antes de su regreso. De esa pareja, matrimonio unos meses después, nació el niño (concebido durante su estadía en las ripiosas calles sanignacieras o en el modesto hotel en que durmieron en Iguazú), el mismo niño que quedaría a deber un peso en la farmacia tras un llamado por teléfono a Buenos Aires y que es el protagonista de esta historia.

Era un chico muy despierto. A los siete años ya leía correctamente y escribía con buena letra y mejor que muchos adultos. Leyendo Billiken se enteró de un cuento “Las medias de los flamencos”, de Horacio Quiroga. Y esto hizo que se hiciera empedernido lector del famoso habitante del Teyú Cuaré, lugar cercano a donde sus padres vivieron los primeros días de amor. En esa época era común que cuando el padre cobraba el sueldo llegaba a la casa con golosinas para los hijos pequeños y alguna prendita o un perfume para la esposa. Para nuestro inteligente muchachito los fines de mes significaban Billiken.

Un aviso en la revista publicitaba el libro “Los Monumentos y Lugares Históricos de la Argentina”, volumen con lujosa encuadernación en cuerina marrón, letras de tapa en dorado y páginas de papel ilustración. Quiso tener ese libro y se lo pidió al padre. “Puede ser tu regalo de Navidad che memby”, fue la respuesta paterna y la idea sugerida fue “pedile al Niño Dios que te traiga para ese día gurí”.

“Si lo hacés tenés que poner los zapatos y juntar pasto y agua para el burrito que monta el Niño” explicaba el padre sin recordar que el hijo ya había pasado por esa ceremonia desde que tenía cuatro añitos. Se hizo la carta, se juntó el pastito, el balde con agua fresca, se colocaron los zapatos al lado del pesebre en un rincón especial de la casa -donde se armaba el tradicional pino-, y la noche del 24 de diciembre el chico no durmió. Eran tiempos en que no se conocía Papá Noel ni Santa Claus, sino sólo el Niño Dios. A él esperaba el gurí, escondido tras un sillón y luchando por no dormirse, pero… ¿Ha visto alguien alguna vez al Niño Dios cuando dejaba los regalos?

Claro que no y fue así que la alborada del 25 de diciembre trajo la desilusión para el muchachito que hiciera tan extraño pedido al niñito de Belén. No hubo libro sino algunos juguetes y consternación total. La madre intentó un consuelo, enternecida por las lágrimas del pibe... “El libro debe ser pesado y el Niño Dios es muy pequeño” decía y “Es que es raro que le pidan un libro y encima que no es de cuentos para chicos” y por último... “a lo mejor te lo traen los Reyes Magos para el 6 de enero... falta poco, tené paciencia mi hijo”.

Lo que ocurrió después fue un misterio para muchos. Sólo el padre sabe la verdad. El 6 de enero, a pesar de una obstinada incredulidad, el chico encontró junto a sus zapatos un envoltorio muy prolijo con una caja que al abrirla dejó ver la tapa símil cuero, las letras doradas y el título. El niño no parecía el mismo que en la mañana de Navidad había soltado desde sus decepcionados ojitos un verdadero diluvio de lágrimas. Con casi feroz entusiasmo había roto el envoltorio, y apretado el libro contra su pecho mientras saltaba como poseído por una alegría no muy frecuente en él.

Aducen algunos conocedores de esta historia que el padre llamó en reiteradas oportunidades a la editorial. Pero no aceptaron hacer el envío postal a Misiones. Los amigos le sugirieron dijera que, “como era muy pesado el Niño Dios no lo pudo traer”.

Una mañana y ya casi sobre la Nochebuena, a este hombre - atribulado por la decepción de su pequeño hijo -, se le ocurrió visitar todas las librerías de la ciudad. ¡Y en una de ellas lo tenían! Tenían Los Monumentos y Lugares Históricos de la Argentina con textos y fotos de Contancio C. Vigil (director y editor de Billiken,), incluso más barato que si lo pedían por la “promoción postal”.

Cada lector de esta narración puede optar por la fórmula que le parezca mejor para desentrañar el misterio. Lo cierto es que aún hoy, ese niño tiene en un lugar especial de su muy nutrida biblioteca a ese libro; se ha radicado en Misiones y cada vez que puede o que su ocupación como profesor de Historia y periodista se lo permite viaja a la Reducción Jesuítica de San Ignacio para pasar el día en ese mítico y mágico entorno, cerca del cual y según le contaron, su padre, el paraguayo, sembró en la entrerriana, su madre, la simiente que fructificó en ese hijo que le pidió para Navidad un libro al Niño Dios.

Esteban Abad

Cuento galardonado con el primer premio en la edición 2017 de la Fiesta Nacional de la Navidad del Litoral en Leandro N. Alem. Publicado en “Cuentos Galardonados y otros”.

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