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La Navidad de Luis

domingo 20 de diciembre de 2020 | 6:00hs.
Elvio Marcelo Galeano
La Navidad de Luis

El hombre cerró la puerta del local y abrazó a su esposa. Lloraron juntos, al borde de la sofocación por los barbijos que aún cubrían sus labios. Atrás quedaban 10 años de sueños y esfuerzos compartidos. “Rotisería del barrio”, como expresaba la leyenda en la vidriera, cerraba sus puertas definitivamente, golpeada en sus cimientos por los efectos de un virus que explotó en China pero su onda expansiva llegó a los rincones más recónditos del planeta.

Al día siguiente, Luis comenzó a buscar empleo. No era sencillo; a sus 46 años el mercado laboral no ofrecía muchas alternativas. “Haré lo que tenga; no soy pretencioso”, repetía en cada entrevista.

“Lo llamaremos ni bien tengamos novedades”, era la respuesta que intuía de compromiso, como si intentaran abrigarlo de esperanza; una esperanza que comenzaba a ceder ante el desánimo.

Él y Alicia, la mujer a la que entregó su corazón con el juramento sagrado de la eternidad, compartían la misma filosofía: una vida consagrada a ayudar al prójimo. Esa prédica intentaban inculcar a su hijo Franco, fundamentalmente con el ejemplo.

El adolescente, desde muy pequeño, observó cómo sus padres donaban innumerables raciones de comida al comedor comunitario del barrio.

En aquellos años, Franco se había encariñado con Juan -que tendría la edad de su papá pero aparentaba un lustro más-, al que acercaba un plato de comida todos los mediodías.

El desconocido se sentaba junto a su carro de cartonero y ambos conversaban largamente.

Esa relación se había convertido en un ritual, pero un buen día aquel hombre –de cara rugosa, barba crecida y piel tostada por el sol- desapareció.

Luis golpeaba las puertas casi diariamente en busca de trabajo, pero otros cientos perseguían su mismo objetivo.

Un vecino le sugirió que fuera a la Bolsa de Empleo Municipal, que allí podía encontrar una oportunidad. Con la aflicción incipiente del desánimo por tantos reveses, Luis concurrió a ese organismo. Tras los trámites de rigor, lo hicieron pasar a una dependencia donde el olor a sahumerio no terminaba de camuflar la estela de tabaco que alguien dejó en ese espacio reducido.

No pasaron más de diez minutos cuando oyó los pasos que anunciaban la inminente llegada de su entrevistador. Entonces fijó su mirada hacia la puerta y quedó anonadado al comprobar que aquella persona era Juan, el mismo que años antes pasaba por el negocio para almorzar.

Evitaron el abrazo pero las lágrimas que amenazaban con humedecer sus barbijos fueron prueba suficiente de la profunda emoción que los embargaba.

— Sentate, Luis, contame qué te trae por aquí.

Conversaron como amigos entrañables, a corazón abierto; acerca de cómo cambió la vida para ellos. Mientras uno encontró de la redención; el otro cayó en picada.

Todo fue muy ameno, hasta el momento de la despedida. De pronto, el hombre al que estuvo a punto de abrazar como a un hijo pareció cambiar de rostro. La sonrisa dio lugar a la postura impasible del funcionario sin compromisos.

— Dejame ver qué puedo hacer, Luis. Y cuando éste se retiraba, agregó: —Son tiempos difíciles, pero también de milagros.

Luis volvió a casa en colectivo. Aunque hubiera querido, no podía dejar de pensar en aquella postura pétrea, casi indiferente del final.

— Todo bien, excelente, hasta que le hablé de trabajo. Parece mentira cómo la gente te da la espalda cuando más necesitás; como si no tuviera memoria ni pasado, le dijo a Alicia ya en la intimidad de su hogar.

— No pienses así, amor, lo que hicimos siempre fue con amor, por convicción y eso debemos sostenerlo ahora más que nunca. En tiempos difíciles es cuando las convicciones se ponen a prueba, replicó la mujer con ternura y con firmeza.

Él se sentía decepcionado. Llegó a confiarle a Juan que su hijo no tendría su Papa Noel, la bicicleta que le había prometido, y la tristeza que lo aquejaba por no cumplir con su palabra.

La incertidumbre y el misterio surten efectos parecidos; provocan enormes expectativas y elevan la ansiedad a niveles sorprendentes porque las personas desconocen a qué se enfrentan, qué les espera. El futuro de Luis era eso, una incógnita.

Llegó la Nochebuena y pese a las dificultades, la familia estaba unida, con salud, agradecida de tener alimentos para compartir.

— Eso es lo más importante, recordó Alicia en el brindis.

Ya era Navidad y la familia estaba cómodamente ubicada en el amplio living de la casa. De repente, sonó el timbre. Franco se apresuró a abrir la puerta y desde el pasillo se escuchó “papáaaa”.

Luis saltó del sofá y corrió presuroso, con el resto de la familia detrás. Allí estaba la bicicleta con un enorme moño en el manubrio y un sobre blanco con la leyenda “Para Luis”.

Adentro había una carta y otro sobre cuidadosamente cerrado.

Decía así: “La Navidad, Luis, además de ser una oportunidad excepcional para reflexionar; nos invita a renovar nuestras creencias, a fortalecer nuestra fe; a abrir los corazones; a reencontrarnos en el amor, en el perdón y en la ilusión, como cuando éramos niños y aguardábamos ansiosos a Papa Noel.

No te olvides, Luis, la esperanza es algo hermoso; quizás lo más maravilloso de la vida…Me lo enseñó un amigo que no me abandonó cuando no tenía ni para comer. Tu acción fue mi milagro.

Luis no paraba de llorar, con Alicia sujeta de su cuello. Entonces abrió el sobre y encontró el contrato laboral. “Te espero el lunes para firmarlo. Con esperanza, Juan”.

Elvio Marcelo Galeano

Segundo premio en la VIII Edición  del Concurso Nacional de Cuentos Navideños . El autor reside en Posadas

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