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La guaina

domingo 13 de diciembre de 2020 | 6:00hs.
Hugo Wenceslao Amable
La guaina

La mujer hizo una seña, y el conductor detuvo su vehículo. Era una mujer humilde, de muchos años pero no vieja; al menos, no lo parecía. No quiso subir al lado, por timidez o por respeto: se ubicó en el asiento trasero.

Cumplido el trecho que deseaba cubrir, la mujer descendió.

-¿Cuánto debo? –preguntó.

-Nada señora –le contestó el hombre, con amabilidad.

-Que encuentre una linda guaina para vo’ –dijo la mujer, en el colmo de su gratitud. Lo dijo con marcada entonación regional, signo de cordialidad entre la gente humilde.

-Gracias. Pero ya no estoy para eso...

-Está patrón.

El conductor se sintió, a su vez, agradecido, y confortado. Había doblado algunas curvas de la vida, como suele decirse; pero aún daba para más. ¡Vaya si daba!

La mujer como si leyera su pensamiento expresó:

-Espere. Y abriendo rápidamente el bolso que portaba, extrajo tres piedritas de diferente forma y color, las que puso delicadamente en la mano del hombre.

-Ah, una simpatía... –dijo éste.

Por toda respuesta, la mujer precisó:

-Pare en el segundo puente, y eche abajo. Mi’mo a un tiempo las tre’.

El hombre apretó el puño, sonrió y se dispuso a reemprender el viaje. Antes de que arrancara, ella insistió, a modo de advertencia:

-En el segundo patroncito.

Era la siesta. La ruta se veía desierta, pese a que la jornada transcurría serena y apacible. Cruzó uno de los puentes, el primero desde el punto en que descendiera la mujer. Lo cruzó a velocidad considerable. “En pocos minutos estaré sobre el segundo”, se dijo. Seguiría de largo, no pensaba hacerle el juego a “la payesera”... (¿Por qué se le había ocurrido imaginarla payesera? ¿Por las tres piedritas? “Por todo –caviló-, hasta por el aspecto”).

Avistó el segundo puente. Sin proponérselo, disminuyó el ritmo de marcha. Se detuvo sobre la explanada de cemento. No esperaba, por supuesto, encontrar allí ninguna guaina; pero nada perdía con arrojar las piedritas hacia abajo. En alguna parte tenía que tirarlas; no iba a seguir llevándolas en el puño.

Abrió del todo la ventanilla y arrojó con fuerza las tres piedritas al espacio.

Accionó la llave de arranque y, con ese movimiento precautorio de los conductores, miró hacia atrás y a los costados, antes de reiniciar la marcha. Fue entonces cuando advirtió la sombra de una persona.

La guaina estaba allí, junto a la barandilla del puente, esplendorosa bajo el sol de la siesta. El pelo suelto, tersa la faz, con una leve sonrisa en los labios. Vestía con esa sencillez propia de las mujeres de la colonia.

El hombre se inclinó hacia su derecha, por sobre el asiento, y le franqueó la portezuela. La chica ascendió al auto, despreocupadamente, como algo natural. Se ubicó cerca del hombre, muy cerca... Este suspiró, se aferró al volante, y en pocos segundos el vehículo se desplazó por la ruta a velocidad creciente.

Alguien que llegó en ese momento (¿o estaba allí?), vio cómo el hombre y la guaina, abrazados, se perdían a la distancia, en un auto que corría velozmente y sin control.

Del libro: “Rondó sobre Ruedas y La Saga de Renomé”, 1992. Amable fue miembro de la Academia Argentina de Letras

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