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El tío Víctor

domingo 06 de diciembre de 2020 | 6:00hs.
Nora Ayala
El tío Víctor

El sistema de ventas de Fridman incluía una visita al cura del pueblo, cosa que yendo con Samuel era más sencilla. La idea era preguntar por el tío Víctor y también, como quien no quiere la cosa, sacar el tema de los cuadros, interesarlo en el negocio y ofrecerle uno gratis a su elección, siempre que su intervención resultara útil.

El paí Eleuterio resultó un tipo encantador, con unas ganas bárbaras de charlar con alguien de su nivel intelectual, en un lugar donde pocos sabían leer y escribir. Lo primero que preguntó fue si habían traído diarios y Samuel le contestó que ya hacía una semana que habían salido de Posadas, así que si hubieran tenido diarios serían viejos.

-No para mí- contestó el cura- que hace más de un año que no leo uno.

- Si es así- dijo Samuel-, tengo uno aunque un poco arrugado- Y fue a buscar el envoltorio de los zapatos, que alisó con la mano y puso en manos del sacerdote que leyó encantado, pidiendo disculpas por prestarle más atención al viejo periódico que a las visitas. Al rato levantó la vista de la lectura y comentó:

- ¡Así que los gringos andan en guerra otra vez! Esta gente no aprende más. –Y siguió interesado el croquis de La Nación de los avances de los nazis en territorio francés. Samuel, a quien la charla con el cura le interesaba más que el tema de los cuadros, tuvo largas conversaciones sobre la actualidad del Paraguay de postguerra, los hábitos socio-culturales, la poligamia, etcétera, mientras Fridman pensaba que estaban perdiendo el tiempo.

Al final, después de haber expuesto los cuadros y haber hecho su apología, tuvieron algunos pedidos. A Samuel, que era muy imaginativo, se le ocurrió como argumento de venta a una viuda doliente, que podían estar, burlando la realidad, el marido muerto y la viuda viva en el mismo cuadro, y tomó el pedido con el pago adelantado del mágico retrato que venció a la muerte. Y Fridman empezó a respetarlo como vendedor. El argumento sirvió también para unir abuelitos con nietos, madres con hijos ausentes, siempre que hubiera alguna foto guardada.

Y ubicado el tío Víctor, fueron a verlo. Con dos burros que les prestaron los amables lugareños con un guía, gentil y contento de brindar su tiempo, que no quiso cobrar, casi ofendido. ¿Cómo iba a cobrar por acompañar a unos amigos?

Cuando llegaron al campo de Víctor Romero, por esos misteriosos sistemas de comunicación de la campiña, el tío ya los estaba esperando con un asado. Después de abrazos y algunas lágrimas de emoción empezaron las preguntas y las respuestas de lo que había pasado en la familia en los últimos treinta años: muertes, nacimientos, casamientos, etcétera. Samuel empezó a averiguar de la vida del viejo tío que había aprovechado la escasez de hombres del Paraguay y vivía rodeado de doce mujeres y decenas de hijos. Contó orgulloso que tenía un hijo abogado en Asunción y dos estudiantes universitarios. Por otro lado la más joven de las concubinas estaba embarazada y todas se llevaban bien. La más vieja, madre del abogado, era la que dirigía la batuta y las demás obedecían. Samuel preguntó:

-¿Cuál es tu esposa?

-Todas- contestó Víctor.

-Quiero decir, ¿con cuál estás casado legalmente? –No podía obviar su crianza argentina y católica.

-Casado, lo que se dice casado, con ninguna. Ni falta que hace- Y seguía chupando su mate amargo cebado por una de sus muchas hijas, cariñosa y pendiente del menor deseo del tata.

En cuanto a los cuadros, encargó doce: uno por cada una de las mujeres, a quienes Samuel retrató. A Víctor costó convencerlo ya que no quería retratos de viejo y no tenía fotos de antes, pero Samuel lo convenció con el argumento de que a Gerónima le gustaría ver un cuadro de su hermano después de tantos años y aceptó. Fridman estaba empezando a reconocerle virtudes de vendedor.

El asunto era el pago. ¿Cuánto podrían valer esas monedas de oro que Víctor guardaba en la cumbrera de la casa? Samuel hizo un cálculo aproximado y prometió mandarle la diferencia o cobrarle en caso de que faltara plata, cuando le enviaran los cuadros. Y cuando Samuel se mostró interesado en las monedas de plata que guardaba le regaló un montón que fueron la simiente de la colección numismática (¡otro hobby más!) que ocuparía muchas horas futuras de su vida.

Y se despidieron de Víctor y su serrallo para seguir la venta de los retratos con suerte diversa, pero con muchas anécdotas para contar, que era lo que más importaba para Samuel.

De “Mis dos abuelas” Editorial Vinciguerra 1997. Nora Ayala es autora también de “Cuentos que me contaron y otros que viví”, Editorial Paulus 2012.
Ilustración. El rancho solitario de Florencio Molina Campos

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