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Wanderley y la Muerte

domingo 06 de diciembre de 2020 | 6:00hs.
Alejandro Joves
Wanderley y la Muerte

El teniente don Wanderley da Silveira se encontró con la parca. Listas sus valijas para el viaje inevitable hacia la eternidad, Silveira pidió una tregua.

- Señora Parca, usted que huesos solamente dibuja en su sonrisa, dos minutos necesito para ir hasta lo de “la Julia”, tengo que dejarle una rosa, tengo que darle un último beso, tengo que mirarla una vez más a los ojos y decirle lo que siempre fui para ella, lo que siempre fue ella para mí.

- A usted, don Wander, ¿le parece que en algún punto de costura de mi negro vestido existe tal consideración?, ¿vio en el filo de mi guadaña, acaso, un poco de misericordia para el trabajo que desempeño hace miles y miles de tiempos?

-Bueno, nunca es tarde para cambiar algunas actitudes, y se lo digo por experiencia propia, que es la única que vale la pena, porque a mí eso de saludar con sombrero ajeno nunca me gustó.

-Usted puede saludar con el sombrero que más le guste, yo acá tengo escrito que su carretel ha dado lo último de su hilo el 24 de septiembre de 1879, Posadas, 18 horas, inmediaciones del puerto, o sea, hoy.

-Me parece, que, si no me llevó durante los años que duró la guerra, no le debería traer inconvenientes en postergar este trámite unos minutos más, sabiendo, además, que es primavera. Yo estoy listo, los combates a bordo de la corbeta Jequitinhonha me han dado coraje, valor y entendimiento. La vida de un hombre es solamente tierra y yo podría morir por ella. Pero señora Parca, déjeme decirle a la Julia todo lo que no le dije.

-Mire Wander, la única forma que yo retrase esta impostergable resolución es que mate dos pájaros de un tiro, es decir, si puede convencer a Julia de que deje este mundo y venga con usted le otorgo la prórroga.

-¡Me está pidiendo una locura, soy el teniente Wanderley da Silveira!

-A mí me da lo mismo si usted es el teniente o limpiaba las botas del capitán. Los títulos los ponen los hombres para domarse entre ellos, yo no tengo respeto ni por el tiempo. Así que vaya cerrando los ojos que ya mismo me lo llevo.

-Mis años enteros dedicados a la milicia me hicieron ver cosas horrorosas, y si quiere saber más, yo fui parca de unos cuantos en esta guerra. Pero ahora que me enamoré de Julia y este río, estas costas, me pide que deje todo, ¡es una injusticia!

-Me gusta saber que va entendiendo lo que es vivir y morir, el infierno no es otra cosa que despojarse de todo lo que uno quiere, y peor aún, cuando menos se lo espera. Además, su vida no ha sido otra cosa que lana negra.

-Si, si, sus moralejas no me ayudan en nada. Muy bien, ¿cómo nos vamos?

- ¿Y Julia?

-No voy a pedirle a la mujer de mi vida que se muera conmigo solo por un capricho suyo. Me conformaré con saber que un teniente ha muerto en su peor batalla, la del amor.

-Lamento no tener lágrimas para acompañar su relato, vamos, tengo la canoa esperando en la costa.

La Muerte y Wanderley caminaron hasta las barrosas costas del río Paraná. Wanderley dejó una botella de caña anclada en el barro a metros de un sauce donde solían mirar el atardecer con Julia, adentro un papiro de puño y letra. La huesuda figura le aseguró que su amada encontraría la nota.

 

Caminando hacia tu encuentro me pegó un dentro la muerte,
triste suerte en mis manos, que tienen sangre ajena,
penas de otros rumbos me llenan de ausencia,
mi esencia, mi suspiro y mi corazón entero te evocan,
¡Julia de mi alma, de mi tierra colorada!
¡Julia de mis pasos en la costa embarrada!
Solo quiero que me olvides y que sonrías para siempre,
solo quiero que sepas que desde que te vi comencé a quererte,
lo último que hice fue decirle que te amo... se lo dije a la muerte.

Teniente Don Wanderley Da Silveira
24 de Septiembre 1879 – Posadas

 

Relato inédito. Alejandro Joves reside en Posadas. Publicó en varias antologías

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