lunes 18 de enero de 2021
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Con el rojo de su sangre (El Gaucho Gil)

domingo 06 de diciembre de 2020 | 6:00hs.
Jorge Lavalle
Con el rojo de su sangre (El Gaucho Gil)

Entró a lo que quedaba del rancho y dejó el humilde lío de tela en un rincón, para sentarse por fin a descansar sobre un trozo de leña que halló junto a la abertura que hacía de ventana hacia el sur. Preparó el fuego en silencio, mirando las brasas lanzar chispas al aire del atardecer que se acercaba al galope, como los tres jinetes que de pronto vio recortarse en el horizonte. Desmontaron apurados y uno de ellos lo increpó sin siquiera saludarlo, arreglándose el pañuelo azul del cuello, para dejarlo bien visible.

-A usted lo andamos buscando.

-¿Y para qué? Si es que se puede saber- contestó sin dejar de acomodar la leña debajo del recipiente ennegrecido cargado con agua.

-Vengo con la orden del coronel Juan de la Cruz Salazar para que se incorpore al Ejército del Partido Liberal.

Todavía tenía grabadas en la memoria las imágenes del dolor y la muerte que trajo de la guerra en el Paraguay y ya tenía que enfrentar nuevas batallas.

-Dígale al Coronel que no va poder ser ahora, no tengo nada que ver con esa guerra.

-¿Entonces por que lleva pañuelo colorado? Capaz que vos seas de los Autonomistas entonces.

-Si es así, eso no es asunto suyo.

Las miradas se cruzaron como espadas en el aire que ya iba refrescando la oscuridad.

- Nos va a tener que acompañar igual, por las buenas o no.

Miró al oficial a los ojos y miró las armas apuntándolo de los dos hombres que lo acompañaban. Sin decir una palabra arrojó el agua sobre el fuego y se puso de pie para seguir a los jinetes. Esa noche compartió un calabozo maloliente con otros dos hombres esperando que al otro día lo vinieran a buscar. Estaba por amanecer cuando uno de ellos comenzó a gritar, fue corriendo hasta la puerta, pidiendo a gritos auxilio, hasta que cayó pesadamente, golpeando la cabeza contra la reja.

- ¿Qué te pasa a vos? ¿Te estás haciendo el vivo o alguno de estos te hizo algo? - Preguntó el guardia mientras pateaba la cabeza que se sacudió como si estuviera desprendida de su cuerpo.

Cuando abrió la reja inesperadamente despertó el mestizo y sujetó con fuerza sus piernas, mientras su compañero se le echaba encima. Lo golpearon e insultaron con saña, como si se vengaran, hasta que quedó inmóvil en el suelo ensangrentado.

Ramiro Pardo y Francisco Gonçalves eran famosos cuatreros, les esperaba una condena severa y encontraron la oportunidad de escapar de ella.

-A ver vos si te levantás y venís a atarlo a este infeliz.

Le hablaba apuntándolo despectivamente con la pistola que le había sacado al guardia. Lo hizo con cuidado, tratando de no hacer movimientos bruscos, mientras el otro revisaba todo el rancho que hacía de comisaría y cárcel del poblado, hasta que lanzó un grito de alegría y apareció de nuevo en la celda con una botella en la mano.

-Vamos a tomar esto en otro lado, no vaya a ser que aparezca de nuevo el Comisario.

-¿Y con este que hacemos?

-Matalo, va a molestar nomás.

Sintió el chasquido del percutor y cerró los ojos.

-Pará, no le mates todavía, capaz que nos va a servir.

Él no tuvo otra alternativa que seguirlos en pelo a campo traviesa, montado en uno de los caballos que consiguieron robar de un corral a la salida del poblado.

Galoparon durante horas, hasta que buscaron refugio en un viejo rancho abandonado.

Le ordenaron preparar el fuego, uno de ellos salió y el otro se quedó apuntándole, al rato se escuchó un disparo y poco después volvió Gonçalvez con carne de una oveja, la pusieron junto al fuego clavada en estacas.

Comieron hasta hartarse y dispusieron turnos para la guardia, pero el cansancio de la jornada pudo más y todos despertaron abruptamente con los gritos de la patrulla que había conseguido rodearlos.

Pardo disparó las pocas balas del revolver que le había quitado al guardia, pero no podrían resistir e intentaron la huída por la parte trasera, donde estaban los caballos.

Ninguno de ellos consiguió alcanzarlos, los dos cuatreros fueron abatidos por el plomo de las bocas rugientes escondidas entre las sombras del amanecer y Antonio Gil levantó las manos señalando que estaba desarmado.

Lo capturaron inmediatamente y fue atado a un árbol, a la espera de las órdenes provenientes de la capital a donde se había enviado un mensajero con la noticia de la captura de los peligrosos delincuentes evadidos.

-Así que desertor y cuatrero, una plaga menos va a haber en estos campos

-Yo no soy desertor, yo peleé por mi patria allá en el Paraguay, ya maté demasiados hermanos por un montón de mentiras.

-¡Ahora llamás mentira a servir a la Patria!

-Yo digo nomás que algunos sacan provecho y los que pagamos somos siempre los más pobres.

-Sargento, dale unos buenos lazazos para que entienda lo que es la Patria este hombre.

El sargento, que estaba parado a su lado, sacó un látigo de cuero trenzado que silbó en el aire antes de abrazarlo dejando una marca rojiza y siguió rodeándolo hasta dejarlo plagado de líneas cubriendo su torso desnudo.

De pronto sintió que se desvanecía, sus mandíbulas se aflojaron y dejó que todo su peso colgara de las sogas.

-Pare, ya se desmayó. Despiértenlo con agua.

Sintió que su alma volvía luego de estar sumergida, recordó su infancia nadando en el arroyo que corría cerca del rancho, mientras su madre lavaba la ropa, salió a la superficie y vio en la orilla un niño en la cama, rodeado de velas y mujeres rezando. Sacudió su cabeza con fuerza para sacar el agua de sus ojos y la visión se transformó en el rostro del oficial, que lo miraba fijamente con los mismos rasgos que había visto.

-Es su hijo- musitó- es su hijo que se está muriendo.

-¿Qué está diciendo?

-Su hijo se muere si no va enseguida.

-Cállese la boca. Hagan callar a este desgraciado, está tirando una maldición sobre mi hijo.

-Cuando vaya invóqueme, lleve mi pañuelo con esta sangre derramada sin causa y eso lo va a salvar.

El sargento sacó de un tirón su cuchillo de la cintura.

-¡Como las ovejas que andas cuatrereando te voy a carnear desgraciado!

Y sin más miramientos cortó de un solo tajo el cuello descubierto y la sangre brotó a borbotones hasta que el cuerpo se quedó inmóvil.

La partida cargó la última cabeza junto a las otras, dejando el cuerpo todavía atado al árbol y emprendieron la marcha a Mercedes. Todos iban especulando para sus adentros la recompensa que recibirían por la captura de estos tres malhechores, pero a mitad de camino se encontraron con el mensajero que traía la carta de Velázquez.

El sargento la leyó y el rostro se le puso de color ceniciento, cerró los ojos y dio la orden.

- A galope tendido hasta el cuartel, el cabo y un soldado viene conmigo hasta mi casa.

Salieron volando sobre sus monturas, exigiendo al máximo a los animales que resoplaban por el esfuerzo.

En ese cuarto con paredes apenas alumbradas por candiles de sebo, estaba la escena que había visto el prisionero en su doloroso delirio.

El oficial no supo bien por que en ese momento, pero había llevado el pañuelo ensangrentado y con él cubrió el cuerpo del niño ante la mirada atónita de las mujeres, que se persignaban con los rosarios enredados entre los dedos, después se arrodilló y emitió viva voz su plegaria.

- Antonio Gil traje tu sangre que ahora compruebo inocente y te pido que salves a mi hijo.

La pequeña mano se movió tomando la de su madre y la miró con el brillo de la vida destellando en los ojos. El padre salió al patio, sacó un revólver y puso el caño dentro de su boca, le temblaba la mano enrojecida como nunca lo había hecho en su vida, hasta que se aflojó por completo y disparó tres tiros al aire.

Ordenó que ensillaran otro caballo y galopó hasta el árbol donde había quedado el cuerpo, lo desató en silencio y comenzó a cavar. Amaneció cubierto de tierra y con el pozo abierto, lo depositó con cuidado y pasó toda la tarde y toda la noche rezando en su memoria.

Recién cuando amaneció levantó las rodillas de la tierra removida, antes de irse clavó una cruz con el pañuelo atado y se comprometió a venir siempre a conmemorar el día en que esa sangre inocente había salvado a su hijo.

Del libro Releyendo mitos. Lavalle publicó además Sarita (novela) Andrés y la Melchora (novela) y Argentina 78, el otro mundial (cuentos), entre otros

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