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La máquina del señor Herbert

domingo 06 de diciembre de 2020 | 6:00hs.
Helio Vera
La máquina del señor Herbert

EI señor Herbert, mi patrón, le ladra a quien le quiere oír que yo causé el problema al ajustar exageradamente las tuercas, como si las llaves se hubiesen inventado para otra cosa. Eso fue lo que hice, ajustar cada tuerca en su justo lugar y nada más, pero el maldito timón se emperraba en trancarse.

Yo, Anthony J. Simpson, soy un hombre puntilloso, jamás llego tarde a mi trabajo y nunca dejo de cumplir una orden. Serví con honor en la marina de Su Majestad, donde se castigaba severamente la menor falta pero, eso sí, había justicia. Nadie puede acusarme de negligente, y mucho menos mi patrón, quien debiera saber que valgo mi peso en oro. Por eso hace muy mal en andar echando pestes contra mí, poniéndome como el ejemplo más completo de la torpeza humana.

Él es un hombre muy inteligente, un intelectual y un caballero, pese a haber perdido en el juego, ya hace diez años, toda la fortuna que heredó de su padre. Pero dudo que sepa distinguir un tornillo de otro ni para qué sirve una llave, lo que explica por qué fue absolutamente incapaz de resolver este asunto por sí mismo. Y lo más grave es que tampoco se atrevió a contárselo a nadie o contratar a alguien que viniese a solucionar este embrollo.

Quizá la solución la tenía el inventor de la máquina, pero el hombre desapareció desde la noche -fue la única vez que lo vi- en que llegó con las cajas que contenían las distintas partes de la maldita máquina. Era un individuo extraño y repulsivo, ya lo dije aquella vez. Tenía la barba de varios días y las ojeras profundas y negras de un vicioso. El aliento a alcohol era insoportable, señal de que se pasaba borracho la mayor parte del tiempo. De tan flaco, flotaba dentro de las ropas, y una ridícula corbata amarilla le estrangulaba el largo cuello de resortes, sobre el cual oscilaba una cabeza redonda y nerviosa.

Una noche -ya era muy tarde- atendí una llamada telefónica y era su voz, su voz chillona de sucia rata de puerto, la que escuché del otro lado. No sé qué le habrá dicho a mi patrón, porque éste salió a la disparada. El portazo que dio al cruzar el umbral retumbó como un disparo de cañón. Volvió muy tarde, con el cuello del abrigo hasta las orejas y el sombrero tapándole las cejas. Cerró la puerta con cuidado, como si no quisiese que le oiga nadie, no sé por qué. Luego me dio una larga explicación sobre lo que había hecho en el club; tan luego él, que de puro soberbio jamás deja dicho dónde va.

El Inventor no apareció más ni se hizo sentir de modo alguno. ¿Dónde se habrá metido?

Tal vez lo encerraron en una cárcel o en un manicomio, que es el lugar donde deben estar los que desafían las leyes de Dios. Tuvimos que armar la máquina, mi patrón y yo, atendiendo a las indicaciones del plano. En realidad, hablando con propiedad, yo trabajaba mientras él daba las órdenes, envuelto en la espesa humareda de su cigarro. Fueron tres noches de trabajo extra por las que, ciertamente, no me pagó ni un penique.

Seguí fielmente las instrucciones del diseño, puse los cristales en sus sitios, ajusté los engranajes, engrasé todo. Debía funcionar como un reloj, pero, cuando intentamos probarla, ocurrió lo inesperado. Una especie de timón de barco que, según el diseño, debía girar libremente alrededor de un eje, se trancó a los diez grados como si la hubiese pisado un elefante. Ahí mismo recibí una tempestad de insultos.

Tuve que desmontar la máquina para volver a armarla, pero el remedio fue peor que la enfermedad: el timón apenas se movió un grado. Un verdadero desastre. Mi patrón bufaba y gesticulaba como un loco. No entendí lo que me decía, aunque tal vez hubiese sido preferible no escucharlo, uno tiene su dignidad, al fin de cuentas. Pero una cosa quedó bien clara: todo nuevo intento de rearmar la máquina podría conducir a un desastre total. Tal vez no se movería ni siquiera un milímetro.

El primer domingo después de haber montado el armatoste, mi patrón, contra su costumbre, se levantó temprano para encerrarse en la habitación donde habíamos instalado la máquina. Un sonido desagradable, como el de un coro de grillos desafinados, escapó de adentro para flotar en el aire durante pocos segundos. Como una hora después, la puerta volvió a abrirse. El señor Herbert tambaleaba un poco como si estuviese mareado. En la mano derecha aferraba con furia un periódico. Al mirarme sólo se le ocurrió murmurar:

-Sólo me puedo adelantar un día. Si no hubieses sido tan inútil...

Se vistió y salió. El periódico quedó sobre el sofá. Algo en la primera plana me incomodó, como si alguna de sus partes no estuviese en su lugar. Fue entonces cuando me di cuenta de un detalle prodigioso: era domingo, y el periódico tenía fecha del lunes siguiente. Creí que era un error, pero sí, era el vespertino del mismísimo, del irrefutable día siguiente. Dentro de un grueso círculo rojo, un lápiz había encerrado el nombre de Satisfecho, el caballo ganador de la carrera principal del Hipódromo de Londres, que debía disputarse esa tarde. ¿No era como para volverse loco?

Cuando el señor Herbert volvió al mediodía, agitado y sudoroso, le hice notar que el periódico tenía la fecha equivocada y que, por ser domingo, él no podía tener un diario del lunes. Lo único que conseguí fue un gruñido:

-Ya lo sé, y qué. Y por tu culpa no me puedo adelantar un siglo, por lo menos.

Armado de ese dato fundamental fue al Hipódromo y apostó todo lo que tenía incluso dinero tomado en préstamo, a las patas de Satisfecho. El apuro le impidió leer que el diario también informaba que Satisfecho era el favorito indiscutible, como pocas veces solía ocurrir. Todo el mundo aposto por él y en consecuencia, pagó una miseria; nadie recupero ni el precio del boleto.

Cuando retornó, casi al caer la noche, estaba rojo de furia, pero me guardé muy bien de decirle que yo hubiese podido haberlo guiado mejor.

Recién una semana después volvió a entrar en la habitación. Luego de ello lo conduje al casino, de cuya entrada principal debía salir a medianoche, triunfante y rico. Salió, pero echado a puntapiés, cuando dos hercúleos guardias lo arrojaron a la calle, como a una bolsa de papas. Cayó a un charco de agua sucia, de donde tuve que recogerlo para meterlo al automóvil. Un tajo en el pómulo izquierdo le sangraba escandalosamente.

-Puerca vida -sollozó-. En varias horas de plantón, me aprendí de memoria todos los números ganadores de la mesa tres. Y esta noche ya estaba ganando una montaña de dinero con las jugadas precisas cuando, para dar el golpe de gracia, aposté lo que tenía a un solo número. ¿Quieres creerlo? Me confundí, y lo perdí todo. Armé un escándalo, pero se negaron a darme una sola ficha para tratar de recuperar por lo menos lo que había llevado conmigo.

Mi patrón se veía abatido, triste. Una semana después era Navidad. En las vísperas, algo reanimado, salió a la calle, luego de garabatear algo en un papel que metió en el bolsillo. Como siempre, dejó el periódico anticipado sobre el sofá. Allí, el infalible lápiz rojo había marcado el número ganador del gran premio de la lotería de Navidad. El rugido del motor del automóvil se perdió en la lejanía.

Volvió al caer la noche, sudoroso y fatigado. Yo estaba repantigado en su sofá favorito, las piernas descansando sobre una silla tapizada en pana que había pertenecido a su abuelo. Era lo reconozco, una irreverencia inaceptable. Pero su furia llegó al colmo al verme entretenido arrojando al aire las volutas que escapaban de uno de sus últimos habanos. Fue, lo confieso, el colmo. Casi rugió:

-¡Ese billete no existe en todo Londres! ¡Y para reventarme definitivamente, vengo a encontrarte así!

Nadie tiene la culpa, y menos yo, de que él sea un atarantado, por eso lo perdono de corazón, y rehúso presentar ninguna denuncia formal. Pero dejo constancia ante usted, señor comisario, que por nada del mundo volveré a servirle.

Doy gracias a Dios porque mi patrón tiene mala puntería y a ello debo que apenas me haya herido levemente uno de los muchos balazos que me disparó.

Suficiente castigo tiene con que dos de los tiros que me erró hayan roto los cristales de la máquina, dañándola irremediablemente. Ahora sí, ya no podrá estafarle al tiempo ni escapar a su irreversible destino de pobre.

Se me olvida contarle que, después de que mi patrón saliese aquella mañana a buscar el billete de lotería, fui a dar un paseo por el vecindario, un poco para respirar aire fresco y otro poco para meditar sobre la extraña conducta del señor Herbert. En la esquina me detuve a charlar con el kioskero, un viejo amigo. Allí, entre los periódicos del día, vi el número anhelado, brillando entre los billetes de lotería ofrecidos a la venta. Lo compré, sin dudar. Se lo conté a mi patrón durante una pausa en medio de la tempestad de insultos con que me saludó al volver a casa. ¿Qué hubiese hecho usted en mi caso?

El presente relato fue publicado en la Colección Cuentos de Autores de la Región Guaraní publicado por El Territorio. Vera  nació en Villarrica, Paraguay, fue abogado y periodista. Falleció en 2008.

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