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Jóvenes con menor coeficiente intelectual que sus padres

jueves 26 de noviembre de 2020 | 5:00hs.
Jóvenes con menor coeficiente intelectual que sus padres

El doctor en neurociencias Michel Desmurget, director de investigación del Instituto Nacional de Salud de Francia, escribió el libro “La fábrica de cretinos digitales”, en el que alerta sobre el impacto que tiene el abuso de tiempo frente a las pantallas en el coeficiente intelectual de nuestros niños y jóvenes hijos. En este libro, el autor detalla –con datos estadísticos duros y en forma contundente– cómo los dispositivos digitales (PC, tablets, netbook o celulares), están afectando gravemente, y para mal, al desarrollo neuronal de niños y jóvenes.

En este libro, que se ha convertido en un gigantesco superventas en Francia, señala que con el llamado efecto Flynn (elaborado en los años 1940), los investigadores sociales y psicólogos especializados han observado –en muchas partes del mundo y a lo largo de 80 años– que el coeficiente intelectual humano aumentaba de generación en generación.

Si bien el coeficiente intelectual se ve fuertemente afectado por factores nacionales como el sistema de salud, el sistema escolar o la nutrición, si tomamos países donde los factores socioeconómicos se han mantenido bastante estables durante décadas (como Noruega, Dinamarca, Finlandia, Países Bajo o Francia), se ha observado que el efecto Flynn ha comenzado a reducirse. En esos países, los menores “nativos digitales” son los primeros niños, adolescentes y jóvenes que están teniendo un coeficiente intelectual más bajo que sus padres a sus mismas edades, hace 30 a 60 años.

Lo que se sabe –con seguridad– es que incluso si el tiempo que un niño pasa frente a una pantalla no es el único culpable de tener un importante efecto en el coeficiente intelectual. Varios estudios han demostrado que a medida que aumenta el uso de la TV o los videojuegos, el coeficiente intelectual y el desarrollo cognitivo (intelectual) disminuyen. Y que los principales fundamentos de nuestra inteligencia se ven afectado: el lenguaje, la concentración, la memoria, la cultura (definida como un conjunto de conocimiento que nos ayuda a organizar, comprender y participar del mundo). En síntesis, que estos impactos conducen a una caída significativa en el rendimiento escolar y académico.

A estas causas también se agregan la reducción de la calidad y cantidad de interacciones intrafamiliares, fundamentales para el desarrollo del lenguaje y el desarrollo emocional; del tiempo dedicado a otras actividades más enriquecedoras como música, arte, lectura, deporte; la interrupción del sueño, que se acorta en horas diarias y se degrada cualitativamente; la sobreestimulación de la atención, que provoca trastornos de concentración, aprendizaje e impulsividad; se reduce su estimulación intelectual, impidiendo que el cerebro despliegue todo su potencial, además de adoptar un estilo de vida sedentario excesivo que –además del desarrollo corporal, como la obesidad– influye en la maduración cerebral.

Todos y cada uno de estos aspectos están desarrollados en este libro, que por otra parte le permite a un lector sospechar por qué las élites de Silicon Valley -líderes informáticos del mundo– mandan a sus hijos a colegios sin wifi.

Como el autor, M. Desmurget, es experto en el desarrollo neurocerebral, señala además que el mundo en el que vivimos y que viven nuestros hijos, los desafíos y sorpresas diarias a las que nos enfrentamos, van modificando tanto la estructura como su funcionamiento, y que algunas regiones del cerebro se especializan: algunas nuevas neuronales redes se crean y se fortalecen, otras se pierden, unas se vuelven más gruesas y otras más delgadas.

Se ha observado (y medido muy detalladamente en tiempo, dimensiones, formas, estructuras, etc.) que el tiempo que se pasa ante una pantalla por motivos recreativos retrasa la maduración anatómica y funcional del cerebro dentro de diversas redes cognitivas relacionadas con el lenguaje y la atención. Agrega que las actividades relacionadas con la escuela, el trabajo intelectual, la lectura, la música, el arte, los deportes, etc., tienen un poder estructurador y nutritivo del cerebro mucho mayor que las pantallas recreativas.

Existe un fenómeno humano, que pocos conocen, llamado neuroplasticidad. En 1985, Marian Diamond publicó un estudio sobre el cerebro de Albert Einstein. En el trabajo había analizado varias muestras del cerebro del físico alemán y las comparó con muestras similares sacadas de otros cerebros de control. El resultado fue que en el cerebro de Albert Einstein, la cantidad de células gliales, un tipo de células que junto con las neuronas forma el sistema nervioso humano, era superior a lo normal en algunas de las áreas estudiadas, concluyendo que Einstein las había desarrollado a lo largo de su vida, investigando, leyendo, redactando y escribiendo permanentemente.

El potencial de la plasticidad cerebral (o sea la reconfiguración neuronal cerebral humana) es máximo durante la infancia y la adolescencia. Después, comienza a reducirse lentamente, y aunque no llega a desaparecer durante toda la vida, se torna menos eficiente. El cerebro se podría comparar con una plastilina: al principio, es húmeda y fácil de esculpir, pero con el tiempo se reseca y es mucho más difícil de moldear; por eso que suele decirse que el mejor antídoto ante el Alzheimer es no dejar que el cerebro se deje de usar a medida que pasan los años de los adultos mayores. Yo lo aplico: a pesar que dejé de trabajar y tengo 81 años, por ejemplo, el trabajo intelectual de elaborar, consultar y redactar estas notas con herramientas digitales para los lectores de El Territorio, es un verdadero tónico neuronal.

Para concluir, no creo que la “revolución digital” sea mala y deba ser dejada de lado, y me pregunto: ¿deberían enseñarse a los estudiantes las herramientas y habilidades informáticas fundamentales? Obviamente que sí, ya que la tecnología digital es una herramienta relevante en el arsenal pedagógico de los docentes. Y sobre todo si es parte de un proyecto educativo estructurado y si el uso de un software determinado promueve eficazmente la transmisión de conocimientos.

Sin embargo, cuando se pone una pantalla en manos de un niño o de un adolescente, casi siempre prevalecen los usos recreativos más empobrecedores. Primero la televisión, que sigue siendo la pantalla número uno en todas las edades (películas, series, clips, etc.); luego los videojuegos (principalmente de acción y violentos), y finalmente, en torno a la adolescencia, un frenesí de autoexposición fútil en las redes sociales.

Cada padre, madre o tutor debería saber qué hacer en torno a esta real problemática actual, pero considero oportuno que sepan que ya en Taiwán, por ejemplo, se considera que el uso excesivo de pantallas es una forma de abuso infantil, y ha aprobado una ley que establece fuertes multas para los padres que exponen a niños menores de 24 meses a cualquier aplicación digital y que no limitan el tiempo de pantalla diario de los chicos de entre 2 y 18 años de edad.

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