viernes 04 de diciembre de 2020
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La miel

domingo 22 de noviembre de 2020 | 5:00hs.
Germán Dras
La miel

Yendo por el camino de la costa, a una distancia de poco más de un kilómetro aguas debajo de Teyucuaré, se encuentra un gran naranjal sobre un suelo limpio, engramillado, y en medio de él un claro con tres buenos ranchos abandonados. Fue la casa de don Gabriel, un viejo brasileño que había vivido allí más de treinta años. Todavía nadie quiere habitar ese lugar, porque aún está fresco el recuerdo del episodio que hizo irse a la familia de don Gabriel. Sólo queda por aquí, rodando de yerbal en yerbal, su hijo Fortunato, un muchacho forzudo y bien constituido, pero mudo; y tengo para mí que también está un poco idiota. 

Se cuenta que nadie era más capaz que ese viejo brasileño para derribar un monte, a hacha y machete, y dejarlo aplastado contra el suelo como un colchón de paja. En ese trabajo desarrollaba una gran técnica. Atacaba los espesos e intrincado tacuarembozales a machete y gancho, y solía usar la foiza brasileña cuando el bajo monte era arbustoso y las lianas presentaban el aspecto de ‘telarañas. Luego empuñaba el hacha, y en poco tiempo, con tenaz regularidad en el trabajo, volteaba, e iban cayendo con estrépito de fusilería los gigantescos ivirapitá, los duros lapachos, los acanalados maría pretas, hasta borrar el monte. Ambas márgenes del Alto Paraná conocían la fuerza de su brazo y de su constancia; y donde era necesario derribar monte, allí estaba el brasileño Gabriel acompañado de su hijo.

Aprovechaban el tiempo seco para hacer rozados; así se secaban bien hasta las ramas gruesas y todo se quemaba mejor. Pero aquella vez, cuando ocurrió el último episodio, la sequía había sido fuerte y resultaba peligrosa la quema: era posible que el fuego pasara a los bosques colindantes y que éstos ardieran en pie. Sin embargo, se hacía necesario correr ese riesgo y quemar en seguida; un creciente viento norte, cálido, pesado, transpirante, ampliaba en el horizonte una línea negra que pronto habría de cubrir el cielo y derramar un diluvio sobre el rozado. Había que quemar. Gabriel y Fortunato fueron al rozado. Las seis hectáreas de monte aplastado contra el suelo estaban amarillas, recalentadas por el sol de mediodía y resecadas por el viento.

-Va a quemar, como pólvora -murmuró Gabriel, con la vista fija en un punto de la ramazón caída, como si también pensara en otra cosa.

Sí, en ese momento se acordaba de la miel de yateí que había visto en uno de los troncos volteados. La yateí es una pequeñísima abeja amarillenta que construye su panal dentro de los troncos y elabora una rica miel, muy buscada por los hombres de la región, porque, además, es “remedio”.

-Primero quiero sacar la miel -le dijo a Fortunato- quedate aquí, y cuando yo te grite, meté fuego.

Era muy difícil, casi imposible, caminar por sobre esa tremenda maraña seca. Echó a andar bordeando el rozado y se detuvo en el otro extremo con el hacha al hombro. Desde allí buscó un poco con la vista; y se internó a duras penas en el rozado. Al cabo halló el tronco que guardaba la miel. En dos hachazos abrió un agujero; pero éste resultó demasiado justo; metió la mano y después no pudo sacarla. Entonces, para ayudarse, con el brazo libre se apoyó en un tronco que estaba sobre él, en equilibrio, y éste cayó pesadamente sobre el codo, apretándole aún más la mano contra el panal de yateí. Ahora ya le era imposible sacar el brazo y su posición no le permitía moverse. Tuvo que llamar a su hijo.

-¡Fortunato!

Mientras tanto, el muchacho había hecho una especie de antorcha con varillas de tacuapí para poder encender fuego rápidamente en varios puntos, y estaba alerta. El fuerte viento en contra apenas le dejó oír la voz de su padre, pero la oyó: era la voz de mando que esperaba. Encendió la antorcha, y corriendo y brincando a lo largo del borde del rozado con la agilidad de sus dieciocho años, en un momento levantó una cortina de fuego de doscientos metros.

- ¡Fortunato! ¡Fortunato! ¡Socorro!...

El muchacho se detuvo, había oído como en un sueño ese grito de socorro a través del chisporroteo del incendio. Con los nervios en tensión contuvo el aliento para escuchar, y volvió a oír el grito:

-¡Socorro!

Las llamas y las columnas de humo se extendían y formaban inmensos remolinos horizontales, y la cortina de fuego avanzaba a la velocidad del viento.

Fortunato se lanzó como un bólido por el borde del rozado para dar la vuelta y llegar por detrás hasta donde estaba su padre. Corría, mirando las llamas; y las llamas corrían también. Pero él corría más. Saltaba por encima de los troncos, y parecía volar. En los puntos infranqueables entraba en el monte; a veces caía trabado entre las lianas, y otras las rompía con su empuje, dejando, trozos de ropa ensangrentada entre las espinas. Poco a poco ganaba terreno; las llamas corrían ya detrás de él. Dobló la esquina del rozado y corrió cien metros más, envuelto en humo. Ahora su padre se encontraba entre la cortina de fuego y él; pero él tenía que llegar primero. Penetro en la ramazón caída, y saltando como un tigre enredado avanzó contra el fuego. El humo, a cada instante más denso y caliente, lo ahogaba y le obscurecía la conciencia.

Hasta que una ráfaga de chispas le produjo en su cuerpo desnudo el dolor de mil saetas y lo obligó a retroceder, a pesar de su ímpetu; y las llamas lo alcanzaron, lo quemaron, rompieron la fuerza de su voluntad enloquecida, y lo empujaron fuera del rozado. Entonces Fortunato se internó en el bosque y continuó corriendo, corriendo...

Esta historia me la contó el mismo Fortunato, por medio de señas, gestos y dibujos en el suelo. Perdió el habla en aquel accidente.

Del libro Aguas Turbias. Germán José de Laferrere (su nombre real) escritor, periodista, diplomático, residió en Misiones entre 1932 y 1942. Publicó libros de cuentos y novelas. Falleció en 1952

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