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Ingeniero aeronáutico

domingo 15 de noviembre de 2020 | 5:00hs.
Diego Luján Sartori
Ingeniero aeronáutico

A Claudelino Venegas, le llevó cuatro años ingresar a la Facultad de Ingeniería Aeronáutica, pero lo logró. En tanto la espera no ha sido vana, ya que no escatimó esfuerzos en concebir en el papel todo tipo de prototipos aeronáuticos, con los que apabullaba a sus profesores. Les enseñaba su modelo de avión invertido con la cabina en lugar de la cola y la cola en la zona de la cabina, esgrimiendo un argumento estratégico relevante: “así cuando el enemigo piensa que reculamos en realidad vamos hacia delante” o el del helicóptero personal, con el que decía a los profesores el automóvil se haría inútil, pues se podría volar desde el patio de la casa o la terraza y aterrizar en los supermercados o plazas cercanas a ellas. De nada valieron las advertencias de sus profesores quienes le explicaban que debido a la gran cantidad de cables, no podría hacerlo en la ciudad sino a campo traviesa.

A Claudelino le costaba entender porque cientos de operaciones en otras cientos de hojas equivalían apenas a 10 Cm 2 en el plano real de un avión. Pero no se amilanó y aunque le llevó tres años aprobar el primero, siguió sus estudios con empeño.

Una tarde llegó a la facultad totalmente enyesado del lado derecho de su cuerpo. Es que como ya había aprobado el primer año de ingeniería estaba ansioso de probar el prototipo de su helicóptero personal y atendiendo a las recomendaciones de sus profesores con el tema de los cables, salió en compañía de un amigo a probar la máquina en el campo. Se paró a unos cien metros de la línea de alta tensión, mirando campo adentro. Se subió a la máquina y esta tras toser, tomó regularidad y se elevó. Transitó sonriente saludando a su amigo que todo lo registraba con una filmadora, se sentía triunfal. Pero algo ocurrió, sin explicación el helicóptero personal viró 180° y rumbeó directamente a los cables de Alta de Tensión, contra los que se estrelló, provocando unos fogonazos y chisporroteos tremendos, Claudelino zafó de la descarga eléctrica, pero no pudo evitar la caída ya que el aparatejo se partió en dos partes. Las heridas del estudiante han sido: fisura de cráneo lado derecho, clavícula, húmero, cúbito, radio, fémur, tibia, peroné, tobillo, falange del dedo meñique, todo del lado derecho, lo que resulta obvio presumir que el futuro ingeniero había dado con el lado derecho de su humanidad, contra el suelo. Tras el análisis de situación comprendió que no había tenido en cuenta detalles relacionado con la navegación, materia que se daba recién en tercer año de su carrera.

Otros cuatro años –y sumaban ya diez que salió de su casa para estudiar- aprobó el tercer año. Nuevamente envalentonado por el nuevo paso en la carrera y ultimando detalles en la máquina voladora unipersonal, salió a probarlo. Por las dudas, se retiró a cinco kilómetros de cualquier línea telefónica o árbol que pudiera quedar enganchado, lo acompañaba nuevamente su amigo para llevar adelante los respectivos registros vía filmadora y ya como ingeniero testigo técnico del suceso que viviría Claudelino probando su invento.

Esta vez precavido y como la adversidad enseña, probó antes el funcionamiento de su máquina voladora a control remoto: ascenso, adelante, atrás, izquierda, derecha, inclinación hacia los cuatro costados y descenso suave. Parecía que todo funcionaba bien. Se instaló en el vehículo en el que se viajaba parado, asegurado por un arnés de seguridad. También había tomado precauciones de seguridad personal: casco, del lado derecho de su cuerpo se protegió con gruesa goma pluma, coderas, tobilleras, rodilleras y anteojos irrompibles, era todo un piloto. El armatoste subió, voló dócilmente, realizó giros y piruetas, todo era seguido de cerca por su amigo y unos lugareños que aplaudían y festejaban el artificio. Sin embargo, el destino estaba por jugarle a Claudelino una nueva mala pasada. De pronto, el motor tose y se detiene viniéndose abajo, cae con Claudelino prendido del arnés a una laguna, la goma pluma se empapa de agua y lo hunde del lado derecho, estaba a punto de perecer ahogado cuando lo rescatan. Sin embargo anotó en su cuaderno técnico: es recomendable y oportuno tener un tanque de reserva de combustible.

Cuando sus padres ya ancianos, estaban preocupados porque parecería que no verían al hijo trayendo el título  a casi 18 años después, Claudelino Venegas lo logró se recibió de Ingeniero Aeronáutico siendo su tesis de grado el Helipersonal urbano y rural, incluso en un acto de alarde lo hizo volar y aterrizar en un campo de deportes de la facultad de Ingeniería aeronáutica.

 

Llegó a la estancia de sus padres, donde los esperaban con regocijo pastoril. Una enorme pancarta rezaba “Bienvenido Claudelino Venegas, Ingeniero Aeronáutico”. Soltero y diplomado despertó el interés de las chinitas de la región a las que solía dar largas y entretenidas charlas técnicas detrás del gallinero. Miró los silos de la estancia, la gran diversidad de tanques de muchos tamaños y se resolvió. A la noche se lo diría a su padre:

- Tata, necesito financiamiento para construir un cohete para mandarlo fuera de la atmósfera.

-¿Por qué no aprovechás y mandás algunos políticos  juntos...?

Se rieron, de la chanza del patriarca. Al día siguiente se puso mano a la obra. Varios peones ayudarían en las tareas y algunas chinitas cebarían mate y recibirían charlas técnicas detrás del gallinero.

Cuando todo estuvo dispuesto como su tata financiaba el proyecto no pudo evitar que el cohete fuera pintado con los colores de Boca Juniors. Llamó a su amigo para que registrara el momento trascendental de lanzar el vehículo al espacio. Quien cuando llegó le convino: me imagino Claudelino, que no intentarás pilotar el cohete.

- Si Tata no terminó la primaria y pilotea su avioneta, porque yo que soy Ingeniero Aeronáutico no lo haré.

Una tarde probaron todo:

- Motor uno, un ruido sacudió el aire

- Motor dos, lo mismo

- Motor tres... de igual modo

- Motor cuatro... silencio... No andaba, debía realizarse nuevos ajustes.

Mientras se terminaba de ajustar los detalles del cohete, Claudelino iba y volvía al pueblo en su Helipersonal, causando susto en los gurises, admiración en los viejos y desmayos de impresión en las chinas menores de 20 años. Aterrizaba en la plaza o en la cancha, hacía las compras y volvía a la estancia, no sin antes repostar combustible.

Cuando llegó el día se presentó ante un público que se había reunido en torno al cohete, hasta el Gobernador estaba presente para ver la proeza de un hijo de la provincia, vestido de astronauta: escafandra, buzo anti incendio, del lado derecho un protector de polímero liviano y que no absorbe agua como protección, inventado por el mismo. Pava y mate blindados, y por las dudas, ya que la experiencia enseña: un bote inflable por si en vez de aterrizar acuatiza. Sobre la visera del casco una bandera Argentina y a pedido de Tata una bandera de Boca. Teléfono celular, radio de comunicaciones, provisiones y todo lo que se necesita para el viaje.

Comienza la cuenta regresiva, su madre llora, el padre saca pecho, los amigos se ponen inquietos. Se cuenta al revés: 100, 99, 98...

Se enciende el motor uno, luego el dos, el tres y el cuatro. 20... 19... 18, se abre la puertezuela y sale Claudelino, diciendo, he considerado que el presente será un viaje no tripulado. Muchos se distienden, cierra la puerta. 10...9...8...7... 2,1, fuego. Se enciende el motor principal del tal modo que partes de silos y tanques de combustibles salen raudos hacia el cielo y forman una estela luminosa que el sol pinta de oro perdiéndose de vista. El acontecimiento es festejado por la noche con un asado y ricos vinos. Cuando en la tele se anuncia que la Nasa, ha detectado en órbita un extraño aparato, pintado de amarillo y azul, que presuntamente partió del cono sur de América, en la zona nordeste de Argentina y lleva inscripciones como: Claudelino Venegas, Ingeniero Aeronáutico, República Argentina, ¡Viva Boca! Todos sabían que era el aparato de Claudelino.

Habían pasado seis meses de su estadía en el campo, cuando recibió Claudelino un telegrama, dándole trabajo, menos mal, ya que algunas de las chinas que recibían lecciones detrás del gallinero, comenzaron a sentir científicas pataditas en el vientre. Se despidió de todos y marchó a su primer trabajo como Ingeniero, en una fábrica de aviones de juguetes, pero de aviones al fin.

Sartori es docente y periodista. Reside en San Vicente. Publicó ocho libros personales e integró 20 antologías

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