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Políticas Narrativas

domingo 15 de noviembre de 2020 | 5:00hs.
Políticas Narrativas

Las (dice que Nuevas) Políticas Narrativas de Estado comprendían Estudios formales e informales, con sus respectivos partidarios entre los escritores del momento. Los formales se parecían a los realizados por la crítica literaria más tradicional. Nada nuevo, es cierto, y en franco proceso de retroceso y deterioro como todo lo demás en aquellos días. Por otra parte, quienes pudieron sostener en el tiempo sus principios diferenciales (tipologías, géneros, definiciones de campos, incluso lo que desearíamos poder llamar nuevos formatos discursivos, etc.) de inmediato comprendieron que lo hacían porque Devulio se los permitía. No olvidar que ya en esa época todos usaban PC o teléfonos para escribir. Los otros, los informales, escribían a mano. Eran llamados Los Manopla justamente porque escribían todo así. No revisaban nada de su producción y adherían a las leyes de Libre Tránsito y Albedrío Narrativo. También solían usar una manopla para escribir. La manopla consistía en un implante en las extremidades cada vez que se requería de la escritura por afuera de la PC. Cualquiera podía tener una, o dos en el caso de los ambidiestros, una especie rara que podía escribir con las dos manos. Estas eran más costosas, es cierto; había algunas que te permitían escribir al mismo tiempo historias diferentes con ambas manoplas. Pero no era, por cierto, hábito de cualquiera en esos días y además corrías el riesgo de volverte un poco disperso, por así decir. Tenías que tener cierta, digamos, disociación baterística. Unos pocos de Los Manopla, sustituían, literalmente, un desarrollo narrativo por otro en medio de la escritura, o bien alternadamente, intercalaban partes de las historias que escribían con ambas manoplas. Aunque esto tampoco era corriente. Lo común era que el manopla no fuese ambidiestro. Además, la principal diferencia entre formales e informales tenía que ver con cuestiones vinculadas a especificidades compositivas. Éstas tenían que ver, en particular, con cuestiones de estilo. Se apreciaba como rareza la adecuación entre todo tipo de relaciones cuyas derivaciones estéticas, en el marco de algunos movimientos de época, propiciaban adeptos por aquí y por allá, como quien dice, en especial de los editores que, al acecho, requerían de nuevos estilos y formatos para su publicación. La informalidad, como era de esperarse, logró ser considerada como un modo apenas tolerable y algunos despistados  incluso la creyeron verdaderamente extemporánea a las cuestiones formales. Tampoco buscaba establecer estilos ni mucho menos integrarse a estéticas ni nada semejante. En ese ámbito nacieron los primeras Publicaciones Informales de Época. Sí, finalmente Los Manopla entendieron que sus textos eran reconocidos, en un tiempo más o menos oportuno, por quienes lo hicieron posible y se sumaban gustosos a su práctica. Una de las formas preferidas por muchos fue la devúlica. Una mezcla de escepticismo alegre propio de la ZD que prendió rápidamente en los usuarios más experimentados, entre los que se contaban los budistas zen que renunciaban al Samadi (debido a que la prometida Era de Acuario resultó un fraude) y los neo veganos. Consistía en un formato que integraba varios géneros a la vez que rápidamente se puso de moda, especialmente en las inútilmente afamadas Redes Sociales (“El Pajarito”, “Qué hay” y “Gramática del Instante”, fueron las más utilizadas. (Gramática del Instante se merece unas líneas aparte.) Aunque de orígenes ciertamente literarios, en el sentido, digamos, de escritura individual típica de los s. XIX y XX, canonizó con estrepitosa celeridad hibridaciones con el video, los archiblogs e, incluso, en algunos casos, el chat-plat y la escritura colectiva en tiempo real, estableciendo así un despropósito narrativo, altamente interactivo, con elevados visos de inadecuación, ante todo como premisa estética, si es que podemos decirlo así. Esto no duró demasiado. No al menos como producto de consumo masivo. Devulio los constriñó a la periferia de un sub-sistema conocido por narcisistas y ególatras consumados como La Caretita. Sus usuarios, Los Zafitna, esparcían apenas uno que otro relatito interesantemente aburrido; áspero borde habitualmente visitado por vanidosos, proxenetas y mujeres y hombres de variada fortuna. No se ve nada de arte por ahí y eso es lo que exaspera a Devulio. Es, por lo general, muy condescendiente con quienes portan, dejándola caer poco después, una que otra idea; pero con los que sólo hablan de sí mismos es letal. De La Caretita, sólo quedan fragmentos tan aislados entre sí que nadie diría que alguna vez conformaron un criterio editorial de época. Después de algunos años ya nadie la visita. Perdió todo interés, si es que alguna vez lo tuvo. Los Zafitnas Elementales, autodenominados así porque se consideraban el ala radical de La Caretita, también originaron un (nuevo) Movimiento Musical Finisecular que dio por tierra con las asperezas ya limadas de tanto arrebato, alcohol de quemar y drogas de síntesis. Lo último fue una droga sonora que producía un zumbido que abarcaba todas las frecuencias audibles al mismo tiempo, en un mix demoledor con las frecuencias más bajas que, según consta en grabaciones, sólo pretendía adormecer a los incautos y necios impostores de costumbre, es decir, los caretita. También podrán encontrarse algunos títulos a nombre de Os Azuis (otro seudónimo). Éstos gustaban de desnudarse, ponerse cianóticos y tomarse fotografías en cualquier parte. Se cuentan pocos, igualmente.

El texto es parte del libro Ahora después. El autor es docente en la carrera de Letras de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Unam

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