jueves 03 de diciembre de 2020
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Los locos de la “hangada”

domingo 15 de noviembre de 2020 | 5:00hs.
Oscar Fernández Real
Los locos de la “hangada”

Antes del mediodía siguiente zarpamos rumbo a Puerto Iguazú, cumpliendo el último tramo de nuestro itinerario. Entre mate y mate observamos cómo corren por nuestros laterales las altas riberas selváticas, que encajonan al gran río durante su rápido escurrir. Enterados de nuestro proyecto de recorrer esas aguas en sentido inverso, los hombres nos expresan sus dudas. “¿Están locos? ¿Quieren navegar por acá en una hangada?” (así llaman a las balsas, porque la lengua guaraní convierte a la jota en hache).

El Alto Paraná corre encerrado entre la jungla con un ancho promedio de medio kilómetro, pero su profundidad alcanza a los cincuenta metros y las barrancas selváticas tienen una altura de más de sesenta metros (la altura del Obelisco porteño, o un edificio de veintidós pisos, según nuestra métrica urbana). (…). “Si en esas aperturas que se dan debajo de Posadas los agarra una tormenta, traten de refugiarse en alguna orilla porque el oleaje se pone muy bravo y hasta hunde a barcos grandes”, explican los veteranos.

El baqueano nos señala algunos pasos difíciles que deberemos enfrentar, donde hay correderas y restingas, así como grandes remolinos. Aquellas son puntos muy rápidos y poco profundos, donde se ocultan las otras piedras amenazadoras. “Los remansos son grandes espirales en donde si se meten no podrán salir, y si los atrapan los remolinos, cuando los chupen desde el centro, les van a deshacer la balsa y se los tragarán a ustedes y a los troncos”.

El vórtice de un remolino en Paso Parejhá.

Nos preocupan estas opiniones, porque provienen de gente conocedora, y no de las ilusas ideas que me había inspirado la aventura de la Kon Tiki.

En fin, mañana llegaremos a nuestro destino y ahí veremos cómo construiremos nuestra balsa.

Casi exactamente al mediodía arribamos a Puerto Iguazú. Nos despedimos de la tripulación, luego de pagar nuestro pasaje “de cubierta”. Amable, el capitán apenas nos cobra 52 pesos, mucho menos de lo acordado.

Apuro una entrevista con el director del Parque Nacional, un señor Reinoso, que nos desilusiona al explicarnos que no contaremos fácilmente con madera porque al tratarse de una reserva forestal no se pueden cortar troncos y los que se puedan hallar caídos en medio de la selva, o estarán podridos o resultará muy difícil sacarlos a la costa. ¡Estaremos en medio de una tupida selva y no podremos contar con maderos que floten! Una falla fundamental de mi candoroso plan. Alicaídos, esperamos que el encargado de la Prefectura se levante de su siesta para presentarnos y mostrar nuestro valioso salvoconducto. El oficial se presta a alojarnos en la única sala libre del edificio de madera y chapa, que es la armería. Al menos tendremos en donde dormir. Como oficialmente somos periodistas y tomamos fotografías, los dos primeros días recibimos invitaciones para comer –del Intendente del Parque, del secretario de la Municipalidad, del patrón de otro buque y hasta de los oficiales de la Prefectura que aprovechamos inmediatamente.

 

Una araña nos da de comer

La directora del hospital es una señora de origen alemán, muy eficiente y autoritaria, que diagnostica una peligrosa picadura, por lo que mi compañero deberá internarse durante tres o cuatro días para identificar el tipo de alimaña y la evolución de su tratamiento (seguramente una araña) con algún suero antiponzoñoso. Este accidente complica nuestros planes pero de pronto encontramos una impensada solución, ya que como la comida del hospital es buena y abundante, mis visitas al internado se realizan casualmente a la hora de los almuerzos y cenas, además de recibir de su ración los panes y el dulce de meriendas y desayunos. Al cuarto día la hinchazón desaparece (nos dan “de alta” a ambos) y se acaba nuestra pensión. Por la noche un furioso temporal de relámpagos y truenos nos empapa mientras intentamos bajar hasta nuestro alojamiento cercano al puerto. Patinamos sobre el barro y caemos sobre los pequeños torrentes de la lluvia, sin lograr afirmarnos por los rústicos senderos en pendiente. Exhaustos y mojados, alcanzamos a refugiarnos en el cuartito que nos presta la Prefectura. No hablamos, pero al otro día coincidimos en que ambos pensamos en lo bravo que será si nos agarra un temporal así cuando estemos lejos de toda población, en el río o en la selva. Entretanto, yo había acentuado los contactos para construir nuestra balsa. El intendente del Parque nos brinda un gran apoyo cuando localiza varios troncos secos (no habíamos pensado que los árboles recién cortados y llenos de savia no flotarían mucho) y nos ofrece la importante colaboración de don Ismael Frutos, un viejo jangadero que es obrero del aserradero y al parecer tiene mucha experiencia en el armado de “hangadas”. Trabajó así años atrás, cuando los troncos se llevaban flotando aguas abajo hasta los aserraderos. Pronto, otros trabajadores del Parque Nacional se interesan por nuestro proyecto y comienzan a darnos apoyo. En la herrería nos fabrican unas gruesas clavijas de hierro y también nos suministran mucho alambre galvanizado con el que pensamos atar entre sí los troncos, pese a las titubeantes protestas del viejo. Es que Don Ismael insiste que las mejores ataduras se deben hacer con largas lianas llamadas Isipó, a las que se les extrae el núcleo duro para quedarse con su fuerte y flexible corteza. Afirma que los alambres son ataduras rígidas y que podrán reventar por las sacudidas. Nosotros, productos de la civilización, preferimos confiar en los gruesos hilos de acero producidos por la metalurgia moderna (¡las lianas las usaba Tarzán! nos burlamos).

Atando los troncos con alambre, no hacemos caso de los expertos. Como en todo pueblo chico con pocos entretenimientos, pronto todos se enteran de “los locos de la Kon Tiki”, como ya nos han apodado. Claro, muchos miran pero pocos ayudan. Y tampoco nos invitan a comer, de modo que vemos agotar nuestros pocos pesos, que gastamos en arroz, mandioca y sal para prepararnos unos precarios guisotes.

Me invade el desánimo. Sentado en la galería de un derruido galpón del aserradero mientras veo chorrear el diluvio por los aleros, me dedico a escribir un balance de la situación; “¡Escuchá, loco! Estás a dos mil kilómetros de tu casa, vos que nunca dormiste siquiera una noche fuera de tu humilde hogar. No tenés a quien pedirle ayuda, ni pensar en tus viejos que tienen lo justo para cada mes. Y vos acá sumás 36 pesos para regresar y alimentar a dos personas, incluido tu compañero que todavía está afiebrado por la picadura de la araña. Por la lluvia tenés tu ropa embarrada, con un solo par de mocasines viejos que, para colmo, tienen la suela agujereada. Barbudo, no tenés cómo afeitarte ni tampoco jabón o siquiera un peine, y sin noticias del resto del equipaje (que probablemente esté perdido en Posadas). Agregá a todo esto que tu compañero es un inconsciente (quizá también como vos), incapaz de aportarte soluciones. Estás soportando hambre y seguramente sentirás más hambre y penurias. Y todo ¿para que?, así con mayúsculas. Me pondría a llorar, si esto sirviera de algo. Mi amigo me mira y sonríe. Me dice: “Vamos a tener una linda aventura ¿no?

-Sí- le contesto.

Oscar Fernández Real y un amigo, ambos muy jóvenes, emprendieron esta aventura en el año 1956. Pese a todas las dificultades, arribaron a Puerto Madero tres meses después.

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