lunes 30 de noviembre de 2020
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Procedimientos para matar a un artista

domingo 01 de noviembre de 2020 | 6:00hs.
Sebastián Borkoski
Procedimientos  para matar  a un artista

Podrías comenzar por decirle que pocos logran la fama y el éxito, tratá de que no se dé cuenta de que la fama importa poco y el éxito es extremadamente relativo.

Si la primer medida no funciona un buen intento sería susurrarle al oído que lo importante es primero tener un sustento para vivir (es fundamental insistir en este punto) y después el resto. Aunque el sujeto podría considerar ambos sustentos igualmente necesarios para no morirse.

Los procedimientos anteriores podrían cubrir al artista, todavía en potencia, en un manto de dudas; para fulminarlo del todo es conveniente inducirlo a la búsqueda de un trabajo más seguro, un lugar más cómodo. Esta medida probablemente funcione pero deberías asegurarte de que el trabajo seguro no le de espacio para pensar y mucho menos sentir, de ser así estarías retrocediendo pasos.

Si todavía le quedan ganas de seguir soñando no hay que dudar y darle el tiro de gracia con un contundente “no es lo tuyo”. Pero cuidado, mucho cuidado a que no sobreviva a tus artilugios. El yuyo molesto se transformará entonces en enredadera y podría, sin que te des cuenta, estrujar tu corazón algún día exprimiendo las emociones secas que antes no salían. Podría también llenarte de dudas y preguntas, entonces ya no estarías en un lugar cómodo. Fijate que no sobreviva.


La solicitud
Apenas iba por el segundo vaso de cerveza y la noche se anunciaba obvia. Viajar tantas veces acarrea estas monotonías, principalmente cuando uno se entrega a la observación solitaria de la gente.

Había elegido la mesa del centro de lo que podría describir como un bar al aire libre. En realidad, era un conglomerado de pequeños puestos que rodeaban una población bastante considerable de mesas en el centro de la plaza. Un bar cooperativo comunitario si se quiere. Parejas, grupos de amigos y algún que otro ridículo hombre solitario. Entre los amigos había risas, alguna discusión, miradas en dirección a otras mesas de vez en cuando. Las parejas también, por momentos osaban mirar hacia otro lado durante algún valle de la conversación. Yo estaba en el centro y podía observar lo que me apeteciera. Siempre con discreción, refugiado en mi bebida y en las distracciones mundanas de la gente que jamás notaría a un hombre como yo.

Pasó algún tiempo y ordené el tercer vaso. Ya las parejas se habían ido, quedaban algunos grupos de amigos que ahora confesaban emociones o querían cambiar el mundo. Fue en ese momento que hicieron su aparición ellas. Como moscas, pululaban alrededor de las mesas esperando encontrar algún hombre con los pantalones tensos y la muñeca suelta. Desde luego siempre había algunos, a veces estaban solos, a veces eran varios. Cuando eran varios, la negociación solía extenderse un poco más. Esta no era una escena exclusiva de la ciudad en la que estaba. Era una obviedad más de tantas otras que había presenciado en mi vida. Jamás me había interesado. Veía en las mujeres de este tipo cierto aire de grandeza que no podía tolerar. Un andar impuesto, falso, petulante y efectivo. “Heme aquí y voy a costarte, otario del mundo moderno”, podrían ellas sintetizarlo en una frase similar si tuvieran la capacidad de componerla con agudeza. En las noches anteriores, todas habían tenido éxito después de algunos pocos intentos. Ahora, sin embargo, quizás los bolsillos estaban más secos que la garganta. Tal vez por esa razón una de ellas llegó hasta mi mesa. Era joven, mucho más que yo. Sus ojos sin embargo mostraban una madurez propia de las mujeres de este oficio. Se atrevió a posar su mano en la mía. Dijo algunas palabras de manera autómata. Su ofrecimiento parecía estar esperando una negativa de mi parte. Me sentí asqueado de formar parte del cuadro que había contemplado las noches anteriores, anotando lo que veía en mi libreta, pintando con palabras un fresco de mágica realidad urbana, vestigio de una sociedad que se corroe en su propio hedonismo.

-Salga de esta mesa, señorita. Levántese. No voy a darle lo que busca. Pierde su tiempo—dije cuando ella puso su rostro frente al mío.

—No es necesario que te erices así. Podrías pasar un buen rato —respondió luego de apoyar su mano rematada con pinturas coloridas sobre la mía—, vas a divertirte.

Insistí en mi negativa, pero su mano seguía cubriendo la mía y el rechazo me paralizaba. Fue entonces cuando, en un ademán, la joven volteó su cabeza hacia un grupo de árboles de la plaza cubierto de oscuridad. Su mano se cerró sobre la mía, extendió sus dedos retráctiles más allá de mi muñeca, sus uñas coloridas se llevaron parte de mi piel mientras regresaban a presionar mis manos con la fuerza de tenazas. Aumentando un poco más la presión, dijo: “Ayudame, por favor, ayudame”. Y como un pájaro pequeño, fue a posarse en otra parte de su jaula. Entonces dirigí mis ojos a aquellos árboles, donde solamente podía ver la fosforescencia de algunos cigarrillos encendidos. No muy lejos, ella volvía a repetir las líneas básicas de todas sus compañeras. Fui a buscarla, esperando darle una respuesta que la acercara un poco más a su libertad. Un brazo me detuvo. Era el mozo del bar. Las luciérnagas naranjas que había visto en la oscuridad que rodeaba la plaza ahora eran figuras soberbias que me contemplaban con la rigidez de retratos antiguos. Uno de ellos, con un sólo gesto atrajo a la joven, la tomó del brazo y la guió por la noche hasta que ambos desaparecieron. El mozo me recomendó pagar la cuenta y alejarme con rapidez. No volví a verla la noche siguiente, ni la siguiente, ni la siguiente… No la vi nunca más.


Problema de raíz
—Debemos comenzar a capitalizar los años invertidos en investigación biotecnología aplicada a nuestros productos. Pero debemos proyectar una imagen sustentable. Corre peligro nuestra posición ante este oleaje de neoambientalistas. Es más difícil adquirir nuevas áreas de producción. Suponen algunos colectivistas que los recursos naturales deben ser de todos, aún aunque no tengan idea de qué hacer con ellos. ¿Van a dejar acaso que un puñado de verdes en busca de protagonismo convoquen a una turba colérica que ponga en jaque la continuidad del proyecto industrial más sólido del lugar? No se dejen influir por videos sensacionalistas y tendenciosos. Su mejor herramienta es el conocimiento que poseen. No hacemos daño, todo lo contrario, familias enteras dependen de nuestro éxito. La responsabilidad es enorme, no esperen agradecimientos de quienes nos detestan. Deben dormir tranquilos sabiendo que no hicieron más que ayudar a todos con el éxito de nuestra empresa. No vamos a comprar un metro cuadrado más a nadie. Hemos terminado este raleo, ahora debemos trabajar la tierra con nuestro conocimiento para obtener más productividad por metro cuadrado, la velocidad de crecimiento de nuestros árboles debe duplicarse.

Así habló el gerente y todos destinaron sus esfuerzos a desarrollar un suero fertilizante especial que lubricara la tierra para lograr los objetivos. Al cabo de dos años, los pinos habían doblado la altura esperada. Sin embargo, antes de alcanzar la longitud de corte, comenzaron a secarse rápidamente. Habían muerto por dentro y comenzaron a caer uno por uno provocando un verdadero desastre dentro de los límites de la empresa. La catástrofe obligó al directorio a detener las operaciones y abandonaron la zona. En contraste, los árboles autóctonos que rodeaban la corporación ganaron tamaño y vigor. Un laberinto de raíces subterráneas habían absorbido toda la sabia de sus pinos. La tierra genéticamente modificada había decidido priorizar a los habitantes autóctonos del lugar.


Entrega inmediata
En la soledad de su balcón del duodécimo piso, Carrillo se disponía a contemplar la tormenta castigando la ciudad.

Alguien llamó a su puerta. Raro, había pasado por la entrada del edificio sin anunciarse. Era Aguirre, uno de los empleados de su empresa transportista.

—¿Qué hacés acá? —preguntó al chofer.

—Usted me mandó al muere —respondió—, está demasiado peligroso afuera.

—Excusas. Es la segunda vez que no haces caso, no va a haber una tercera.

—No puede despedirme.

—Estás acá en vez de estar en ruta. No tengo nada más que hablar.

Sin pedir permiso, el empleado salió al balcón y contempló la torrencial lluvia. Suspiró y volvió la cabeza hacia atrás para observar a su patrón.

—Sabe que la calle está dura, que su indemnización no alcanza para que aguante una familia. Y se aprovecha de eso.

—Excusas. No puedo tener un chofer miedoso.

El hombre se acercó con rapidez a Carrillo y arrastró su cuerpo al borde del balcón.

—¡Mire! ¿Ve que no se puede ver nada, ve que no se puede manejar? —gritó Aguirre apretando con fuerza el cuello de su jefe.

Carrillo, asustado, dijo que no iba a despedirlo y exigía a gritos que lo soltara.

—Ya es tarde patrón, me mandó al muere. Me mandó al muere y no le importó—dijo mientras Carrillo caía al vacío.

La policía reportó el suicidio del reconocido empresario. A quinientos kilómetros de distancia, esa misma noche, encontraron el camión de Aguirre destruido. Su cuerpo estaba sin vida, perdido entre hierros y sangre. Extraña coincidencia, dijeron.

 

Del libro Cuentos breves. Borkoski es autor de varios libros, entre ellos: El sueño Radovan (2020),
Los diablos blancos (2016) El puñal escondido (2011) y Cetrero Nocturno (2012) La ilustración es de Maco Pacheco

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