lunes 30 de noviembre de 2020
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Vidrio bombé

domingo 01 de noviembre de 2020 | 6:00hs.
Rodolfo Nicolás Capaccio
 Vidrio bombé

Desde lo alto del cerro donde están curando tabaco, los chicos ven venir por el sinuoso camino al Torino blanco y hacen señas al padre que más abajo, ara con los bueyes.

Entonces Walter Pfeiffer se seca el sudor de la cara y guía la yunta hacia un lugar despejado de capuera a esperar que pase el auto.

Desde hace unas cuantas semanas ese Torino frecuenta el paraje; recorre los caminos de la colonia y entra en algunas chacras. Y por supuesto que Pfeiffer, un alemán brasilero que subsiste plantando un poco de todo sin que le alcance nada, no ignora de qué se trata.

Pero como el automóvil para siempre en las casas de vecinos con más recursos, a él, pese a que está deseoso, recibir esa visita le parece demasiado lujo.

El ruido del motor se escucha próximo y Pfeiffer comprende que todas sus posibilidades de llamar la atención están en que el conductor lo vea al cruzar frente al pedazo desmontado. Para eso se para lo más cerca que puede del camino con el chicote de azuzar a los bueyes en la mano y aguarda.

El auto, para su suerte, no viene muy ligero. Es más, casi podría decirse que el conductor viene con ganas de detenerse.

Y en efecto, se detiene no bien lo ve allí parado, tieso, con la cabeza rubia cubierta por un raído sombrero de paja, la camisa y el pantalón en hilachas.

Del auto baja un señor petizo, bastante grueso, con sombrero de fieltro, que pese al intenso calor lleva corbata, aunque su camisa está transpirada y veteada de tierra en las arrugas.

Al mismo tiempo, atraídos por la detención del vehículo, comienzan a descender del cerro los chicos que un rato después hacen un silencioso semicírculo detrás del padre.

El recién llegado saluda con una cordialidad profesional y Pfeiffer, al verse en la obligación de decir algo, pregunta en plural pese a que el otro está solo:

-¿Ustedes son de la televisión?

-No -dice el gordo-. Soy fotógrafo. – Y soliviana con la mano la cámara que trae colgada del cuello. -¿No quiere que le hagamos un retrato…?

-No, no dá -contesta perturbado Pfeiffer-… este año gané pérdida con la soja… el tabaco pestió…

-Pero mire que la plata no es lo más importante. Yo vengo a ofrecerle un servicio a los colonos… y la gente me paga como puede. Si quiere pregúntele a cualquiera acá en la zona. Además, sabe qué, no me tiene que pagar todo ahora. Yo tengo planes de pago que -no es por mandarme la parte- no se los puede ofrecer nadie. ¿Esta chacra es suya?

Así siguen bajo el sol un buen rato. El colono con ganas pero reticente, y el fotógrafo desplegando la telaraña de su charla para atrapar cualquier dato que pueda serle útil: qué tiene sembrado, sus relaciones con la cooperativa, los pagos del secadero. Lo necesario como para saber hasta dónde estirar la cuerda de las posibilidades para decirle al fin cuánto habrá de pagar por la foto.

Con habilidad no presiona de entrada. Sabe que el gringo habrá de consultarlo esa noche con su vieja; y además debe darles tiempo para que preparen el ánimo y la ropa para el retrato. Jamás ha encontrado en la colonia a nadie que acepte fotografiarse sin antes ponerse presentable, y en pose.

-¿Le parece bien el domingo? Yo ahora ando levantando pedidos, pero el domingo saco. Después vuelvo a Rosario hasta el mes que viene… Mire, como al mediodía voy a pasar. Espere que lo anoto… ¿Cómo dijo que se llamaba?

-Pfeiffer… Walter Pfeiffer… argentino… porque yo vine de Brasil con familia, pero naturalicé y ahora…

-Si, está bien. Esos datos no los preciso. El domingo paso.

El domingo la mujer de Pfeiffer, una alemana de pelo llovido y casi blanco, retira del fuego el estofado de pollo para que no se pase, y aunque atareada en la cocina con el recién nacido en brazos, no deja de estar, como el marido y los chicos, atenta a la llegada de la visita.

Por fin, como a la suna, sienten el motor del auto y un momento después, sin que medien mayores cortesías, almuerzan con el fotógrafo bajo el corredor, adornado con planteras hechas con latas de leche en polvo.

-Bueno doña- dice el invitado poco después- muy rica su comida. Ahora vamos a sacar la foto.

Es la foto. Una sola. Porque lo convenido, después de tratar el precio y los planes de pago, consiste en un retrato del matrimonio. Una sola pose sin los hijos, ya que para grupos familiares completos el precio es otro y los Pfeiffer no están en condiciones de incluir la prole por ahora. Para ellos habrá oportunidad cuando las cosas mejoren.

El matrimonio posa con tanta seriedad que el gordo del Torino, al ver en el visor de la cámara la cara del colono tiene que decirle:

-A ver che Pfeiffer, aflojá un poco la caripela que esta no es la foto del prontuario…

Después sobre la mesa apoya el talonario de pagarés y espera que, en cada uno, con mano dura, Walter Pfeiffer estampe el dibujo de su firma.

Al mes, aproximadamente, les llega el retrato. Y más de un año después el fotógrafo los sigue visitando con regularidad para cobrar las cuotas.

Hay meses en que los Pfeiffer no pueden pagar. O no llega el retorno del tabaco, o el té no tiene precio, o un granizo inoportuno… el gordo nunca se enoja. Simplemente recarga los pagos subsiguientes y la familia le queda agradecida por el gesto.

A veces, mientras ara, o cuando al rayo del sol sale a dar vuelta la maleza con la azada, a Pfeiffer le parece que nunca va a terminar con esa deuda. Pero después se consuela al pensar que cualquier sacrificio vale la pena con tal de tener ese retrato.

Está convencido de que es lo más importante que hay en la casa. Su objeto más valioso.

Entre un mobiliario tan rústico, es lo único que irradia una luz diferente. El único lujo entre tanta pobreza.

Al regresar exhausto del rozado, Pfeiffer tiene la sensación de que lo descansa mirar esa imagen. Ese retrato oval, de marco dorado, detrás de cuyo vidrio bombé, él y su vieja lucen como para una fiesta. Ella con un vestido que no le conoce, pero que en nada se parece al batón raído que vistió cuando la retrataron, y él ¡oh maravilla del retoque fotográfico!, con un saco y una corbata que en su vida se ha puesto.

De “Pobres, ausentes y recienvenidos”. Edit. Universitaria/ 1995. Capaccio es licenciado en Comunicación social y docente de la Unam.

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