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Agua para el alma

La Difunta Correa

domingo 25 de octubre de 2020 | 6:00hs.
Jorge Lavalle
Agua para el alma

La aldea estaba sumiéndose en el descanso de toda una jornada donde el calor no había dado respiro, las calles polvorientas se despoblaban y los habitantes de Tama se disponían a dormir una noche que los aliviaría con su frescura.

Deolinda acomodó despacio al bebé y disfrutó viéndolo dormir en la rústica cuna que su marido Clemente había hecho, él había salido a buscar un poco de leña para cocinar, pero no tardaría en volver.

Desde hacía días llegaban rumores de que el caudillo Facundo Quiroga andaba por la zona con sus tropas y que iban arrasando todo a su paso, llevándose todos los comestibles que pudieran, violando mujeres y haciendo levas forzadas a todos los hombres que pudieran prestar servicios. Pero su entrada al oscurecer los sorprendió, nadie esperaba todavía su llegada al pequeño poblado.

La noche se pobló de explosiones, gritos y risotadas y se vieron algunos fuegos tomando los techos de los que se negaban a entregar sus provisiones para el improvisado ejército de hombres feroces que seguían al caudillo en su lucha.

Cuando escuchó los ruidos se escondió entre las piedras que había detrás de su casa con el niño en brazos, rogando para que siguiera dormido y desde allí escuchó los gritos de los atacantes exigiendo todo y de las víctimas lamentándose y pidiendo auxilio. Al amanecer los ruidos ya se habían alejado, toda la noche había esperado ansiosa ver la figura de su marido llegando a la casa, pero no sucedió, entonces salió a buscarlo por el pueblo.

Recorrió las calles devastadas, llenas de enseres y utensilios destrozados, como si hubiera pasado un vendaval que dejaba a su paso solamente desolación.

-¿Alguien vio a mi Clemente por ahí?

Los rostros llorosos solamente bajaban la mirada al verla recorrer todas las casas, desesperada con su niño en brazos. Hasta que una anciana que estaba sentada en la puerta de una casa incendiada se apiadó de ella.

Yo vi como se lo llevaban con los otros hombres, parece que van para el lado del San Juan.

Ahora fueron sus ojos los que se llenaron de lágrimas, pero alcanzó a contenerlas y con decisión se puso en marcha siguiendo el rumbo que le señalaran.

Durante toda la noche y casi todo el día marchó con paso decidido, internándose en las lomas pedregosas del desierto cuyano. Pero el sol inclemente partía sus ganas y hacía sus fuerzas desfallecer y no encontraba agua por ninguna parte, solamente el camino, que se le hacía cada vez más lejano en el horizonte. La jornada la agotó, pero su angustia recién la hizo descansar al oscurecer, buscando refugio debajo de un añoso algarrobo que los protegía del viento nocturno. A la mitad de la segunda jornada su cuerpo ya no soportó el sol y cayó desmayada junto al camino. Por momentos tenía ráfagas de conciencia y en una de ellas escuchó el llanto desconsolado de su pequeño, no tuvo fuerzas para ponerse de pie, pero logró acercarlo hasta su pecho y lo descubrió para que la pequeña boca ávida bebiera lo poco que le quedaba de leche.

Tomás Romero, Rosauro Ávila y Jesús Orihuela, venían arreando más de 300 cabezas siguiendo el Valle. De lejos vieron el circulo de cuervos volando cada vez más bajo, hasta que comenzaron a posarse.

¿Qué será eso, algún animal?

Puede ser, es raro tan perdido por acá, por ahí se le escapó a algún arriero chambón -dijo Tomás mirando de reojo a Jesús que había dejado escapar a unas cabezas en una parte del sendero.

-Bueno che, no fue para tanto tampoco, después las puedo volver a juntar -se defendió.

Y si, por suerte son mansas estas vaquitas.

Al acercarse al centro del círculo volante vieron los cuerpos abrazados en el suelo, ya casi cubiertos por el polvo que traía el viento caliente.

Esa señora es de Malazán, yo la conozco. Es de ahí, ella me ayudó una vez que yo estaba lastimado y me dio comida también, yo sé donde vive con el esposo - dijo Rosauro.

Y sí, pero no vamos a poder llevarla, estamos muy lejos, vamos a tener que enterrarlos acá nomás.

El silencio los envolvió, hasta que a sus almas también se las llevó ese zonda implacable que castigaba los cerros que se iban tiñendo con los colores del atardecer.

Jesús rezó en voz alta un padrenuestro y Tomás comenzó a cavar, con la única pala de mano que tenían. No había esperanza de hacer las tumbas muy profundas en ese suelo pedregoso, así que Rosauro se puso a juntar rocas para poder cubrir los cuerpos. Se acercó hasta ellos a buscar una piedra de buen tamaño que estaba a casi un metro y le pareció percibir un leve movimiento en la pequeña mano aferrada todavía a las ropas desgarradas de Deolinda. Se acercó más y en cuclillas lo tocó con cuidado, se cayó sentado al suelo cuando la pequeña mano tomó uno de sus dedos.

- ¡Está vivo, el changuito está vivo!

La pusieron con cuidado en el fondo del pobre agujero y la cubrieron poniendo como ofrenda una cruz hecha de ramas de un arbusto seco.

Jesús sacó de uno de sus bolsillos una pequeña botella cargada de agua.

-Ya sufriste demasiado, te dejo esto para que nunca te falte. Nosotros vamos a llevar a tu hijo hasta tu casa- dijo en voz alta antes de rezar un Ave María.

Él se quedó junto a la tumba, para cuidar el ganado mientras los otros salieron caminando a paso vivo. Lograron con paciencia y esfuerzo llevarlo vivo hasta el poblado, humedeciendo los labios de la criatura con pañuelos mojados. Rosauro los guió a la casa donde había visto a la mujer, apenas golpeó las manos salió una señora ya mayor.

-¿Qué quieren señores?

-Encontramos muerta a una mujer y yo creo que vivía en esta casa.

-Mi hija se llama Deolinda Correa y no está ahora se fue para San Juan parece.

-Este es el hijo de ella, a lo mejor usted lo reconoce- dijo Tomás acercándose.

La anciana tomó con sumo cuidado el cuerpecito envuelto en trapos y girones.

-Gracias, muchas gracias por traerme de vuelta a mi nieto- les dijo con los ojos llenos de lágrimas y rápidamente entró a la casa para tratar de alimentar a la criatura.

Ellos partieron y entregaron a tiempo el arreo sin ningún contratiempo y todas las veces que hacían ese recorrido parecía que las cosas se facilitaban para ellos y Jesús siempre se acordaba de dejarle una botellita de agua y un Padrenuestro a la Difunta Correa.

 

Del libro Releyendo Mitos. Lavalle publicó además Sarita (novela), Andrés y la Melchora (novela) y Argentina 78, el otro mundial, entre otros.

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