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La visita

domingo 25 de octubre de 2020 | 6:00hs.
Rubén Zamboni
La visita

Atardecía en la apacible Santa Ana. El viento sur traía los primeros frescos del otoño, hecho que disuadía a muchos vecinos a caminar por sus calles. Frente a la única plaza del poblado, una tradicional taberna se constituye en el espacio obligado de quienes buscan ahogar sus horas con varias medidas de vino, licor o cerveza mientras participan de alguna animada conversación.

Allí, las estaciones parecen no existir. La concurrencia es uniforme todo el año. Su interior encierra un microclima que lo aísla de las incidencias externas y sumerge a los asistentes en una dimensión única.

Don Rufino era uno de los habitué que desde hace más de una década concurría infaliblemente todos los días, excepto los domingos, hacia el oscurecer. Su presencia, siempre en el mismo rincón, atraía la atención de los parroquianos quienes lo rodeaban –sobre todo- para escuchar sus relatos.

Alto, elegante, distinguido, de caminar pausado, el hombre encerraba en sí una personalidad reservada y extravagante que lo hacía más interesante. Tras jubilarse en la capital como bibliotecario municipal echó raíces en este pueblo, a donde llegó sólo, sin más pertenencias que un par de valijas y una enigmática carpeta personal. Nadie había logrado conocer las vicisitudes de su vida anterior.

Residía en una habitación con baño, alquilada al ferretero Medina. En tanto, se alimentaba por el sistema de viandas de la cocinera Gertrudis. Cuando el tiempo lo permitía, acostumbraba a sentarse en un sillón de mimbre en un patiecito contiguo a su cuarto con vista a la calle. Allí estacionaba su vida durante horas, tanto en la mañana en compañía de un mate como luego de la siesta. A través de sus pequeños anteojos desfilaban diarios y revistas de toda naturaleza y antigüedad. Él mismo se definía como un aficionado a la lectura a partir de su pasado en permanente contacto con libros.

Cuando entraba a la taberna se quitaba un usual sombrero de fieltro, de ala corta, saludaba con amabilidad a quienes estaban en el mostrador y enfilaba al fondo. Una pequeña mesa de madera situada en el rincón era su escenario predilecto desde donde pedía su habitual licor de anís. Nunca le faltaban interlocutores. Era frecuente el asedio de clientes que le requerían la narración de una de sus historias. Él no escatimaba voluntad para satisfacer a su platea. Se inclinaba sobre su respaldo, cruzaba las piernas, colocaba el pulgar de su mano izquierda bajo la parte delantera de su cinturón y con la mano derecha gesticulaba al ritmo de su exposición.

Sus relatos eran vívidos y con un tono de voz lleno de seducción y atractivo.

Siempre los contaba en primera persona por lo que no era fácil dilucidar si sus historias eran ciertas o provenían de alguno de los cientos libros que pasaron por él. No importaba mucho. De igual modo, los presentes derretían sus horas con el alcohol y la fascinación de lo escuchado.

En una oportunidad narró el naufragio que sufrió la embarcación en la que viajaba en su paso por Centroamérica. En otra, describió la erupción del Etna durante su travesía por Sicilia. Tampoco quedaron de lado un atardecer en la Muralla China o el sismo vivido en Indonesia. Sus experiencias no estuvieron exentas de encuentros con famosos, desde artistas, modelos, deportistas hasta presidentes o integrantes de la realeza.

Cuando ante estos relatos alguien se atrevía a dudar su presencia en los mismos, el narrador tan sólo esbozaba una sonrisa algo sarcástica y sin pronunciar palabra asentía con su cabeza. Por todo ello, don Rufino era muy admirado y requerido.

Su actitud era segura, confiable y convincente. Tal vez debido a esa humanidad que exudaba madurez y experiencia. No obstante nunca precisó su edad. Al preguntársele al respecto respondía: “algo más que ayer pero mucho menos que mañana”.

En proximidades de unas elecciones, él había confiado su estrecho parentesco con uno de los candidatos, quien al ganar, le habría propuesto un puesto gubernamental. Sin embargo, lo rechazó para no perder su tranquilidad habitual.

En otra ocasión al marcharse unos días del poblado justificó su ausencia con un supuesto reportaje que le harían periodistas internacionales debido a su vasto conocimiento sobre literatura regional.

Los admiradores entrados en copa quedaban boquiabiertos ante estas revelaciones; otros, dejaban escapar una mueca de descreimiento. Sabían de sus invenciones, falacias y exageraciones, pero no podían negar el gran atractivo de sus relatos.

Una nochecita de agosto mientras saboreaba un segundo vaso de licor, don Rufino confesó a sus acólitos que el domingo venidero recibiría una importantísima visita. Se trataría de una dama, más joven que él, que había conocido en uno de sus tantos viajes. Esa relación se mantuvo y se consolidó con los años, al punto que ahora la mujer decidió visitarlo.

La mayoría de los presentes descreyó el anuncio. Por lo bajo festejaron como la antesala de una historia más. Esto no los privó de generarles una particular expectativa en cuanto a la anécdota que brindaría Rufino el lunes, ya que los domingos no concurría a la taberna.

La semana siguiente estuvo regada por una pertinaz lluvia acompañada de un frío intenso. Pasaron lunes, martes, miércoles, y Rufino no apareció por el bar. Los más cercanos a él comenzaron a indagar. Incluso lo buscaron en su domicilio. Pero no lo pudieron hallar.

El ferretero Medina también estaba preocupado. La habitación que ocupaba se veía limpia y ordenada, pero sin rastros del inquilino. Además comentó que ese domingo, muy temprano, Rufino estaba sentado en su sillón de mimbre con un elegante traje y su infaltable sombrero de ala corta. Al parecer estaba en la espera de alguien.

Pasaron los días, las semanas y los meses…. nunca más se supo de él. ¿Habría recibido la enigmática visita? Nadie lo pudo comprobar. Durante un tiempo el sillón permaneció en el patiecito como invitando su regreso.

En la taberna, sus concurrentes están convencidos que don Rufino se ha visto envuelto en un nuevo viaje y en una nueva historia, de esas que durante años alimentaron la imaginación de los presentes.

Hasta hoy su pequeña mesa en el rincón continúa desocupada. Una decisión callada pero unánime de todos por cobijar su ausencia. Esas ausencias difíciles de ser substituidas.

 

Zamboni es licenciado en Ciencias de la Información y Magister en Educación. Docente universitario e investigador en la carrera de Comunicación Social (UNaM). Co autor “Cien años de Ingeniería en Misiones”.

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