miércoles 02 de diciembre de 2020
Nubes dispersas 31.5ºc | Posadas

Sol y luna

domingo 25 de octubre de 2020 | 6:00hs.
Ana Capayannides
Sol y luna

La playa, el paisaje, el sol, las olas, el viento, pero en especial el vinito de la cena y las dos caipirinhas después (para la digestión) habían logrado que se sintiera dueño del mundo.

De pronto, por arte de magia, sus setenta y largos años de luchas no le pesaban, sus piernas eran fuertes y jóvenes y tenían ganas de moverse al compás de la música gaúcha.

La alegría era contagiosa esa noche. Sobre el inmenso escenario cinco músicos excelentes se desarmaban y ponían todo de sí tocando y cantando canciones del litoral brasilero. Abajo, sobre la abundante arena - suave y fresca al contacto con los pies desnudos de la mayoría (él llevaba medias y zapatillas, como todo argentino que se respete) - la gente de todo color, edad y clase social se movía acompañando el ritmo. Algunos con mucha gracias, otros apenas zafando.

A su derecha, una espectacular y esbelta morocha daba exhibición de elegancia y sensualidad bailando con una amiga.

Su danza era una invitación sexual. Jóvenes de todo tamaño se habían parado cerca y observaban con unas ganas imposibles de disimular.

A su izquierda una parejita se comía a besos. En un momento, cuando se desengancharon fugazmente, él notó con pavor que la chica no tenía más de doce años, y el muchacho, a pesar de su considerable estatura, no pasaba de los quince.

“¿Dónde irá a parar el mundo?” pensó, pero de inmediato se reprochó a sí mismo. “Dejá que la gente se divierta. No seas aguafiestas. ¡Qué te importa!”.

Desvió la mirada un poco más y la dejó reposar con mucho agrado en dos nenitos que desarticulaban sus pequeños cuerpos tratando de imitar a los grandes. Preciosos los chiquitines, provocaban a sus padres posturas de pavos reales.


“Quiero bailar también” - se dijo -. “Ni me acuerdo cuando fue la última vez”. Miró de reojo a la que lo acompañaba en cada día y cada aventura desde hacía más de cuarenta años.

“¿Tendrá ganas de bailar?” -se preguntó -. Parecía tan rígida, con su cartera de perlas bordadas (en la playa, ¿a quién se le ocurre?) y sus sandalias de charol.

La vieja le devolvió la mirada con picardía de adolescente. “Dale, anímate”, parecía decirle.

Volvió la cabeza y observó la gente a su alrededor ¿se reirían de ellos? Bah... cada uno estaba en lo suyo… Y todo parecía permitido esa noche de verano caliente.

Agarró de la mano a “la vieja”, puso su brazo en su cintura y con ímpetu la arrastró sobre la arena. La vieja no tuvo tiempo de acomodar la inmensa cartera, que quedó ahí, apoyaba sobre el hombro derecho de su marido. Trataba de seguirlo como podía. Las sandalias de charol se hundían en la arena y frenaban sus pasos. Él la pisó dos veces. Ella se sacó las sandalias, así nomás sin interrumpir el baile y las pateó suavemente hacia un costado. Ahora la cosa funcionaba un poco mejor. Casi lograba seguirlo. No se podría pretender mucho después de tantos años que uno no había movido el esqueleto, sobre la arena y con esa cartera… Sin embargo, se estaban divirtiendo a lo grande y se reían así, de nada.

Tres chicas simpáticas, amorosas por su aspecto locales, los acompañaban con palmas y exclamaciones.

Él se sintió admirado. Después de todo, todavía podía atrapar la atención de tres jovencitas, nada feas, por cierto.

-Dejales tu cartera a estas chicas, le dijo a la vieja.

Y ella, como en toda oportunidad durante todos esos largos, larguísimos años, le obedeció.

***

Sintió una mano sobre su hombro.

¿Bailás? - le preguntó un muchacho alto.

-No - contestó ella a secas.

Bailar, bailaba. Pero con su amiga. ¿Por qué creían los idiotas de los hombres que una quería bailar con ellos? Ella simplemente disfrutaba (y mucho) moviendo su cuerpo con la música. Y esa noche más todavía. Todo encajaba. Todo invitaba. La arena, el mar, la luna. Especialmente la luna. Tan brillante, tan llena, tan femenina.

La música gaúcha le traía recuerdos de su niñez. Su padre enseñándoles los pasos. Felicitándola por lo rápido que aprendía. Giraba y giraba sin parar. Doblaba la cintura, movía las caderas y sus piernas, largas e interminables, solamente tenía un amo hoy: el son de la música.

Se sentía feliz. Se sentía libre. Se sentía bella.

Sus brazos parecían alas. Esa noche hasta podía volar. Alguien se acercó. La rozó con el cuerpo y le murmuró.

¡Belleza!

Un intenso desagrado la invadió. Por un breve instante llegó a su nariz un fuerte olor a alcohol. Los hombres a veces se tornaban tan imbancáblemente molestos que ella terminaba yéndose.

Siempre tenía que irse, aun cuando en realidad deseaba seguir bailando.

Pero no hoy. Hoy había tanta gente, familias enteras, chicos, viejos... Hoy sería fácil evitar el acoso. Sólo tendría que correrse un poquito más allá.

Joao no podía sacarle los ojos de encima. Su baile elástico derramaba una inocente sensualidad. Ella, la reina. Ella, su amor imposible. Bailando con su amiga, como de costumbre. Con todos los buitres alrededor, listos para atacar. Ella, agitando su cabellera negra, sonriendo, hermosa, lejana. Inalcanzable.

Sus amigos a su lado se revolcaban sobre la arena y le gritaban:

-¡Ven Joao, ven!

Estaban pasados de copas. Esta noche se les había ido un poco la mano a la cachaza. Menos mal que la borrachera sacó a la superficie su lado infantil. Jugaban con la arena igual que criaturas, a la risa limpia y desenfrenada y a los gritos de ¡Legal!

Se lo merecían. Habían trabajado duro durante toda la semana, bajo el sol rajante, en la construcción. Sin recreos. El dueño estaba apurado. Quería terminar la obra durante la temporada, para sacar algún provecho, aunque fueran los últimos días.

Trabajo de mierda. Salario de mierda. Pero al menos tenían laburo, que ya era mucho. No como otros, que tratando de sacar ventaja de la temporada turística hacían cualquier cosa para ganar algún dólar.

La Gabriela, por ejemplo, prestaba sus servicios femeninos a los turistas solitarios. Mulata de ley, tenía mucho éxito. Su primo vendía botellas artesanales con arena y caracolitos en la playa. ¡Increíble! Alguna que otra lograba vender. “Los turistas compran cualquier boludez”, le solía decir. Y parecía tener razón. Si hasta botellitas con arena compraban… “Avivate Joao, aprovechá la temporada”, le insistía. Pero Joao seguía en este trabajo duro y sucio. Al menos ensuciaba sólo su cuerpo, no su espíritu. Y hasta se divertía a veces. Como esta noche.

Con la música de su tierra, observando a los turistas y a sus actitudes ridículas, cuidando de sus amigos y deleitándose al mirarla desde la distancia.

Caipira, cachaza, cerveza, música, arena, la luna y las estrellas siguieron mezclándose con ritmo loco y alegre, y desinhibido hasta al amanecer.

Cuando salió el sol, sus primeros tímidos rayos hicieron evidente el desenfreno de la noche acabada.

Sobre la arena latas vacías, vasos de plástico, papeles, botellas. El escenario, desierto, a la luz del día, parecía fuera de lugar, desubicado. Una sandalia infantil olvidada lloraba soledad. Una cinta roja para el cabello daba también testimonio.

En la habitación del hotel la vieja no paraba de llorar. Ya había derramado millones de lágrimas y no había cerrado un ojo durante toda la noche.

¡Pará ya de llorar! – le retó el viejo. -¡No te aguanto más! Me ponés histérico. Ya está. Ya pasó. ¡Listo!

La vieja sonó su nariz con un pañuelo de papel. Ya había varios, mojados y destrozados, sobre la mesita de luz.

-¿Qué vamos a hacer ahora viejo? -preguntó con voz entrecortada.

Ya te dije, iremos al Consulado por los documentos. Y veremos cómo hacen ellos para llevarnos de vuelta a casa. ¡Pero solo a vos se te puede ocurrir llevar todo el dinero y los documentos en la cartera! ¡A la playa! ¡Dios mío! Qué cabeza la tuya.

***

A Joao lo despertaron fuertes golpes en la puerta de chapa de su casita.

-¿Quién es? -logró articular totalmente dormido.

-¡Abra! Policía -contestó una voz grave y severa del otro lado.

Joao saltó de la cama ¿Policía? ¿Qué querían ahora? Hace rato que se mantenía alejado de toda actividad política. Había comprendido que por más veces que se hacía arrestar, por más noches que pasaba en los calabozos, el mundo seguiría igual de corrupto, sin arreglo. ¿Policía? ¿Porqué otra vez?

Abrió. Tres uniformados lo empujaron con violencia y entraron.

-¿Joao Da Silva? -ladró uno.

¿Para qué preguntaban si eran viejos conocidos?

-Si, ya. Soy yo.

- Queda usted arrestado. Cualquier cosa que diga puede ser usado en su contra.

¿Arrestado? ¿Por qué? Joao no entendía nada, y no precisamente por estar semidormido. Su mirada interrogativa exigía una respuesta.

-Esta madrugada alguien encontró en el camino al bosque, cerca de la playa central, el cuerpo sin vida de Janina Ordoñes Da Pessoa. La estrangularon, aparentemente después de haberla violado. Es usted el principal sospechoso.

El grito que salió del pecho de Joao asustó hasta al mismísimo sol, que dudó de si haría bien en levantarse ese día, o si convendría esconderse de nuevo. Pero el sol siempre sale. Y ese día, rojo, muy rojo, también salió.

 

El presente relato fue publicado en la revista Mojón A de la Sociedad Argentina de Escritores filial Misiones , junio de 2000

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