miércoles 02 de diciembre de 2020
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Al estilo de Galeano

domingo 25 de octubre de 2020 | 6:00hs.
Rosita Escalada Salvo
Al estilo  de Galeano

Búsqueda
¿Me dá permiso, patrón? Quiero viajá este fin de semana.

¿Va a visitar a sus parientes, Don Rojas?

No; vi´a buscá mujé.

Don Rojas era el cuidador de la chacra. El casero. Vivía solo desde que su propia y legítima mujer lo abandonara, cincuentona, cansada de sus malos tratos y borracheras. Se había ido a vivir con una hija, allá por cerca de la frontera con el Brasil.

Y...¿ya arreglaste con alguien?

No; pero tengo un dato.

Y se fue. Tomó el colectivo de línea, hacia otro pueblo. Pero en la primera parada, se bajó. Allí conversó con una pasajera que, casualmente, tenía una hija. Si él quería...

El lunes volvió a la chacra con la muchacha de apenas diecisiete años.

Y con alegría le comentó a su patrón que ella sólo tenía dos hijos, y que, además, estaba “ civilada” (con documento).

No calculó que a la semana vendría la suegra, a instalarse. Y dos hermanastros medio vagos.

Y que le exigirían tanto que poco habría de durarle la nueva mujer.

Un día desaparecieron todos y el patrón, alertado, sólo encontró en el rancho a dos escuálidos perros.


Vidalina
Vidalina era negra y porruda, pero joven todavía y con buenas formas.

Seguramente por eso el gendarme nuevo–nuevo en el poblado- se arrimó a su rancho. Por eso y por necesidad de hombre.

Vidalina se le prendió como garrapata. Era apuesto el gendarme. Y a ella–porruda y negra- se le abrió el cielo.

Nadie supo de esos amores nocturnos hasta después de la tragedia.

Porque Vidalina, la noche del 24 de mayo, justo antes del comienzo del baile en los galpones de acopio de tabaco–para celebrar la Fiesta Patria- se echó querosene y se prendió fuego.

Alta la columna de humo, que también quemó el techo de paja del rancho.

¿Y qué otra cosa le quedaba por hacer, pobre mujer enamorada? El noviazgo del gendarme con la hija menor del turco bolichero–blanca como una azucena- se iba a anunciar esa noche.

Entre los restos calcinados también se encontró al loro, que le hacía compañía.

Y por un tiempo perduró en el lugar un intenso olor a carne quemada.

Dicen que al día siguiente, el carilindo gendarme pidió su pase a otro destino.


Carga de maíz
Cuando llegó la época, el Polaco sembró maíz. Las lluvias fueron abundantes y oportunas y la cosecha, excelente.

Su vecino, el paraguayo, se demoró. Sembró tarde, vino el granizo y se quedó sin nada y con deudas. Pero supo salir del paso. Llamó a la Pirú–una hija quinceañera- le dijo que se bañara y se pusiera su mejor vestido. Juntos fueron a visitar al Polaco.

Y el trato quedó sellado. Si la Pirú le resultaba, le pagaría con dos cargas de maíz, una de entrega inmediata.

Al cabo de un mes, el paraguayo recibió la otra carga y pagó sus deudas.

La Pirú se quedó a vivir con el Polaco.


Pero mujer, no
Y cuando ya estaba monte adentro, por una picada oscura invadida por la maleza, el contratista que iba detrás del peón, fue mordido por una víbora.

Quiso apartar unas ramas y la yarará le picó en la mano.

Rápido, el peón mató al ofidio y se volvieron hasta el aserradero.

Dos horas tardaron en llegar.

Ya allí, el peón abrió la víbora, le sacó el cuero y los intestinos y con eso hizo una pasta y se la colocó en la mano amoratada, hinchada. Con su pañuelo, la vendó. Así, el contratista intentó manejar el camión hasta San Pedro, donde seguramente habría suero antiofídico. Pero había llovido el día anterior y con la mano casi insensible, era difícil hacer los cambios. Finalmente se empantanaron.

Caminando, llegaron hasta una tranquera desde donde se veían las casas.

Le dieron de beber “cobriña”–un medicamento brasileño- y uno de los muchachos lo llevó en tractor, hasta el poblado.

Llegaron a las diez de la noche. La picadura había sido a las cuatro de la tarde. De ahí, ya aplicado el suero, lo trasladaron en una ambulancia hasta el Samic, de Eldorado.

Su destino estaba escrito: no debía morir aún.

Eso sí: siguió fielmente el consejo del peón:

no vayas a recibir visita de mujer...por un tiempo.


La descaderada
Cuando Justino Rojas llegó a su casa, en medio del yerbal, encontró el escalón de madera roto y a su mujer en cama.

Me caí, me descaderé.

El no dijo nada por unos cuantos días. Sólo observaba el escalón.

La mujer, en tanto, recordaba la visita del compadre fogoso. Visitas que se repetían cada vez que Justino iba a voltear árboles en el Alto Paraná.

Esta vez los juegos amorosos fueron muy efusivos y la amante quedó con la cadera luxada.

¿Qué le digo al Justino?- preguntó.

Que te caíste .

Y con el hacha rompió el escalón.


Payé
No había aparecido aún el sol cuando la mujer salió de la choza, a aventar las cenizas para encender el fuego que calentaría el agua para el mate. Su esposo, dormía.

Pero ni bien pisó la tierra húmeda, vio la cruz hecha con sal, el paño rojo y el atadito de quién sabe qué yuyos y plumas.

No dijo nada. Tapó el hechizo con una tabla y a media mañana, cuando acabó con sus quehaceres y su marido ya estaba en pleno monte, cortando tacuaras, se dirigió al cacique y formuló su queja.

El Consejo de Ancianos se reunió por la tarde, luego de citar al acusado. Este negó todo. Horas y horas lo interrogaron, tratando de que confesase su culpa. Nada. ¡Cómo justamente él iba a hacerle una cosa así a su mujer!

Paciente, el Consejo de Ancianos siguió toda la noche. La comunidad, respetuosa, esperaba el desenlace.

Hasta que por fin, agotado y dándose por perdido, el indio confesó; sí, él le había hecho el payé, pero era porque la quería mucho y temía que se fuera, que lo dejara por otro.

Sabiamente el Consejo dictaminó la disolución del matrimonio y, como castigo, entregó a la mujer, por esposa, a otro indio.


La Grapia
Ya que debía llegar hasta Piñalito, recordó el pedido de un amigo, medio artista, medio loco, que quería nudos de pino.

En pleno monte y en un solitario camino, se encontró con un paisano, de esos que no se sabe de dónde viene ni a dónde va pues no se vislumbra rancho alguno ni nada que denuncie presencias humanas.

Lo interrogó sobre dónde conseguir los nudos de pino.

A unos diez kilómetros, en la casa de la “ grapia”- contestó. Y siguió transitando su destino sin horizontes.

Grapia es un árbol muy alto, de tronco delgado y corteza blancuzca característica.

Anduvo a los saltos la camioneta, pues la ruta lucía muy abandonada. Al calcular los diez kilómetros aminoró la marcha observando detenidamente los árboles al borde de las barrancas.

Nada de grapias. Sólo laureles, guayuvira y fumo bravo.

Al distinguir una casa de madera, paró y tocó bocina.

Ladraron unos perros esqueléticos y alguien salió.

Sólo muy de cerca vio que era una mujer: alta, flaquísima, el pelo de mechas rubias y la piel muy blanca.

Inconfundible: era la “ grapia”.


Tres hermanos
No se sabe bien cuál fue el motivo de la pelea. Estaban los tres en el boliche de Don Eusebio, meta mortadela y cerveza caliente, porque se había descompuesto la heladera a kerosene.

Estaba otra gente, de paso, obrajeros. Y el Juan Malveira.

Se habían criado juntos y hasta fueron a la misma escuela, aunque ninguno terminó la primaria. Que la lluvia, que la distancia, que la cosecha...

Palabra va, palabra viene y con un cortaplumas uno de los hermanos le abrió el tajo al Juan Malveira. Se desangró. ¿Quién hubiera podido hacer algo? Sobre todo, ¿quién hubiera querido líos con la policía?

Así es la vida en los obrajes. El hospital demasiado lejos y la curandera en estos casos, “ nao adianta”.

Los tres hermanos cargaron el cuerpo del Juan Malveira en la chatita, ante el silencio de los demás. Y lo llevaron hasta su rancho.

Allí lo dejaron, duro, sobre el catre.

Cuando ya estaban cerca de la frontera, rumbo al Brasil, la conciencia les trabajó.

Tácitamente regresaron hasta el boliche, compraron dos paquetes de velas de cebo y se pasaron la noche velando al fiambre, hasta que se acabó el último pabilo.

Y entonces, sí, con la conciencia tranquila, cruzaron la frontera.


Paraje Piñeiro
Paraje Piñeiro queda lejos, muy lejos, lejos de todo.

Allí hay una escuela solitaria donde un solitario maestro hace Patria.

El camino termina exactamente ante la escuela. Por detrás, solo el monte.

Por picadas, trillos y senderos todas las mañanas aparecen los niños que asisten a clase.

Y antes de la puesta del sol, las mismas picadas los regresan.

Vuelven jugando, felices, descalzos. Inmune ya la planta de los pies a las espinas.

Cosas de la suerte, la escuela tiene Padrinos. Y gracias a ellos llegaron chapas para el techo agujereado. Y libros para la biblioteca escolar inexistente. Y cuadernos y lápices que el maestro reparte y recoge al final de la jornada.

Entre todo el envío, mochilas multicolores. Cien mochilas, una para cada chico.

Que penden de un clavo en cada casita, en cada rancho de adobe, adornando la pared.

Los niños de Paraje Piñeiro–como de tantos otros parajes ignotos- no tienen nada que poner adentro de las mochilas.


Un helado de 5 centavos
Gerardo fue un huérfano de la guerra. De la Primera Mundial.

A los siete años, los familiares lo pusieron en un internado. Y allí se quedó, hasta los casi dieciocho.

Cuando todos se iban a sus casas, en vacaciones, él se quedaba recorriendo pasillos y patios silenciosos.

Así transcurrió su niñez, su adolescencia.

De vez en cuando algún tío lo visitaba y le dejaba unas monedas.

El heladero venía al colegio una vez por semana. ¡Saborear un helado era una fiesta! Los había de 5 y de 10 centavos.

Gerardo, esa vez, no tenía ni siquiera un cinco, pero la tentación fue mayor que sus posibilidades de pago. Y pidió uno, fiado.

Nunca pudo pagarlo. Cuando venía el heladero, él se escondía.

Por eso Gerardo, ya con muchos años y con mucho dinero, se sienta a saborear un enorme helado, siempre que su tiempo lo permite.

Y evoca aquella cuenta de 5 centavos.

Pero el heladero hace tiempo que se murió.


Promesero
Había perdido todo en el Casino. Y aunque era la primera vez, no le importaba demasiado. Ya saldría del caso. Lo que sí, sentía un gran cansancio físico, un embotamiento. Caminó cuadras y cuadras pues ni siquiera le habían quedado monedas para un taxi.

Al llegar a una plaza, se sentó en el fresco banco–hacía mucho calor en esa ciudad tropical- se quitó los zapatos y restregó los pies doloridos. Luego hizo un bollo con el saco y se acostó. Inmediatamente quedó dormido.

Lo despertaron las voces de la mañana, gente que iba al trabajo y que quizás se sorprendían de ver a un joven bien vestido que había pasado la noche sobre un banco de la plaza.

Cuando buscó sus zapatos, no los halló; se los habían robado.

Comenzó a caminar lentamente, descalzo, las diez cuadras que lo separaban del hotel. No se hacía ningún drama; sólo sonreía para sus adentros por la insólita aventura.

La gente lo miraba como a un loco. Pero dos jovencitas que pasaron a su lado, le dieron la solución:

Debe ser un promesero...

Sí, seguro.

Y cuando un señor maduro lo interceptó extrañado: oiga, qué le pasó, simplemente respondió: estoy pagando una promesa.


Sonríen...
Estaban allí, en la plazoleta, con el decorado de los bancos rotos, césped descuidado y por todos lados papeles, bolsas de plástico, restos de comida.

Estaban allí y sonreían.

Algunos los miraban con curiosidad y asombro.

Otros ni siquiera los veían.

La madre, con un chico en brazos. Los otros dos, jugando y casi indiferentes a ese cambio de hábitat.

Un turista manoseó la mercadería expuesta. Luego de regatear el precio, se alejó sin comprar.

El padre sonreía.

Un semi toldo les daba protección. Menos mal, no llovía.

Vinieron los fotógrafos, alertados por un móvil radial. Se acercó la T.V.

Contestaron que del Chaco, con pasajes oficiales, para poder vender sus artesanías.

Nuestros antepasados, los Tobas. A 500 años, siguen sonriendo.


Coincidentes
La Señora del country tiene la heladera atiborrada de alimentos pero no come casi nada. El mandato de la silueta es dictatorial. En efecto, luce una figura casi adolescente con un rostro recompuesto. Las prendas de marca le dan ese aire entre elegante y sofisticado y se ajustan a su cuerpo como hechas a medida. Difícil adivinarle la edad.

Tiene un hijo al que casi nunca ve, aunque vive en la misma casa. Y un marido que se las pasa viajando.

La mujer de la villa no tiene heladera. Tampoco alimentos para sus seis, siete, ocho hijos. No come casi nada, sacrificando su hambre crónica en pro de los niños que la rodean ni bien llega.

Luce una figura escuálida, sobre la que huelgan los trapos descoloridos y en su cara prematuramente ajada, hay que rescatar los ojos de cuencas hundidas. Aparenta diez años más de los que en verdad tiene.

Su hombre aparece de vez en cuando.

La señora del country es anoréxica.

La mujer de la villa, simplemente, es desnutrida.

 

Inédito. La autora ha publicado más de treinta libros de cuentos, poemas, novelas, teatro y antologías compartidas.
Ilustración: Camino misionero, pintura de Juan Rubén Suárez

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