miércoles 02 de diciembre de 2020
Muy nuboso 32.5ºc | Posadas

Puertos de Misiones

domingo 25 de octubre de 2020 | 6:00hs.
Juan Ramón Núñez
Puertos de Misiones

Las numerosas paradas o “puertos” (como aquí se denominan) son la peculiaridad de esta parte del viaje; todas están al pie de la barranca, tan escarpada en algunos puntos, que permite al barco arrimarse directamente, y colocar la tabla, que sirve de planchada, a tierra. Por ese mismo motivo los depósitos, constituidos generalmente, por uno o dos galpones de chapa canaleta, están ubicados allá arriba y comunican con la orilla del río, en el breve espacio donde atracan los buques, mediante un funicular con vagonetas o zorras que suben y bajan la carga. El público no tiene mayores comodidades, pues dispone sólo de una empinada escalera, a menudo socavada en la piedra friable de la cuesta o un modesto sendero. Todos los pueblos, cuya edificación está muy desparramada, se esconden en lo alto, atrás de la barranca: por eso ninguno es visible desde el río, salvo en contados casos en que asoma uno que otro edificio o algún galpón. Al llegar a cada uno de estos puertecitos se desprende del barco una embarcación manejada a remos por cuatro o seis marineros para la tarea de amarre, lo que se repite muchas veces en el día: ponderamos el cansancio de estos hombres al final de su ruda jornada. Y nunca faltan un par de perros y un grupo de chicos jugando para animar estos puertos todos parecidos, pero al mismo tiempo distintos el uno del otro y tan bonitos.

Estamos ahora en Candelaria, primer puerto que sigue al de Posadas, hacia el Norte; existe otro sobre la ribera paraguaya, aunque de menos importancia y dependiente del argentino. A este propósito cabe señalar la diversidad que hay entre las dos orillas del Alto Paraná. La argentina alterna el monte con claros cultivados, pueblos frecuentes y, acá y allá, alguna casa o choza, que denotan población, trabajo y progreso.

La orilla paraguaya por el contrario es una monótona sucesión de bosques vírgenes, la verdadera maraña tropical inextricable, salvo alguna picada o sendero que lleva a miserables poblados, todos o casi, haciendo juego, con puertos argentinos sobre la orilla de enfrente. Consecuencia de este hecho es la inmigración de gente paraguaya hacia nuestro territorio, que le proporciona mejores medios de vida: aquí hay muchos paraguayos dedicados, por lo general, a humildes menesteres. Así que la vida de la población paraguaya lindante con el río depende en gran parte de la argentina. Pero, desgraciadamente, hay mucho contrabando y pillaje, que a pesar de la energía de nuestras autoridades no fue aún posible extirpar del todo a causa especialmente de lo agreste de la región del lado paraguayo, que da segura protección y guarida a contrabandistas y forajidos.

Desde Candelaria la motonave se dirige a Santa Ana (km 1624), luego a Yabebiry a la desembocadura del río del mismo nombre y por fin a San Ignacio, famoso por sus ruinas jesuíticas, que lamentamos muy de veras no poder visitar. San Ignacio es notable también por su producción de yerba mate: los cuatro principales establecimientos emplean cerca de dos mil personas. Pasamos luego por Corpus, Santo Pipó, Naranjito y Tabay Damus, llegando a Puerto Mineral, adonde, a causa de la carga, la motonave demoró más de media hora y luego por San Gotardo, Mahourat y Puerto Mbariguí. Santo Pipo, Misiones; los depósitos se hallan construidos sobre los barrancos, y aparecen semi-ocultos entre hermosos ejemplares de la flora misionera. Llegando a Naranjito, las aguas del Paraná mantienen una tersura de espejo bruñido. El tiempo es nublado y casi frío: la caída de la tarde entonada en gris, navegando entre las altas paredes que encierran el río, el cual refleja el color plomo del cielo, predispone a la tristeza: la sirena del barco anunciando la próxima parada es repetida por el eco varias veces y nos aumenta la sensación de soledad de estos apartados lugares.

A las 22.30 llegamos al puerto de Montecarlo, al que bajó el amigo que nos acompañaba desde Rosario. Son interesantes las paradas nocturnas, pues, en cuanto el buque da los consabidos toques de sirena, aparecen en la costa unas lucecitas. Luego, mientras maniobra para aproximarse, se encienden a bordo dos faros, cuyos haces de luz son dirigidos hacia el lugar de amarre: uno de éstos está al costado del barco y fijo, y el otro a proa, movible y manejado por un marinero que alumbra la ribera de modo tal que el capitán pueda ver bien el breve espejo de agua que le enfrenta. Una vez amarrado el barco, las luces son dirigidas directamente sobre ese pedazo de barranca que sirve de puerto. Los pasajeros que bajan, mejor sería decir que suben, a Montecarlo tienen que escalar un empinado sendero, en algunos tramos con gradas socavadas en la tierra firme de la barranca. Este sendero sube paralelo a los rieles del funicular en el que viaja la zorra que sirve al galpón ubicado en lo alto. Después de haber efusivamente saludado a nuestro amigo, lo miramos escalando la elevada cuesta alumbrada por la luz del faro hasta que desapareció en las tinieblas.

Aproximándonos a Puerto Wanda, entre los puertos Carolina y Bemberg. El barco se desliza fácilmente por el río, de suavísimas ondas, que la ilusión de una curva parece cerrar entre una doble hilera de frondosa vegetación. Los tonos obscuros de las riberas contrastan visiblemente con los luminosos de las aguas y del cielo.

Llegada a Puerto Aguirre

Por la mañana siguiente temprano nos despertamos en Puerto Esperanza. Seguimos viaje a Puerto Carolina y Puerto Wanda para llegar a las nueve y media a Puerto Bemberg, uno de los más importantes del recorrido. Aquí subió una pareja de jóvenes esposos, que de inmediato captaron la simpatía de todos. El marido, intrépido fotógrafo aficionado y muy práctico de los lugares, fue desde entonces el animador Nº 1 de las excursiones a las Cataratas y de las locas tertulias de a bordo y en el hotel. Creemos que no habrá pasajero que olvidará los bailes flamencos y los cantos rusos, a los cuales participaba la joven esposa, y que provocaban hilaridad incontenible. En ese viaje quedó bien confirmado que felizmente hay momentos en los cuales se vive en otro mundo sin preocupaciones y sin mañana.

Reanudada su marcha, el “Guayrá” se dirige a Puerto Martín, muy cerca de Puerto Bemberg, e igualmente puerto exportador de yerba mate. El paisaje se vuelve cada vez más pintoresco. Entre las altas y tupidas tacuaras que se asemejan a helechos gigantes y los brillantes penachos de las espadañas, asoman ahora, de cuando en cuando, encantadoras cascadas, cuyas aguas cristalinas van a perderse en la enorme corriente, que desliza a sus pies. De vez en cuando vemos numerosas familias de carpinchos cómodamente instaladas sobre la fina arena de la playa. Por fin a las 13 horas llegamos a la confluencia del Paraná con el Iguazú, que forma como una inmensa Y griega, de la cual la parte izquierda es Paraguaya, la punta del centro, hacia la cual parece vaya el barco, es brasileña y la costa a nuestra derecha, argentina. Hay, pues, unos minutos del viaje en que navegamos a la vista de tres países, luego doblamos suavemente a la derecha para entrar en el río Iguazú. Después de pocos kilómetros llegamos a Puerto Aguirre, punto extremo de nuestro viaje.

Artículo publicado en la Revista de Geografía Americana, 1932 – El autor viajó a Cataratas como turista en ese año y dejó un registro de lo observado.

¿Que opinión tenés sobre esta nota?


Me gusta 0%
No me gusta 0%
Me da tristeza 0%
Me da alegría 0%
Me da bronca 0%
Te puede interesar
Ultimas noticias