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Curanderismo y hechicería en los pueblos misioneros

domingo 18 de octubre de 2020 | 6:00hs.

Durante los tiempos jesuíticos, los rituales shamánicos, tan comunes entre los guaraníes intentaron ser desterrados. Una estrategia de los curas fue la de otorgar poder a los mburuvichá, jefes políticos para contrarrestar la influencia de los pajés, quienes al ser los guías espirituales del pueblo guaraní, debilitaban la acción evangélica de los jesuitas. La bibliografía jesuítica aporta pocos datos acerca de una continuidad de las prácticas chamánicas durante el período misional. Suena lógico, porque el reconocimiento de la pervivencia de esa práctica significaría demostrar fracaso en la conquista espiritual del pueblo guaraní. Sin embargo existen indicios de que los rituales de hechicería sobrevivieron a la acción evangélica.

Expedientes judiciales de la década de 1770, abiertos para investigar casos de hechicería en algunos pueblos misioneros, obrantes en el Archivo Nacional de Asunción y Archivo General de la Nación, en Buenos Aires, aportan muy interesantes datos acerca de las prácticas de chamanismo en los tiempos postjesuíticos.

La información referida a los pueblos de Loreto, Santiago, Santa María y Santa Ana, abundan en detalles acerca de los métodos utilizados para provocar malos trances a los enemigos por parte de estos hechiceros. Los expedientes apuntan a quince sospechosos de prácticas hechiceras. Sólo uno, Silverio Caté, de la misión de Loreto, fue declarado culpable por la corte judicial que atendió estos casos. Lo que más alarmó a los jueces fue la tenencia por parte de Caté de un fetiche construido con los nervios resecos de carne humana. Caté confesó, sin titubeos, que los había obtenido de un niño muerto por un perro salvaje. Un brazo de ese niño fue mutilado del cuerpo por parte de Caté, quien lo parcializó en su vivienda y lo repartió entre sus familiares, rememorando una vieja práctica ritual antropofágica guaranítica.

De los quince casos de los pueblos mencionados, sólo dos fueron mujeres, una de quince años y otra de 26. A diferencia de las prácticas de brujería de los países europeos, en los pueblos de guaraníes son mayoritariamente hombres los que desarrollan estas prácticas, siguiendo con la tradición de los antiguos chamanes, líderes exclusivamente masculinos. En los tiempos actuales, la situación se ha revertido y en general son mujeres quienes ofician de curanderas o hechiceras.

De todos los acusados de hechicería, sólo uno era mayor de 60 años. Cinco de ellos tenían entre 25 y 45 años. Y ello cobra importancia a la hora de relacionar estas prácticas con los tiempos jesuíticos. Tres de los sospechosos eran artesanos, lo que afirma que los acusados no venían de los bosques, sino que habían sido educados en los pueblos en los tiempos jesuíticos. La mayoría de los acusados confesó que sus prácticas habían sido aprendidas de otros que les transfirieron sus conocimientos en los pueblos jesuíticos. Caté, por ejemplo aprendió de Mariano Guiraiza, quien, a su muerte, le cedió sus amuletos, lo que le confirió poder espiritual dentro de su comunidad. Había robado, según confesó a sus jueces, una pequeña estatuilla de madera de San José y otras más porque Guiraiza le había afirmado que esos amuletos le servirían para causar enfermedades y muertes a sus víctimas. Caté afirmó ante la Corte que él sólo debía pensar en el nombre de la persona a quien le haría mal. No debía hacer más que eso.

En los tiempos actuales, ciertas prácticas, en las que se mezclan rituales de la liturgia católica con sobrevivencias indígenas, permanecen en la amplia extensión de la región de influencia guaraní-misionera. Las infusiones de hierbas o aceites animales, basadas en conocimientos de experiencias de vida indígena en contacto con la naturaleza, vienen acompañadas de oraciones o rituales cristianos, buscando curar enfermedades, solucionar cuestiones afectivas, e, incluso provocar maldad en determinadas personas. Así, curanderos y hechiceros reciben, en los tiempos actuales, cual verdaderos asesores espirituales, a gente de las diferentes clases sociales y gozan de un respeto ganado por la mayoría de la comunidad por la fama de “pajés” exitosos.

Bartomeu Meliá, especialista en la cultura guaraní, refiriéndose a la continuidad en la región guaraní-misionera de las prácticas de hechicería, indica que “junto con los componentes mágicos de tradición antigua, elementos animales, como grasa de víbora, de sapo, de alacrán, excremento de carpincho, espina de raya y hasta huesos de criaturas humanas….minerales como piedra imán…entran también elementos cristianos bajo la forma de invocaciones e imágenes: San José, patrono de la Buena Muerte, San La Muerte y las Ánimas… Todo ese cúmulo de significantes y significados contribuye a dar fuerza al hechizo. El antiguo lenguaje mágico no ha muerto e impregna nueva y fuertemente las vivencias espirituales de las poblaciones actuales, y no sólo las rurales…”

En nuestras poblaciones con profundas raíces guaraníticas este fenómeno constituye un legado cultural que no sólo subsiste, sino que cobra en los tiempos actuales una fuerza enorme.

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