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Peor que la pandemia

domingo 18 de octubre de 2020 | 6:01hs.
Peor que la pandemia

El pasado 3 de octubre el papa Francisco firmó en Asís su tercera encíclica. Como es costumbre, se titula con las dos primeras palabras, que esta vez, como en la anterior, están en italiano por ser textuales de san Francisco de Asís: Fratelli tutti. Los Papas se las ingenian para empezar sus encíclicas y exhortaciones apostólicas con las palabras que describen esos textos (habilidad milenaria que los periodistas deberíamos imitar cada vez que ponemos un título a una noticia).

Jorge Bergoglio recuerda en esta carta un concepto básico de san Francisco. Los cristianos somos hermanos entre nosotros, pero también lo somos de los no cristianos porque todos los hombres sin excepción son hijos de Dios. Y no solo los hombres: toda la creación, por eso san Francisco llama hermanos al sol y a la luna, a los lobos y a los peces, a las plantas y a las piedras. Compartimos el universo con los animales, las plantas, el agua, el aire, el fuego y la tierra, con el Sol y la Luna, Marte, Venus, las galaxias lejanas y hasta los agujeros negros del hiperespacio... y se queja el Papa de que entre nosotros hoy se encienden conflictos anacrónicos que se consideraban superados, resurgen nacionalismos cerrados, exasperados, resentidos y agresivos... y sigue:

La expresión “abrirse al mundo” ha sido cooptada por la economía y las finanzas; se refiere exclusivamente a la apertura a los intereses extranjeros o a la libertad de los poderes económicos para invertir sin trabas en todos los países. Los conflictos locales y el desinterés por el bien común son instrumentalizados por la economía global para imponer un modelo cultural único. Esta cultura unifica al mundo pero divide a las personas y a las naciones, porque «la sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos» (Benedicto XVI). Estamos más solos que nunca en este mundo masificado que hace prevalecer los intereses individuales y debilita la dimensión comunitaria de la existencia. Hay más bien mercados, donde las personas cumplen roles de consumidores o de espectadores. El avance de este globalismo favorece normalmente la identidad de los más fuertes que se protegen a sí mismos, pero procura licuar las identidades de las regiones más débiles y pobres, haciéndolas más vulnerables y dependientes. De este modo la política se vuelve cada vez más frágil frente a los poderes económicos transnacionales que aplican el “divide y reinarás”.

Es el diagnóstico de una encíclica larga y profunda que me sirve de preámbulo para estos textos del capítulo dedicado a la pandemia, donde el Papa reflexiona cara a estos tiempos que nos toca vivir ahora mismo, y creo que no hay nada más que agregar:

...es difícil pensar que este desastre mundial no tenga relación con nuestro modo de enfrentar la realidad, pretendiendo ser señores absolutos de la propia vida y de todo lo que existe. (...) Pasada la crisis sanitaria, la peor reacción sería la de caer aún más en una fiebre consumista y en nuevas formas de autopreservación egoísta. Ojalá que al final ya no estén “los otros”, sino sólo un “nosotros”. Ojalá no se trate de otro episodio severo de la historia del que no hayamos sido capaces de aprender. Ojalá no nos olvidemos de los ancianos que murieron por falta de respiradores, en parte como resultado de sistemas de salud desmantelados año tras año. Ojalá que tanto dolor no sea inútil, que demos un salto hacia una forma nueva de vida y descubramos definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros, para que la humanidad renazca con todos los rostros, todas las manos y todas las voces, más allá de las fronteras que hemos creado.

Si no logramos recuperar la pasión compartida por una comunidad de pertenencia y de solidaridad, a la cual destinar tiempo, esfuerzo y bienes, la ilusión global que nos engaña se caerá ruinosamente y dejará a muchos a merced de la náusea y el vacío. Además, no se debería ignorar ingenuamente que «la obsesión por un estilo de vida consumista, sobre todo cuando sólo unos pocos puedan sostenerlo, sólo podrá provocar violencia y destrucción recíproca» (Laudato si’). El “sálvese quien pueda” se traducirá rápidamente en el “todos contra todos”, y eso será peor que una pandemia.

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