jueves 29 de octubre de 2020
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Después de su partida

domingo 18 de octubre de 2020 | 6:00hs.
Hilce Liliana Díaz
Después  de su partida

No me atrevo a darle los buenos días a Juan, mi vecino. Puedo sentir el doloren su mirada, la entrega en su andar cansino y en duelo. Acaba de perder a su hijo. Ayer fue un día oscuro, muy oscuro. Sebastián ha partido y junto con él, también su padre, mi vecino. Ha quedado un cuerpo vacío, una especie de cápsula amorfa a punto de desintegrarse. Con sólo 15 años ha vivido todas las angustias y los dolores del padecimiento que lo ha aquejado hasta dejar sus restos entre las sábanas.Tengo miedo, mucho miedo– me había repetido mi vecino, en el ascensor, en la vereda, al cruzarnos durante la larga ansiedad de mejoría que se hacía esperar. No puedo imaginar pasar por esa experiencia. Pienso que me sumiría en un encierro sin fin entre las paredes de mi habitación, enterrada debajo de las cobijas.

Intento pensar en el vacío que deja la ausencia y me sobrecoge mucha angustia. Imagino que salir de la cama a diario será una pesadilla interminable para este padre. Será como sentir un manto oscuro que cubre cada rincón de la casa, del corazón que no sabe si siente, de la mente que intenta controlar los pensamientos, de los ojos desangrados de tanto llanto. Un dolor de tuétanos que no sana y que sólo reposa por momentos sobre almohadas. Cuán difícil será despedir a un hijo antes de tiempo. Intentar no perder las esperanzas y aferrarse a oraciones y rezos para luego caer en un precipicio sin fin al tener que escuchar que ya no se puede hacer nada. Que todo lo que había que hacer fue hecho. Que todo vuelve a cero y hay que forzar el arranque para continuar.

Ayer lo acompañamos durante el funeral. Estuvieron sus compañeros y maestros. Uno a uno fueron acercándose al féretro, lo rodearon para darle el último adiós o quizá para reconocer el rostro de quien fue y ha sido depositado en ese cajón, desfigurado y hecho un desconocido. Lo rodearon tímidamente. Algunos tocaron sus manos, otros se persignaron.Los colores del ramo de flores fueron surgiendo lentamente a medida que se hizo de día, primero el amarilloluego el blanco que eran sus colores preferidos. Ni claveles ni jazmines, esas flores nunca le gustaron. A mí tampoco me gustan. Las flores son tan frágiles, se marchitan rápidamente y mueren en un instante. Me gustan en los jardines, porque me recuerdan la vida, tienen raíces, colores, frescura.

Reflexiono hasta sentirmecasi vacía. No encuentro sentido a tantas cosas. De tantas maneras he tratado de entender al destino en estas situaciones fatídicas. Se van antes personas maravillosas y otras que no merecen estar vivas, continúan sus vidas sin sentido. Ya no recuerdo cuánto tiempo estuvo en cama Sebastián. Algunas veces con mejorías prometedoras.Alguien que guarda cama desde hace tiempo comienza a ver de otra forma las cosas ordinarias. Cambia el sentido de las cosas ínfimas. Quizá porque la conjunción entre soledad y dolor transforma la imaginación y los deseos.

Pienso en mis propias pérdidas para entender al vecino y caigo en la cuenta de que no se pueden comparar experiencias tan profundas. En realidad, debo dejar de hacer comparaciones. Es la maldita costumbre que tengo para atenuar mi dolor. Ya me he repetido tantas veces, ¡debo dejar de buscar comparaciones! Sólo debo vivir.

El vecino ha aceptado conservar a Richard, el perro faldero de Sebastián, quien no se ha despegado de su lado todo este tiempo. Quizá con el nuevo compañero de cuarto surja la sensación de que algo del jovencito ha quedado con él. Quizá el intento de conexión pueda ayudar a abrir las puertas al mundo que permanece e insiste en hacerse sentir. Quizá ayude a terminar de lidiar con lo inexplicable y sin sentido. Quizá de esa manerael miedo a la muerte se pueda convertir en la resignación y tenga una buena disposición para aceptarla.Finalmente, ella es una batalla perdida.

Inédito. La autora es profesora en Letras  y docente de nivel medio y superior. Reside en Oberá

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