sábado 31 de octubre de 2020
Cielo claro 16.5ºc | Posadas

Encantado colega

miércoles 14 de octubre de 2020 | 5:00hs.

Durante décadas la terminal de ómnibus de Posadas estuvo ubicada en la intersección de las avenidas Uruguay y Mitre, frente al mástil. La componían un playón y el edificio de estilo inglés que albergaba las oficinas de las empresas de transporte y que hoy forman parte del Paseo de la Terminal, dependiente de la Municipalidad de Posadas. Al lado, por la avenida Marconi, sobresalía el cartel luminoso, de los pocos existentes en la ciudad, de la farmacia de Tito Barrios con el mismo nombre de la avenida, en honor del ingeniero electrónico italiano conocido como uno de los más destacados impulsores de la radiotransmisión a larga distancia, así como por el desarrollo de un sistema de telegrafía sin hilos o radiotelegrafía. La avenida, cambió el nombre Marconi por Uruguay después del golpe de Estado que derrocó a Perón en el 55, en agradecimiento a ese país por albergar a refugiados argentinos tras exilios de la época. Era totalmente de pedregullo de canto rodado y canteros en el medio. Lugar preferido por la muchachada de entonces para realizar picadas de polvorientas carreras hasta la avenida que llevaba hasta el hoy inexistente Rowing Club.

También en Resistencia, Chaco, una de las ciudades más pobres del país en la actualidad cambió el nombre de la calle principal Edison por Uruguay, en igual homenaje. Actualmente se denomina Arturo Humberto Illia; pero también cambió su anterior nominación que, de Territorio, pasó a nombrarse Provincia Presidente Perón en 1951 hasta el año 1955.

Por muchos años la parada se ubicó en el baldío de Junín y Salta, donde hoy se levanta la asistencia pública, barriada de pocas casas, algunas construidas de madera y separadas una de otras por hilos de alambre. En ambos baldíos, este y aquel, solían levantar sus carpas circos de seres trashumantes y llenos de misterios. Se recuerda uno que deleitó a chicos y grandes, el Pabellón Palma de tres pistas, cargados de acróbatas, equilibristas, fantasías, leones y jirafas. Todo un espectáculo novedoso para la incipiente ciudad de 50 mil habitantes, al que acudían multitudes los fines de semana.

En esa época, no todos los colectivos salían de la parada. Algunos lo hacían desde el lugar donde vendían los pasajes, como el Expreso Ciudad de Posadas, en calle Bolívar al lado del Colegio Santa María, en viaje de ida y vuelta a Corrientes. Se sucedían en dos turnos: uno a las cuatro y otro a las cinco de la mañana. El regreso de la ciudad correntina se realizaba a las cinco horas en la oficina de calle Santa Fe frente a la plaza Cabral, y un segundo colectivo de horario incierto, pues venía de Resistencia en la balsa a través del río Paraná.

Ya en edad de entrar al secundario nos inscribimos un grupo de misioneros en la Eragia, la Escuela Regional de Agricultura de Corrientes, y allá íbamos en ese colectivo los hermanos Forés, Haroldo y Cecilio, Moncho Malagrida, Higinio Álvarez y yo. Higinio fue aquel chico de 18 años, paraguayo él, que supo jugar al básquet en el club Tokio y un buen día del año 59 partió con un contingente a su país de origen a derrocar al tirano presidente Stroessner. Lo asesinaron vilmente y su muerte relato en mi libro ‘Mártires del desatino’.

Transitar por la ruta 12 sin asfalto de Posadas a Corrientes, o viceversa, por el tramo de tierra colorada y en el largo y polvoriento arenal, fue odisea. Intransitable en días de lluvia, como aquel período de nuestras vacaciones que llovió un mes seguido y tuvimos que largarnos por tren, cuyo trasbordo se realizaba en Monte Caseros, por lo que el viaje duraba más de 24 horas.

El tramo más embromado para transitar por la ruta fue el Bajo Bedoya, paraje antes de llegar a Ituzaingó que en tiempos de lluvia se volvía intransitable. El que se animaba a largarse en su vehículo seguro que quedaba empantanado en el lodazal, por lo que debía esperar que algún samaritano le arroje un pial. Se cuenta una anécdota que corrió como reguero de pólvora por la ciudad después que ocurrió el suceso, y tuvo de protagonistas a dos conocidos y muy apreciados vecinos de la ciudad que no se conocían personalmente. Uno, el doctor Alberto Marco Aurelio Lampugnani, de vasta trayectoria en el foro local, por cuanto ocupó la presidencia del Colegio de Abogados y creó en su período la biblioteca de las leyes. Nacido en Bonpland, Misiones, en el año 1956 fue designado primer presidente del Superior Tribunal de Justicia de Misiones, con la misión de organizar el Poder Judicial Provincial. Ejerció la presidencia hasta su forzada terminación de funciones por decreto del gobierno de facto del general Juan Carlos Onganía, que disolvió todos los superiores tribunales de Justicia de la República Argentina. No obstante, y por decisión del Concejo Deliberante, fue distinguido como ciudadano ilustre de su pueblo, honorable mérito para un vecino.

El otro convecino fue Roberto Edgardo “Toti” Gibaja, padre de Avelino el también colega veterinario. Toti Gibaja gozaba de inconmensurable sentido del humor, y fue quien le puso sello risueño a la anécdota. Resulta que el distinguido abogado tuvo la mala suerte de quedar empantanado en el famoso bajo en un día lluvioso. Por allí pasaba Toti con su poderosa camioneta de doble tracción y cubiertas pantaneras; seguro venía de pescar, y se ofreció a sacarlo a remolque. Una vez llegado a tierra firme, el doctor Lampugnani le agradece y le entrega su tarjeta de juez. Toti agarra el cartoncito rectangular y al leer le contesta:

–Encantado colega-

-¿Cómo, usted también es juez?

-Sí, pero en riñas de gallos.

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