jueves 22 de octubre de 2020
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El eclipse de sol

domingo 11 de octubre de 2020 | 5:30hs.
El eclipse de sol

Heraldo Giordano

Ea mañana semejaba aquellas agradables y frescas que transcurren al comienzo del verano. Eran los inicios del mes de Octubre, eso quizá poco importe, si creemos que ningún suceso puede modificar el desarrollo de la rutina habitual. La redonda y cachetona luna iría a interponerse entre el sol y nuestro planeta; este acontecimiento haría que no fuera un día común para la historia. Un fenómeno celeste de ocurrencia espaciada en el tiempo, y las pocas ocasiones que pueden darse en la vida de un ser humano en la tierra, lo transforman en una rareza. Para los avezados científicos son sucesos asombrosos, dignos de contemplar y rescatar para retenerlo en el mapa astral del cerebro, ese microcosmo complejo y personal que cada uno posee incorporado al adn desde que nace, y se irá conformando por una sucesión de acontecimientos que ocurren como evidencias para nada normales.

Sacudido de la modorra matinal, y con un buen mate se activa al ser entero. Luego de esta ceremonia, comienza andarse el día. En este caso tendría que ser una jornada como cualquier otra, nada debería ocurrir, salvo en este caso, donde debía ocurrirse un eclipse, y revestir al día de un halo de misterio. En el pueblo, a decir verdad, apenas fue comentado.

Sin embargo la noche anterior, un inesperado presagio haría presumir lo contrario. Entre los árboles de la casa del pobre hombre, se preparaba a dar a luz la desgracia; era el agudo grito de una lechuza entre las ramas del Eucalipto, que le arrancó unas palabras al mismo Eugenio —cacha lechuzón viejo, anda a jodé a otro lado—, tales palabras salidas de sus labios en esa circunstancia, estaban provistas, como buen hombre de campo que era, de una buena cuota de superstición. Aquel inesperado hecho, hacía presumir, que tenía creencias de atarse a lo que le deparara el destino, por esto, nada mejor que estar prevenido.

La mañana aún no había comenzado a rodar, aún en lo oscuro del día, los chillidos de la lechuza volvieron a estallar en el Eucalipto, ahora había percibido con mayor nitidez, por lo que no dejaba de dar vueltas en su cabeza, la idea de que algo extraño podría ocurrir. Bicho de mal agüero —dijo entre dientes. No obstante, trató de desanudar cualquier pensamiento desagradable que pudiera retener en su mente, trataría de hacer caso omiso a la situación, disponiéndose a trabajar en el alambrado. El trabajo era duro, hacer los pozos de cincuenta centímetros de profundidad, poner el poste, rellenarlo de tierra y de cantidades pequeñas a la vez, apisonar la tierra, otro poco de tierra, nuevamente apisonar y así sucesivamente, hasta que el poste esté bien firme como un árbol y luego de haber plantado todos hasta la intercepción con el otro alambrado, se colocaban cinco hilos de alambre, bien tensos. Era una labranza dura para una sola persona, pero el Eugenio era persona ducha en estos quehaceres; trabajaba tenazmente, aunque se sabe que en el campo no existen trabajos fáciles, todos demandan de una gran cuota de esfuerzo y sacrificio.

De repente comenzó a notar que la luz comenzaba a disminuir, y las cosas que lo rodeaban adquirían un aspecto distinto a lo habitual, el momento parecía estar recubierto de un halo sobrenatural, nada común, de apariencia rara, verdosa y sin su brillo habitual. A medida que pasaban los minutos, más se pronunciaba, parecía estar anocheciendo, pero apenas hacía unos minutos que se habían cumplido las diez de la mañana. La temperatura acompañaba esta situación anormal, comenzaba a disminuir y todas estas circunstancias sólo servían para perturbarlo aún más. Sin saber cómo reaccionar, atinaba a mirar con asiduidad una y otra vez al firmamento, mientras el rocío mojaba las puntas de sus alpargatas. No ignoraba lo que estaba ocurriendo, simplemente no entendía los cambios que se producían minuto a minuto por este fenómeno, y con las implicancias asombrosas que observaba con sus propios ojos, iba agudizando sus sentidos, y persistía en estado de alerta. La vigilia producía estupor sólo al pensar que esto fuera; ¡cosa e mandinga!

Percibiendo el estupor en su alma, y ésta lo transmitía a su piel, inclinaba el temor hacia una sensación extraña que se apoderaba de su cuerpo, mientras continuaba comprobando el ocultamiento del sol, la tenue luminosidad, y el espectáculo nada frecuente en el contexto de su imaginación. En aquel momento, todo comenzaba a cargarse de una connotación misteriosa en el signo visual alterado por la luz crepuscular emitida en el ambiente. La luna comenzaba a interponerse con contundencia ante el sol, como un latido coronario que apenas se manifestaba en ínfimas pulsaciones, y un desarrollo eficaz de transformación, desde una cobertura parcial a encontrarse totalmente invisible, el sol. Los minutos parecían detenerse en ese recorrido. Eugenio parado y contemplando el espectáculo, no salía de su asombro, ahora notaba que no hacía sombra su cuerpo, aquello que certificaba su presencia viva, y la carencia de luz negaba su existencia, mientras los designios del evento apresuraba a definir una situación espeluznante.

Progresivamente y luego de los minutos, la sensación se incrementaba en emociones y se precipitaba hacia el ocultamiento del sol, fenómeno donde se produce el eclipse total y el extraño anochecer. El proceso tuvo una permanencia como para ser suficiente a la desorientación de los pájaros, y estos volvieran a los árboles, confundidos por lo que sucedía, imposición de la actitud suprema de la naturaleza. Dejaron de piar y el sonido bello del ambiente cesó de inmediato. Las aves de hábitos nocturnos salieron de sus cuevas y nidos, a fin de proveerse de alimentos, en cambio los de costumbres diurnas comenzaban a buscar un refugio para soportar la noche que se pondría de manifiesto. El Eugenio sólo atinaba a comprobar asombrado las escenas originadas, sin poder entrar en razón dado la circunstancia, como sus grandes y desconfiados ojos, que legitimaban el mal presagio.

Eugenio era un hombre afecto a las interpretaciones sobrenaturales, caía fácilmente en la desesperación, ante cualquier motivo que hiciera interrumpir el desarrollo normal de su vida, hacía mella en su alma, por esto parecía que no mezquinara palpitaciones, miedo, asombro, inseguridad y carencia de entendimiento, atemorizado al no entender las extrañas manifestaciones de la naturaleza. El frío en su piel se manifestaba con el correr del tiempo y era intenso, la luz en sus ojos más tenue, y sus fuertes piernas comenzaban a temblar. Su rostro transpirado, sus manos perdían precisión, la cabeza le dolía y sentía una molestia generalizada; estaba mareado, y en su cabeza sonaban los gritos del lechuzón. La pala que sostenía se le cayó de las manos y en décimas de segundo se desplomó al lado del hoyo que estaba cavando.

Ahora no será la lechuza quien rondaba sobre su cuerpo tieso y desmejorado, sino los buitres, águilas, y diversas alimañas que habían encontrado alimento para sobrevivir, aquellas que merodean los campos, no importa que animal era —como dicen los verdaderos dueños de las inmensas soledades; los campesinos—, ellos clavarán sus afiladas garras o desgarrarán con sus atenazados picos, en definitiva, un festín de la situación. Es el perverso juego de la supervivencia, algunos les toca perder y a otros ganar, la gente de campo lo sabe y lo hace propio, sin raras o rebuscadas historias.

Hoy es un misterio el destino del Eugenio, hace bastante que no se lo ve por los lugares habituales donde concurría. En el pueblo creen que se lo han llevado las ánimas en el mismo día del eclipse. Don Ceferino, el dueño del bar suele contar anécdotas, insistiendo sobre lo supersticioso que era, será por eso nomás que se lo llevaron. Dona Clotilde, esposa de don Ceferino, agranda el anecdotario a todo aquel que quiera escuchar. Comenta que se ponía de mal carácter cuando derramaba la sal en la mesa, eso decididamente era de mal agüero, era muy fiero para la persona que tenía el percance y por eso (aquel jueves, que sería el día anterior a su desaparición), había tenido ese inconveniente, insultó de lo lindo cuando se cayó el salero, al querer salar el guiso que le habían servido en el almuerzo. Ella cocinaba para la peonada, porque es económico y le abonan a fin de mes, ya que los peones siempre andan secos como lengua é loro, hacen la parada en ese bar que es el único del pueblo— había dicho despreocupada.

Pero ni a la distancia de estos acontecimientos, se pudo dilucidar el asunto, es que no se ha encontrado ni rastros del Eugenio en lo que va de estos meses y es de extrañar. No es pa’ exagerar, pero esa cuestión de las ánimas, hay muchos que empiezan a creérselo y la gente se ve cada vez menos por la calle durante la noche, incluso los pueblerinos y los vecinos de las chacras aledañas al pueblo, escuchan voces o ruidos que hacen pensar en la presencia del Eugenio, y aquellos que han tenido algunas veces problemas de convivencia con el desaparecido, en ese caso los ruidos, voces, sonidos de campanas, cadenas que se arrastran y gritos solicitando auxilio, son más intensas.

Relato inédito. Giordano tiene publicados los libros A tientas y letras (1985) Descarne (1989) y Relatos inconexos (2017)
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