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De acá y de allá

domingo 11 de octubre de 2020 | 4:30hs.
De acá y de allá

Roberto Abínzano

El presidente de acá y el presidente de allá se abrazaron y estalló el relámpago de los flases. Luego, la guardia invitó a los periodistas a retirarse y los mandatarios quedaron solos en el lujoso salón verde del palacio. El presidente de acá era viejo y culminaba su tercer período; el de allá había sido elegido meses atrás. Era joven, elegante y atildado. Fue el primero en hablar.

-Señor Presidente, debo decirle con sinceridad que su recibimiento quedará grabado en mi corazón por la magnificencia de los actos y el fervor de su generoso pueblo...

-¿Dónde compró ese traje?-preguntó inesperadamente el presidente de acá.

El joven mandatario quedó perplejo, sentía interrumpido su largo discurso, trabajosamente preparado. Pero se repuso con cierta rapidez y dijo:

- Me lo hizo mi propio sastre.

-Venga, acompáñeme un momento.

Se levantó y tomándolo del brazo lo llevó al fondo del salón hasta un inmenso espejo donde la imagen de aquellos cuerpos tan disimiles se reflejaron.

-Mire —dijo el presidente de acá-, estas solapas le quedan desproporcionadas en relación al largo del saco, sobre todo porque sus pantalones son muy rectos. Deben ser más angostas y con un ángulo más cerrado. Bueno, usted verá, créame que yo sé muchos de estas cosas.

-Señor Presidente, le agradezco sus consejos, creo que tiene razón, voy a hablar con el sastre a mi regreso -dijo el presidente de allá mientras veía con sorpresa el gastado y arrugado traje del otro que tenía manchas de salsa o cosas similares. Parecía una bolsa sin forma pero, por supuesto, no dijo nada de lo que pensaba, entre otras cosas, porque su visita tenía como propósito central solicitar ayuda económica para su país. Mantuvo la calma y recomenzó con su discurso ensayado:

-Señor Presidente, los lazos tradicionales que unen a nuestras naciones permiten albergar, con muchas esperanzas, algunas...

-¿Ve aquellas torres?-dijo el presidente de acá mirando hacia la ventana-, esa es la iglesia de mi barrio. Allí nací y allí empecé a militar en política, claro, hace muchos años. Usted sólo era un espermatozoide por aquí y un ovulito por allí. Lástima que no tenga tiempo para llevarlo a conocer esa zona.

-Otra vez con mucho gusto lo acompañaré, Señor, pero, como usted dice, estamos muy restringidos de tiempo y los temas que me traen merecen un tratamiento prioritario y urgente.

—¿Qué hace usted cuando está abrumado por los problemas y las presiones de los ministros, o cuando le hacen una huelga?

-Yo acabo de asumir mi cargo... todavía no padecí nada de eso.

-Bueno, entonces, acepte un consejo de este viejo y experimentado presidente. Acompáñeme nuevamente.

Caminaron del brazo hasta un rincón apartado del salón y el presidente de acá, con rápido movimiento, abrió una pequeña puerta secreta disimulada tras un cortinado de terciopelo verde. Por esa abertura se internaron en un pasadizo oscuro.

- En este pasillo hacían el amor mi bisabuelo y la reina de allá cuando ella venía en misión oficial.

- Eso agrega algo a las razones por las que la fusilaron e instauraron la república,

-Eso es muy cruel de su parte. Piense en los maravillosos momentos que habrán pasado tirados en este lugar. Yo le hice hacer una puerta que da a una antigua sala que ahora está clausurada desde afuera. Ya llegamos. Es esta.

Se abrió una puerta corrediza y entraron en un salón absolutamente desordenado en el que había desparramados por el suelo los más variados objetos: medias sucias, latas de cerveza, una bicicleta fija, un televisor, varios sillones desvencijados, restos de comida, etc.

-Bueno, ya está, ahora le mostraré mi tesoro.

Y acercándose a un armario, abrió las puertas y cayó sobre su cabeza una montaña de rieles, máquinas, vagones, estaciones, señales, tanques de agua, de un tren eléctrico antiguo pero reluciente.

El presidente de allá vaciló y sintió que la sangre fluía hacia su cara y su cabeza comenzaba a latir. Pensó por un momento formular una protesta pero sus objetivos estaban por sobre todo contratiempo.

-Es un tren muy hermoso -balbuceo.

-¡Ah!, yo sabía que le gustaría, venga, vamos a armar el recorrido. A mí me gusta un trazado que abarque toda la habitación y también que pase por debajo de la mesa y las sillas y que vaya esquivando todos los objetos. Ayúdeme a sacar estas cosas tiradas.

El presidente de allá tragó saliva, se agachó y comenzó a levantar calzoncillos, diarios viejos, puchos, algunas botellas y hasta un plato con restos de ravioles.

-¿No tiene nadie que lo ayude a limpiar este lugar?

-Nadie conoce este lugar y espero que este secreto permanezca -dijo amenazante.

Durante un rato muy largo empalmaron rieles, estaciones, señales y puentes. Fue una tarea bastante complicada y ardua pero el presidente de allá sabía que valía la pena. Así, jugando y jugando, se fue yendo la tarde.

De pronto, el presidente de acá se paró de un salto y le dijo a su visitante:

-Ayúdeme a guardar el tren y volvamos al salón verde.

El otro obedeció sin hacer comentarios.

Una vez de regreso, el presidente de acá oprimió un timbre y se presentó un camarero.

—¿Qué quiere tomar?

-Lo que usted quiera... lo que usted tome...-dijo el presidente de allá.

—Tráiganos una buena meada de caballo. El otro reaccionó, se puso de pie y dijo con firmeza:

—¡Basta, Señor, esta conversación ha terminado!

—Aguarde un momento, usted todavía no me ha solicitado el crédito que lo trajo a mi país.

-Hay límites, Señor... y yo... no los pasaré.

-Acaba usted de conseguir su crédito. Hagamos pasar a los técnicos y a los ministros para firmar los acuerdos, y no se olvide de consultar al sastre.

-Si Señor, gracias Señor... en cuanto regrese hablaré con él.

El relato es parte del libro Esquirlas y Perdigones. Editorial Universitaria de Misiones. Abinzano es profesor emérito de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Unam
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