jueves 22 de octubre de 2020
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Todas mis mamás

domingo 11 de octubre de 2020 | 1:30hs.
Todas mis mamás

Elisa Grosso

Me desperté porque ya había sol, así que ya era de día, y quería seguir armando mi computadora con la caja de bombones de la tía, la que empecé ayer hasta que mamá me mandó a dormir. Así que corrí a la pieza de mamá, ella también tenía que despertarse para verme jugar.

Es rara mamá cuando se despierta... casi que ni abre los ojos y camina con los pies pegaditos al suelo, como si las pantuflas le pesaran o algo así, y va lento y me enoja, porque le hablo y le hablo pero ella sólo quiere su mate.

Ayer bajé las escaleras cantando mi canción favorita, esa que cuando mamá pone en la radio baila y se ríe. Yo la canto muy bien - mamá siempre me lo dice- a pesar de que esté en inglés: “Enosa hapi neri nius en in friu fiu”.

Pero abajo mi hermanita lloraba, la comida olía a wakala y papá se había olvidado (“Otra vez”, dijo mamá) de traer el pan. Cuando grité porque nadie me escuchaba, mamá me miró muy extraña y me habló con palabras de otros lugares que no entendí, esas que suenan como fuego, rojas, enojonas.

Así que me quedé paradita pensando en Juan y el caramelo que me robó en el recreo, en cómo la maestra no me creyó, en cómo tenía ganas de contarle a mamá. Qué mala es mamá.

En la escuela me enseñaron que cuando el sol calienta el agua, las gotitas suben y se convierten en nubes y cuando chocan caen las gotitas como lluvia.

En la cocina a mamá también le llueven los ojos. Después de los gritos y su cara toda fea de lo chinchuda que estaba, ahora parece que mira un lugar que no es este, donde yo no estoy.

¿Cuándo vuelve mi mamá?

Descubrí que mamá siempre cambia de forma, colores y sonidos. Ella dice que la casa la consume, aunque yo no entiendo ni mú cuando se pone así, porque eso de estar cansada lo dice seguido y yo no sé por qué los grandes dicen siempre lo mismo. Me aburro y no la escucho…

Entonces me voy y desde el patio veo a mamá toda hecha un bollito sentada en la mesa y sigo sin entender por qué no quiere ir a jugar a la mancha conmigo si es tan divertido.

Me encanta acompañar a mamá a buscar verduras y fideos para cocinar. Corro por las góndolas y me escondo detrás de las escobas y me rio bajito para que no me encuentre; pero sin mamá llamándome ya no es divertido: cuando estuve como diez años ese día escondida y ella no aparecía, me asusté y corrí a buscarla.

Me enojé y le tiré la camisa cuando la vi, pero ella me habló extraño, tan extraño que las palabras ya no fueron de otro lugar… porque ni siquiera salieron, se quedaron todas duritas ahí, dentro de la boca de mamá.

Pasé la noche viendo a mamá dormir, tal vez la luna, o las estrellas, o el ruido del ventilador la cambiaban como a ese hombre lobo que vi en la tele. Pero no pasaba nada, sólo los ronquidos de papá.

A la mañana me quedé tranquilita al lado suyo mientras la veía preparar el desayuno a ver si descubría dónde se había metido mi mamá. Entonces me miró y le puso mi mermelada favorita al pan (el que trajo papá después del reto), me guiñó el ojo y empezó a contar esos chistes feos que no entiendo y que a ella le gustan tanto.

Parece que mamá nunca se fue, como si hubiese estado metidita ahí dentro, siendo otras mamás además de la mía. Y sí, todas esas mamás son las mías… en una.

Este cuento es parte del libro Todas mis mamás. La autora es docente y trabajadora de las artes visuales . Tiene publicado además el libro “Dos cuentos en uno”
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