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Relatos de familia y de la infancia

domingo 04 de octubre de 2020 | 12:45hs.
Relatos de familia y de la infancia



Caminando para atrás me encontré con mi infancia”; pero unos pasos más y encontré mi memoria antes de nacer.

Nací de parto domiciliario frente a la plaza San Martín en una casa que alquilaba mi padre y que todavía se conserva. La suelo mirar cuando paso y me imagino un parto en 1934. Me contaba mi madre que tuvo una fuerte hemorragia con riesgo de vida, accidente suficiente para que no vuelva a tener hijos. Así que conformamos una familia tipo, pero de hoy; antes dos hijos era sólo el comienzo de un largo trenzado de cordones umbilicales… con recordar que mi abuelo Alfonso de Arrechea tuvo 19 hijos (de dos señoras). La primera murió en el parto número nueve en Santa Ana, Antonia Amores. La segunda fue la madre de los diez siguientes, en San Antonio, Laureana Andrade. Pero en voz baja debo agregar que Juan de Arrechea, parados en una esquina me dijo: “Ese que está enfrente, es tu tío”. Era muy natural en la época que se tenga -flojito de papeles- hijos “naturales”. Machismo puro…

Entre los recuerdos de mi madre, me quedó el de los viajes de Santa Ana a Posadas. Venían en una “volanta”, carro liviano de dos o cuatro ruedas, y el viaje duraba el día entero. La primera escala era en el arroyo San Juan; ahí nomás y sin puente, donde hacían una especie de picnic al paso. Después venía el largo camino y supongo que el Garupá ya tendría puente porque no figuraba en el relato. También me contaba del ciclón de Encarnación, que los dejó marcados para el resto de sus vidas. Tormenta a la vista, todos debajo de la mesa.

Al año de nacer, desde la plaza San Martín, con mi viejo a la cabeza, fuimos a vivir a la calle Rioja, frente al Roque, donde mi papá estaba construyendo su “casa propia”. Tengo en la memoria, como una foto borrosa, un albañil terminando la entrada al garaje que estaba al fondo. Eran sólo dos huellas y en el medio pasto que cortábamos con una tijera de esquilar “made in England”; después tuvimos una máquina con ruedas y engranajes que aceleraban cuchillas en espiral, “made in England”. Todo artículo industrial era hecho en Inglaterra. Hoy tengo una cortadora a batería hecha en… acertaron, en China.

Siempre papá decía “me equivoqué con ésta casa”. Y sí, se equivocó, puso la medianera al este, separó el espacio para entrada al garaje al oeste y dejó una cara de la casa con ventana y todo al oeste. La casa tenía un balcón muy lindo para verlo, pero que sólo se usaba para ver pasar los carros del Regimiento cuando volvían cargados de fardos de la Estación; caballos percherones con colimbas a las riendas y al mando con trote ondulado un oficial. Recuerdo el retumbar de las herraduras golpeando el asfalto y salir “inflando camisa” al balcón... O de jugar en el balcón con soldaditos de plomo alineados en dos ejércitos; con una bolita disparaba de un lado a voltear infantería, me cambiaba al otro y la bolita/cañón volvía a disparar. También se usaba para dejar los zapatos para el Rey Mago en Navidad. Tenía lógica, era más fácil meter tres camellos en un balcón que entrar a una casa atropellando muebles.

Papá quedó huérfano muy joven. Era uruguayo y como tantos, se vino a la Argentina, País en aquel entonces lleno de oportunidades (ahora le estamos devolviendo la gentileza). Llegó a Posadas como empleado de la farmacia Argentina, de don Santiago Barreyro, la que todavía está en San Lorenzo y Bolívar –“la esquina blanca de Posadas”, según decían los parlantes. En realidad era “más centro” que cualquier otra esquina. Ahí se realizaban los actos políticos o cualquier manifestación que aspirara a tener resonancia. Haciendo cruz con la farmacia (que no era blanca) estaba la despensa Cavallo, de Tomás Cavallo, que tampoco era blanca. Enfrente la Gran Tienda Buenos Aires, de don García, que sí era blanca y enorme. Era una especie de ramos generales, pero de vestimentas de la cabeza a los pies. Mamá llevaba de la tienda pantalones (cortos), camisas, medias o lo que fuera, y nos probábamos en casa; si algo quedaba bien quedaba y se devolvía el resto. El “probador” era la casa del cliente. Además se compraba por catálogo a Gath y Chaves y venía contra reembolso por correo. Si la ropa quedaba chica, a buscar comprador, y si quedaba grande, a crecer lo más rápido posible. Antecesor de compra online, pero por -ferrocarril- correo. Había también otras tiendas como la Tropical (de menos jerarquía que la Buenos Aires). También especialidades, como la zapatería Kútel, de don Kútel. Sólo zapatos y algún cinto y corbatas.

Me tienen que perdonar tantas digresiones, pero al destapar y buscar recuerdos, me van saltando otros…

Lo del señor Kútel me recuerda a una película: “Lo que queda del día”. Dos personas mayores que trabajan en el mismo lugar se atraen mutuamente; un amor latente que no cristaliza y el tiempo avanza pero no florece. Y en el momento final, cuando la butaca entera hace fuerza para el sí, para beso recargado, el protagonista, con una expresión lavada, sube a un cole y deja a su amada pisando vereda sin una gota de amor… y al público con el corazón quebrado.

Pero lo del señor Kútel tuvo final feliz. Atendí durante bastante tiempo a su cajera, quien me contaba de la tensión de dos personas mayores, Kútel y ella, que trabajan juntos, que sus miradas estaban cargadas de besos y caricias, que se hablaban con palabras que decían cosas, pero como si las siguiese una sombra muda decían otras que no llegaban a nacer. Que están ahí, con dilatación completa, con pujos, pero no salen. Así siempre, hasta que un día el que no se animaba se animó tan fuerte, que estalló el romance y el parto fue completo, con casamiento y todo.

Volviendo a mi viejo, ya instalado en Posadas se puso de novio con mi madre. Hombre joven, forastero y sin rastros familiares conocidos y de condición empleado; tuvo la firme oposición de la abuela a cargo de los nueve huérfanos de madre. Pero el amor fue más fuerte que la abuela y a los 19 años pasó a ser la señora de Arturo Barrios. Ya casados, se fueron a Corpus a poner un “botiquín” de Farmacia. Papá era un emprendedor sin saberlo, siempre daba un paso adelante. El médico del pueblo era José Negrete, con cuya familia hicieron una larga amistad, tanto que ya lleva tres generaciones. Nunca pregunté por qué a Corpus; si sé que le fue bien, tanto que trajo a su hermano menor Tito desde Montevideo.

En Corpus terminaba el camino al Alto Paraná, de ahí en adelante, por barco. Tenía un puerto importante de obligado movimiento. Además, colonos húngaros mayoritariamente, y una casa de dos planta importantísima que no “calzaba” en el pueblo, que despertó siempre mi curiosidad. Para sacarme las dudas, recurrí a mi querido amigo y varias veces intendente del pueblo, don Pocho Nemeth. Trato de sintetizar: “Llegaron al puerto de Buenos Aires siete familias húngaras en la década del 20. En el consulado le preguntaron el oficio: agricultores, dijeron. A Misiones los mandaron donde en Corpus (puerto Remanso) les dieron lotes de cien hectáreas con obligación de plantar YM. Tumbaban el monte y con los trocos de pindó partidos hacían paredes y con las hojas coberturas. Las Ruinas Jesuíticas todavía tenían techos de tejas y estaban relativamente conservadas. Los colonos, más tarde hicieron sus casas con las piedras tacurú, otro poco el pueblo de Roca y otras se vendieron y mandaban por barco a Rosario. Se “desmancharon” las ruinas. En cuanto a la casa tan importante, la construyó Juan Toth, con la idea de “volver” la Gobernación a Corpus, ya que fue capital en 1881, cuando se crea el Territorio Nacional de Misiones. Actualmente vive su bisnieto, quien la refaccionó y respetó su hermosa fachada. También a posteriori de los húngaros llegaron franceses, españoles, italianos que plantaron yerba, vides, citrus, bergamotas e hicieron vinos, jugos, esencias… El relato es largo y jugoso que merece no perderse…

Mucho más breve fue mi tío Tito; siempre de buen humor, cuando hace años le pregunté “qué tal era Corpus”… “Increíble, tenía los mejores quilombos de la provincia”.

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